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Hasta el último maravedí o Las orejas de Oro. Cómo Stalin convirtió el Oro de Madrid en el Oro de Moscú

Hasta el último maravedí o Las orejas de Oro. Cómo Stalin convirtió el Oro de Madrid en el Oro de Moscú
Ya no se habla de El Oro de Moscú. Posiblemente muchos jóvenes españoles ni siquiera saben a qué alude esta expresión. Puede que a alguno le suene una película de hace unos años. Una astracanada protagonizada por Jesús Bonilla y Santiago Segura.
Sin embargo para la mayoría de los españoles de mi edad siempre ha sido un mito a medio desvelar. Muchas veces, en mi infancia y juventud, oí hablar del oro español que al comienzo de la guerra civil fue llevado a Moscú y ya nunca más volvió. Y que por esta razón, poco tiempo después, los españoles tuvieron que depositar en el todo el oro que tenían. Incluso entregaron sus alianzas. Era necesario reconstruir las reservas de la Nación. La garantía de nuestros billetes.
Me contaban cómo el gobierno español, durante el Régimen de Franco, en repetidas ocasiones, había reclamado la devolución de este oro. Pero los rusos nunca habían accedido a ello.
Algunos años más tarde, hizo fortuna la frase: «estar pagado por el oro de Moscú». Se utilizaba para descalificar la financiación de los partidos y sindicatos comunistas occidentales. En España incluso, algo humorísticamente, para referirse a personas que simplemente tenían una ideología no afín al Régimen.
Ya conocía los libros El oro de Moscú y el oro de Berlín de Martín Aceña y El oro español en la Guerra Civil y Las armas y el oro: palancas de la guerra, mitos del franquismo de Ángel Viñas. Pero este verano he tenido la ocasión de leer una interesantísima novela histórica escrita por Boris Cimorra sobre la aventura que, en el otoño de 1936, supuso sacar todo el oro que había en las cámaras acorazadas del y transportarlo hasta Moscú. Su título es «Hasta el último maravedí o Las orejas de Oro». «Cómo Stalin convirtió el Oro de Madrid en Oro de Moscú». (Ficción y realidad). Ha sido recientemente editada y distribuida por Ediciones del Orto-Ediciones Clásicas, S.A.
Sin duda Boris Cimorra era la persona idónea para escribir esta novela. Nació en Moscú en 1944. Es hijo de Eusebio Gutiérrez Cimorra, redactor jefe de Mundo Obrero durante nuestra Guerra Civil y luego, durante 37 años, director de Radio Moscú. Boris, después de haber estado algunos años trabajando como ingeniero y periodista, empezó a prestar también sus servicios profesionales en Radio Moscú en 1972. En 1977 se trasladó definitivamente a España, donde ha desarrollado su carrera en el mundo de las finanzas y el comercio exterior. Esta actividad profesional volvió a llevarle a Rusia en 1985 en pleno proceso de la Perestroika. Por todo ello, su versión de cómo Stalin convirtió el Oro de Madrid en Oro de Moscú resulta interesantísima.
Cimorra se ha documentado ampliamente para poder escribir su libro. Pero aparentemente rechaza entrar en la polémica histórica. Recurre a la novela, lo que le da mayor libertad. Nos relata, con gran amenidad, tanto lo que es seguro que sucedió, como otros hechos que son más inciertos pero de los que él nos da una versión llena de lógica, por lo que todo resulta muy creíble. Boris, con gran sinceridad, nos transmite su opinión personal sobre los hechos y sus causas, evitando la polémica directa con los historiadores.
En julio de 1936 el tenía en su cámara acorazada, casi debajo de la Glorieta de Cibeles de Madrid, 707 toneladas de oro. Prácticamente todo eran monedas. Muchos dólares estadounidenses; onzas y pesetas españolas; pesos mejicanos, argentinos y chilenos; marcos; liras; francos franceses, suizos y belgas; escudos; rublos; florines holandeses; coronas austriacas y también numerosas monedas antiguas de gran valor numismático, como los maravedíes, nombre, posiblemente de origen árabe, que se daba a unas antiguas monedas que circularon en España a partir del siglo XII. De ahí el título que Boris Cimorra pone a este libro: Hasta el último maravedí. Porque así fue, se sacó de las cámaras del Banco de España, y se trasladó a Rusia, hasta el último maravedí que allí había. Y era mucho lo que había allí. Nuestro banco emisor ocupaba el cuarto puesto del mundo por volumen de reservas, sólo detrás de la Reserva Federal de los Estados Unidos, el Banco de Inglaterra y el Banco de Francia.
El Gobierno de la República presidido por José Giral, prácticamente al día siguiente de la sublevación militar, inició las gestiones con Francia para comprar armas y pertrechos pagando con envíos de oro del Banco de España. Desde julio de 1936 a marzo de 1937, se enviaron a París sucesivas remesas hasta totalizar un tercio del total inicial de las reservas. El Banco de Francia compraba el oro porque le convenía para estabilizar el franco e incrementar sus propias reservas. Además Vicent Auriol, ministro de Finanzas, y Émile Labeyrie, gobernador del Banco de Francia, decidieron, posiblemente por su ideología personal, no poner ninguna pega a estas operaciones facilitando las cosas a la República Española. El sistema funcionaba satisfactoriamente, sin ningún problema relevante. Los suministros y material bélico se adquirían en Bruselas, Praga, Varsovia, Nueva York, México y otros lugares del mundo donde se podía acceder al mercado negro de armas. Los agentes y diplomáticos republicanos movían los fondos desde París sin ninguna dificultad ni temor a que sus cuentas pudiesen ser bloqueadas.
Mientras tanto en España la situación bélica progresaba. Una vez cruzado el Estrecho, el avance de las tropas de Franco fue rápido. El 14 de agosto ocuparon Badajoz. Madrid ya no parecía tan lejano. Sin duda una rápida conquista de Madrid era un objetivo atractivo para Franco. Además allí estaban almacenadas las reservas de oro, un arma de tal importancia, para cualquiera de los dos bandos, que podía decidir la marcha de la contienda.
Creo que una cuestión previa, que tiene notable importancia, es aclarar quién era el legítimo propietario de estas reservas. En 1936, el Banco de España, como la mayoría de los bancos centrales europeos, por ejemplo el Bank of England y la Banque de France, estaban constituidos como sociedades anónimas. Su capital era de 177 millones de pesetas distribuido en 354.000 acciones de 500 pesetas de valor nominal.
Esta situación, aunque hoy puede parecer algo extraña, era lo habitual en aquel momento. Se trataba de un banco absolutamente privado, pero al que el Estado español había concedido el privilegio de emisión. El Decreto-Ley de 19 de marzo de 1874, impulsado por el ministro de Hacienda José de Echegaray, acabó con el sistema de pluralidad de emisión y concedió al el monopolio de la emisión de billetes para toda la península y las islas, a cambio de un importante crédito para cubrir las necesidades financieras del Gobierno. A partir de aquel momento el Banco de España ha sido el único banco autorizado a emitir billetes de curso legal en toda España. Estos billetes están garantizados por las reservas propias del banco. De aquí la, hasta hace unos años, popular frase: El Banco de España pagará al portador, que aparecía impresa en todos los billetes.
Así que el no era propiedad del Estado. Por tanto, tampoco lo eran sus reservas. Pero sí que, en contraprestación al monopolio de emisión de billetes, había un fuerte control estatal. El Gobierno nombraba al gobernador, y el ministro de Hacienda a varios consejeros de la entidad. Uno de ellos era siempre el director general del Tesoro, y en aquel momento este puesto estaba ocupado por Francisco Méndez Aspe, que tuvo un papel de primera fila en todo el proceso de traslado del oro a Moscú.
Por tanto no existe duda de que el Banco de España, y sus reservas, no era una propiedad estatal, sino propiedad privada de los accionistas. Además si se quiere intuir qué pensaban los propietarios del oro sobre su envío a Moscú, podemos tener en cuenta que una vez que estalló la guerra, España se dividió en dos bandos y pronto hubo un en cada uno de ellos. Cuando ambos reunieron a sus accionistas, en el banco del bando rebelde había 154.163 accionistas del inicial Banco de España. Esto es 154.163 de los propietarios del oro que el banco había ido acumulando como reservas. El banco republicano, a su vez, contaba con 31.389 de los accionistas previos al conflicto armado.
La Ley de Ordenación Bancaria de 29 de diciembre de 1921, conocida como Ley Cambó, establecía claramente que el Gobierno estaba facultado para solicitar a la entidad la venta de oro exclusivamente para influir en el tipo de cambio de la peseta, ya que esta era, y es, una de las funciones propias de todo banco central.Por tanto es lógico plantear la siguiente pregunta:
¿Podía el Gobierno trasladar las reservas del y usarlas para atender los gastos y necesidades de la guerra?
Las respuestas parecen depender de la ideología de cada uno. Pío Moa considera que el traslado del oro violaba la legalidad. Ángel Viñas y Enrique Moradiellos opinan que dado que el Gobierno se enfrentaba a una situación extrema, esta operación era necesaria aunque supusiese una nacionalización parcial del banco. Opinan que la legislación tuvo que adaptarse sobre la marcha y que, aunque se produzcan dudas sobre la legalidad de algunas medidas, la obligación del Gobierno, en un caso similar, era conseguir sacar el oro aplicando los medios que fuesen necesarios.
Boris Cimorra, con buena lógica, y sin entrar en esta discusión, apunta en su novela a que el origen de esta decisión no estuvo realmente en el Gobierno español sino que surgió en Moscú.
Boris «imagina», con grandes probabilidades de estar muy próximo a la realidad, que en el mes de agosto de 1936 el camarada Stalin, el Gran Timonel, reunió en su despacho del Kremlin a los máximos jefes de la NKVD, a los comisarios del pueblo —los Narkomat— de Asuntos Exteriores, Defensa, Finanzas, Comercio Exterior, y al gobernador del banco central, el Gosbank. Estos acudieron acompañados de sus asesores más próximos. El tema oficial de la reunión era: La situación en España después de la sublevación militar y las posibles vías de ayuda al legítimo Gobierno de la Republica. Después de analizar las necesidades de apoyo de la República Española y la conveniencia, por parte soviética, de garantizar el pago de su ayuda, Joseph Stalin concluyó para cerrar la reunión: Hay que convencer al gobierno republicano para que traslade, para su custodia, sus reservas a nuestro país, en el banco más seguro del mundo, el Gosbank de la URSS. Así aseguramos que el oro nunca caiga en manos enemigas y nuestra ayuda resulte cubierta de los riesgos que he mencionado. Ya no había más que hablar.
Lo cierto es que en esas fechas y tal vez por este motivo, la URSS cambió su estrategia hacia una intervención más activa en la contienda. El 21 de agosto formalizó relaciones diplomáticas con la República y envió a Marcel Rosenberg como embajador en Madrid. Este tuvo un papel destacado en la gestación del traslado del oro a Moscú junto a dos personajes clave: Alexander Órlov, jefe máximo en España del espionaje soviético de la NKVD desde 1926 a 1938; y Artur Stashevski, agregado comercial de le embajada soviética, en realidad un espía encubierto, amigo íntimo de Negrín al que convenció, sin mucha dificultad, para que decidera el traslado del oro a Moscú. En la novela de Cimorra estas dos personas se funden en un único personaje, el protagonista: Andreí Águilov.
A partir de este momento se precipitan los acontecimientos. El 13 de septiembre Manuel Azaña, presidente de la República, y Juan Negrín firman un decreto, al que no se da publicidad, en el que, ante el hecho de que las tropas rebeldes se están acercando a Madrid, se autoriza el traslado del oro del a un lugar seguro.
Al día siguiente, 14 de septiembre, se reúne con carácter de urgencia el Consejo del Banco de España. El gobernador informa a los otros seis consejeros presentes de la orden del Gobierno para el traslado del oro. Solo dos de los consejeros son representantes de los accionistas y ambos, José Álvarez Guerra y Lorenzo Martínez Fresneda expresan su opinión sobre la ilegalidad del traslado y presentan su inmediata dimisión. Cuando aún están reunidos les informan de que, bajo la dirección del director general del Tesoro, Francisco Méndez Aspe, han entrado en el edificio fuerzas de los carabineros y milicianos de UGT y de la CNT, que junto con un numeroso grupo de los metalúrgicos y cerrajeros y otros empleados del Sindicato de Banca de Madrid han iniciado la operación de traslado del oro. Con este fin exigen la apertura de las cámaras y empiezan a subir el oro y a colocarlo en cajas de madera de las utilizadas para el transporte de municiones. El cajero al ver lo que se está haciendo con el oro se suicida en su despacho.
En el vestíbulo y en el patio interior las monedas de oro se van empaquetando en saquetes y estos en las cajas. En los días siguientes el oro va saliendo del cargado en camiones que lo transportan a la cercana estación de Atocha y de ahí, en tren, se lleva a Cartagena. Una vez allí se almacena en los túneles del polvorín de la base militar de La Algameca.
Ángel Viñas, defensor de la conveniencia del traslado, considera idónea la elección de Cartagena. Sin embargo cuando el oro ya está allí los máximos responsables políticos españoles se dan cuenta de que la zona puede ser objeto de un desembarco nacional, por lo que el único destino seguro resulta ser Moscú.

El 17 de octubre, Largo Caballero —presionado por Negrín— envió una carta al embajador soviético preguntándole si su Gobierno «aceptaría una cantidad de oro de unas 500 toneladas aproximadamente, cuyo peso exacto se determinaría en el momento de la entrega».
Durante el mes de octubre la URSS ya ha realizado varios envíos de material bélico para apoyar al Gobierno de Largo Caballero. El 20 de octubre Orlov recibe un telegrama cifrado del propio Stalin en el que se le ordena que: «… organice el envío de las reservas de oro de España a la Unión Soviética … esta operación debe llevarse a cabo en el más absoluto secreto … niéguese a firmar nada y diga que el Banco del Estado preparará un recibo formal en Moscú.»
Durante tres noches, al abrigo de la obscuridad para evitar bombardeos aéreos, el oro es transportado por tanquistas rusos desde los túneles de los polvorines de la base naval al puerto de Cartagena. Y al fin, el 25 de octubre de 1936, zarpan de este puerto cuatro mercantes rusos. Llevan 510 toneladas de oro español en sus bodegas.
El Jruso transporta 2.020 cajas de monedas de oro, el Kim 2.100, el Neva otras 2.697 cajas y el Volgores solo 983. En cada uno de ellos va un clavero del Banco de España. Sus nombres eran José Velasco, Arturo Candela, José González y Abelardo Padín. Boris Cimorra, en su novela, recurre a cambiarles sus nombres por otros fácilmente identificables. Esta licencia le permite atribuir una biografía y unas ideas políticas a cada uno de ellos creando así cuatro personajes típicos que reflexionan y confrontan sus opiniones sobre lo que está sucediendo en España, en Rusia y en Europa. José Verdasco es un hombre de clase media, hijo de un tendero y que no milita en ningún sindicato ni partido político. Artemio Candela es socialista hasta la médula, hijo de un obrero que trabaja como mecánico en un taller, militante de UGT y de las Juventudes Socialistas y que ve con gran simpatía a los comunistas. José Galíndez es conservador, pertenece a la clase media acomodada y es un anticomunista convencido. Por último Armando Pajín es culto, elegante, jovial y con buenas maneras; ha viajado por el extranjero; es de ideología liberal e incluso ve con simpatía al movimiento anarquista.
La lectura de esta parte de la novela resulta interesante ya que en ella se pueden entrever muchas facetas de la visión que del asunto tiene el propio autor. Mitad ruso y mitad español. Educado en Rusia y con acceso directo al entorno político y los medios de comunicación de este extenso país.
Cimorra fabula también una serie de aventuras en el viaje de estos cuatro buques por el Mediterráneo. El viaje duró desde el 25 de octubre, fecha en que abandonaron Cartagena, hasta el 2 de noviembre, cuando al fin arribaron en Odessa tres de ellos y, por último, el Jruso dos días y medio más tarde. Aunque no hay nada documentado es de suponer que la marina italiana y los submarinos alemanes tratarían de alguna manera de impedir o dificultar tan importante transporte de oro. Sobre esta travesía, el posterior transporte del oro en tren desde Odessa a Moscú y el ambiente que encuentran en esta ciudad al llegar y durante los meses que les fuerzan a permanecer allí, Boris suelta su imaginación y nos cuenta una serie de creíbles aventuras. Nos demuestra así su habilidad para moverse dentro de este género describiendo la vida en Moscú y en Madrid.
La estancia en Moscú de los cuatro claveros se prolongó hasta octubre de 1938, ya que antes no se los dejó salir. Los primeros meses estuvieron ocupados en las tareas de recuento y clasificación. Luego estuvieron simplemente retenidos en la URSS. Cuando en 1938 obtuvieron el permiso para salir, se les obligó a hacerlo separados y hacia destinos totalmente diferentes: Estocolmo, Washington, Buenos Aires y México.
Tras la lectura del libro nos podemos plantear una serie de importantes preguntas. La primera sería:¿Era el traslado del oro a Moscú la mejor opción, o tal vez la única, como apoyan los defensores del traslado, para evitar que cayese en manos del enemigo?
Martín Aceña, en su libro El Oro de Moscú y el Oro de Berlín (Taurus, 2001), que no es una novela sino un estudio histórico muy serio, y a pesar de ello de gran amenidad, responde, con claridad, de forma negativa. En su opinión Francia, Reino Unido, Suiza o Estados Unidos, y hasta los propios polvorines de La Algameca, eran destinos mucho más cercanos y seguros, que habrían permitido disponer libremente de los fondos para atender las necesidades bélicas.
Boris también coincide con esta opinión. En su libro sugiere que la decisión de llevar el oro a Moscú fue fruto de las acciones de la NKVD, por un lado manipulando la amenaza de que los anarquistas se hiciesen con el oro y por otro mediante la presión chantajista ejercida personalmente por el agente Artur Stashevski sobre Negrín. Además la ideología de Largo Caballero y Negrín les hacía ver a la URSS con un especial atractivo. Al mismo tiempo creían que esta acción facilitaría el posterior apoyo de la URSS a su propia causa con pertrechos, armas y soporte técnico.
Pero lo cierto era que Francia compró las primeras 200 toneladas de oro español sin ningún problema; también Estados Unidos, a lo largo de la guerra civil, fue comprando toda la plata que el gobierno español le ofreció, y ni las transacciones, ni el trasporte a través del Atlántico, plantearon dificultad alguna.El anarquista Francisco Olaya (El expolio de la República y La gran estafa de la Guerra Civil) opina que Negrín llevó a cabo un gigantesco fraude ya que podía haber mandado el oro a un lugar más democrático y transparente como Suiza, Inglaterra o Estados Unidos.
Una segunda importante pregunta es:¿Se gastó todo el oro en pagar los bienes y servicios recibidos de la URSS o esta se quedó con una importante parte sobrante?
En este punto Martín Aceña coincide con Juan Sardá, Ángel Viñas y con el británico Gerald Howson. Los cuatro consideran que el informe Negrín muestra unas cuentas claras que demuestran que todo el oro se consumió en el pago de los suministros soviéticos o en transferencias a París.
Las 510 toneladas de monedas y lingotes, que constituían el depósito original, se transformando en 457 toneladas de oro fino tras su fundición y afino. (Probablemente los rusos separaron previamente las monedas de mayor valor numismático para irlas colocando posteriormente y poco a poco en este mercado). A lo largo de 1937 el Gobierno de la República ordenó al gerente del Depósito de Metales Preciosos la venta de 415 toneladas de oro, que se convirtieron en 374 de oro fino, y se valoraron correctamente de acuerdo con los cambios en el mercado de oro de Londres del día de cada operación, resultando así 394,6 millones de dólares USA. De estos, 131,1 millones se quedaron en el Gosbank como pago de los servicios y armamento soviético. Los otros 263,5 millones se transfirieron al Banque Comerciale pour l´Europe du Nort en París, que era propiedad del Partido Comunista de la Unión Soviética.
En 1938, en sucesivas órdenes, se dispuso de otras 91 toneladas de oro, que permitieron transferir al citado banco de París otros 75 millones de dólares. Desde este banco los apoderados por el Gobierno español compraron suministros y armas en diferentes mercados y también pagaron muchos gastos de los republicanos en el exilio. Sobre la utilización de esta importantísima cantidad de dinero no hay, hasta ahora, facturas conocidas, ni cuentas claras. Por otra parte, resulta en cierto modo chocante que, finalmente, el 72% del dinero obtenido por el oro enviado a Moscú terminó gestionándose desde cuentas abiertas en París, la ciudad que fue rechazada como destino del oro considerando, al menos teóricamente, que debido al Pacto de no intervención, podía haber problemas para el movimiento de los fondos e incluso que las cuentas podrían ser bloqueadas.
Conforme con estos cálculos, el 1 de agosto de 1938, Negrín fue informado por el comisario soviético para las Finanzas del Pueblo de que solo quedaban dos toneladas de oro. El ministro español contestó dando su conformidad a esta información. Unos meses más tarde, cuando, a través de Ignacio Hidalgo de Cisneros, se solicitaron a Rusia nuevos aviones, los soviéticos dan su conformidad pero solicitan suscribir un nuevo crédito y aportar más garantías.
En resumen, siguiendo básicamente las conclusiones de Martín Aceña, podemos decir que:
• En Rusia no quedó oro de propiedad española.• Los funcionarios del Gosbank hicieron bien las cuentas de las operaciones financieras y no parece que estafaran a sus colegas españoles.• Cobraron por todos los servicios. Los gastos por comisiones, corretajes, transporte, depósito, fundición y refino ascendieron al 3,3 % del total del oro que recibieron. Nada les salió gratis a los responsables del Tesoro español.• El oro se vendió en Moscú al Banco Central de Rusia (Gosbank), al que le venía bien para aumentar sus reservas. Pero sólo una parte del dinero conseguido con estas operaciones se gastó en la Unión Soviética. La mayor parte se envió a Paris donde se pierde el control sobre su utilización.• Existen serias dudas sobre la calidad de las armas y lo razonable, o no, del precio aplicado a todos los suministros que los rusos enviaron a España.
Cimorra no entra, en su novela, en detalles de facturas. Sin embargo nos relata el hecho cierto de que el 24 de enero de 1937, Stalin, en un banquete organizado para celebrar el éxito de la «Operación Oro» en presencia de los más selectos líderes del partido y del país, y de los directos responsables de la organización de esta operación, afirmó: «Los españoles jamás volverán a ver su oro como uno jamás podrá ver sus propias orejas». Esta sentencia, que inspira parte del título de la novela, deja bien claro cuál era, desde el inicio de la operación, la intención de la URSS, independientemente de lo bien o mal que, al final, cuadrasen las cuentas.
Por último también parece relevante una tercera pregunta múltiple:¿Por qué se ocultó tanta y tan importante información sobre este asunto, tanto por parte de la URSS, por los herederos de la República y también por parte del franquismo? ¿Por qué este último dejó de reivindicar su devolución?
Es cierto que sobre este asunto siempre ha habido una gran obscuridad. Parece que a ninguna de las partes le interesaba la claridad.
Además, para añadir más intriga al asunto, casi todas las personalidades soviéticas que habían intervenido desde la primera fila terminaron trágicamente. El agente de la NKVD Stashevski murió en 1937 ejecutado por la propia NKVD. A Rosemberg, embajador soviético en Madrid, le ocurrió lo mismo en 1938. Orlov, recibió un telegrama de Stalin ordenándole volver a Moscú y, ante el temor de correr la misma suerte, se refugió en los Estados Unidos.
Otros destacados testigos soviéticos de los hechos fueron las personas que, el 5 de febrero de 1937, firmaron el documento final de recepción del oro. Por el lado español firmó el embajador en Moscú, Marcelino Pascua, y por el lado soviético G. F. Griñkó, comisario del Pueblo (narkom) de Finanzas y N. N. Krestinski adjunto del narkom de Exteriores. Además estaban presentes los cuatro claveros del Banco de España, J. V. Margoulis, director del Departamento de Metales Preciosos del Narkomat de Finanzas y O. I. Kogán, director del departamento de Divisas del Banco Central del Estado (Gosbank). Pues bien, los cuatro representantes de la URSS fueron ejecutados el 15 de marzo de 1938 o fueron víctimas de desaparición tras ser acusados todos ellos de pertenecer al bloque trotskista antisoviético.

Por su parte a Stalin, no le interesaba publicar la verdad sobre la recepción y destino del oro, ya que le gustaba decir que su política internacional se orientaba a la revolución mundial del proletariado. «Los trabajadores de la Unión Soviética sólo cumplen con su deber, prestando ayuda a las masas revolucionarias de España. Ellos se dan perfectamente cuenta de que la liberación de España del yugo fascista reaccionario no es una tarea privada de los españoles, sino una tarea común de toda la humanidad progresista y de vanguardia. ¡Salud hermanos!» (Stalin. Telegrama enviado el 16 de octubre de 1936 al secretario general del Partido Comunista de España, el camarada José Díaz).
Boris Cimorra afirma que él, como niño y joven que vivía en Moscú, muy interesado en todos estos asuntos por su condición de hijo de españoles, durante muchos años creyó, de acuerdo con toda la información que recibía, que la URSS había ayudado de forma gratuita y generosa a la República Española. Un ejemplo de solidaridad internacional y de la generosidad del pueblo ruso con sus hermanos españoles enfrentados al fascismo. Tal vez al descubrir la verdad le surgió la necesidad de escribir este libro.
Los protagonistas por parte del Gobierno republicano tampoco tenían ningún interés en difundir la verdad. Durante su gestación y ejecución, la operación se ocultó por seguridad. Ni el propio presidente de la República sabía el destino final del oro. Después tampoco hubo interés en descubrir la verdad. Muchos de los que intervinieron directamente preferían no revelar la verdad porque posiblemente perjudicaba su imagen.
La prensa afín al Gobierno y la prensa comunista española insistían en manifestar, cuando el oro ya estaba en Moscú, que ni una onza del oro del había salido de nuestro país.
Negrín afirmó a José Giral, en 1938, que aún quedaban en Moscú dos tercios del oro depositado. Algunos años más tarde, Indalecio Prieto afirmaba: «El PSOE no podrá vanagloriarse de los resultados desdichadísimos que concluyó teniendo aquella aventura».
También estos hechos fueron utilizados publicitariamente por el Régimen de Franco que los presentó como un caso en el que se unía la deshonestidad del Gobierno republicano con la de la URSS. Así mismo está clara su instrumentalización de este hecho con el fin de justificar, en todo lo posible, la mala situación económica de la España de la posguerra.
Casi desde el primer momento, mediante el Decreto número 65 de la Junta de Defensa Nacional establecida en Burgos, se declararon nulas todas las operaciones que se llevasen a cabo con el oro sacado ilegalmente del Banco de España y se anunciaba que en su día se ejercitarán cuantas acciones correspondan en Derecho, para el rescate del oro referido, sea cual fuere el lugar en que se halle.
Sin embargo, aunque se hablaba mucho, nunca se emprendieron auténticas acciones para recuperarlo. La actuación de los sucesivos gobiernos y de personalidades destacas del Régimen fue contradictoria. Posiblemente muchos no estaban completa y correctamente informados. Un hecho significativo en relación con este asunto es que el Banco de España editó en 1970 un libro colectivo titulado «El Banco de España. Una historia económica», en él hay un capítulo escrito por Juan Sardá, que había sido director del Servicio de Estudios desde 1957 hasta 1965, titulado El Banco de España 1931-1965, y en él se dice: «…el tesoro español entregado a la URSS fue efectivamente gastado en su totalidad por el Gobierno de la República durante la guerra». El libro fue secuestrado por el Ministerio de Economía y se impidió su distribución.
Agapito Maestre, en un reciente artículo publicado en El Imparcial, pondera el libro de Boris Cimorra y considera que la entrega del oro a un Gobierno comunista con el fin de que ayudara a una de las partes en la Guerra Civil española, constituye un delito imprescriptible y se pregunta por qué Franco, después de la muerte de Negrín, dejó de reclamar a la Unión Soviética el oro que el Gobierno de la II República le entregó a Stalin. Pues muy posiblemente porque, a la vista de toda la información, había muy pocas posibilidades de que estas reclamaciones tuviesen éxito. Pero tampoco nunca se le dijo esto claramente al pueblo español, al que se prefería mantener en el engaño creyendo que así se desprestigiaba al comunismo en general y a la URSS en particular.
Años después, algunas informaciones, que difundían verdades a medias, fueron utilizadas internacionalmente, durante la Guerra Fría, por la propaganda antisoviética.
Una inmersión en el tema del oro de Moscú, con mucha probabilidad, despertará, en cualquier lector curioso, el interés por otros temas correlacionados: el oro de los nazis; los procedimientos y decretos utilizados a partir de 1939 por el Banco de España para reconstruir sus reservas; o el expolio de otros tesoros que formaban parte de nuestro patrimonio nacional, entre los que se puede destacar «El tesoro del Vita» recientemente tratado a fondo en un libro de Francisco Gracia y Gloria Munilla (Editado por la Universidad de Barcelona).
Concluiré ya diciendo que la lectura del libro de Boris Cimorra resulta de gran interés, tanto para quien quiera conocer su visión entre la ficción y la realidad de este acontecimiento de nuestra historia reciente, como para el lector que solo quiera pasar un rato entretenido y aprender algo de nuestra historia. Ojalá que el libro se venda bien, pues el esfuerzo lo merece, aunque Ediciones Clásicas es una editorial que no se distingue por el éxito en la distribución de sus obras.
Espero que, no muy tarde, haya una segunda edición y se aproveche la oportunidad para corregir algunas erratas tipográficas que se han deslizado en esta y también para corregir frases y expresiones que muestran que el autor no ha crecido utilizando el español como lengua materna. En todo caso la pasión por la verdad que, como bien dice Agapito Maestre, revela Hasta el último maravedí merece dedicar unas horas a su lectura y esta, sin duda, nos recompensará con generosidad.

  • stalin
  • Oro de Madrid
  • Moscú

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