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Memoria histórica, desmemoria y amnesia (1ª parte)

SUMARIO

  1. LAS LEYES DE LA MEMORIA HISTÓRICA
    1. Una nueva estrategia electoral
    2. Las estatuas son para los pájaros
    3. La Ley 24/2006

3.1 Contenido

3.2 La guerra de las esquelas

3.3 Dos Congresos de historiadores

3.4 La reacción de los que piensan

  1. La segunda ley para reavivar la memoria histórica

               4.1 Las víctimas

 I

LAS LEYES DE LA MEMORIA HISTÓRICA

1.- Una nueva estrategia electoral

Felipe González Márquez, que había comenzado su brillante carrera política el año 1974 como “Isidoro”(de Sevilla) en Suresnes, no lejos de París, recordándole a Rodolfo Llopis para defenestrarle que “la guerra civil había terminado”, olvidó tan sabia advertencia al final de sus tres lustros de gobierno, conseguidos en cuatro elecciones generales. De nada le sirvieron sus aciertos, muchos, en la gobernación del reino: la incorporación definitiva a la Organización del Atlántico Norte, tras un referéndum innecesario y perturbador, que descolocó a todos, propios y extraños; la entrada en la Comunidad Económica Europea, la valiente reconversión industrial, la bonanza económica en el último tramo de esa década, la estabilización institucional y la modernización del país con una prudente actitud socialdemócrata. Sin embargo, el oficio de la política es duro y en su ejercicio pesa más un error que noventa y nueve aciertos. Lo dijo ya Shakespeare en palabras lapidarias y lo comprobó Churchill en 1945 cuando el inglés le agradeció la victoria desmontándole del poder en el mismo instante de alcanzarla. Sin embargo, el balance de su gestión al comenzar la década siguiente, última del siglo XX, hasta entonces muy positivo, lo desequilibró el acoso por las acusaciones de “guerra sucia” contra el terrorismo, echando mano incluso del “crimen de Estado” y por la corrupción generalizada en el manejo de los “fondos reservados”, con el Director de la Guardia Civil y la cúpula del Ministerio del Interior en la cárcel, donde también se encontraban alojados el Gobernador del Banco de España y la directora del Boletín Oficial del Estado, sin olvidar el aumento del desempleo hasta niveles muy altos y el creciente déficit presupuestario que ponía en peligro la incorporación de España a la “zona del euro”.

En ese momento de crisis profunda, alguien en la madrileña calle de Ferraz, donde se asienta el Partido Socialista Obrero Español, tuvo una brillante idea, más que eso, genial,  y no utilizo sarcásticamente el calificativo. Para contrarrestar el “tsunami” judicial, parlamentario y mediático y sus previsibles repercusiones electorales que acabarían con el “felipato” de catorce años, casi un “régimen” que sin la mugre podría haberse prolongado aún más, ese lúcido estratega cuyo nombre desconozco pero sospecho, sugirió que se invocara a Francisco Franco[1] en su ayuda como en la Reconquista los cristianos gritaban ¡Santiago y cierra España!. El anterior Jefe del Estado había muerto según parece el 20 de noviembre de 1975 y la mayoría de sus partidarios en vida habían desaparecido o estaban en sus casas pacíficamente disfrutando de la jubilación. Los ciudadanos españoles con veinte años de edad a la sazón habían nacido después de su reposo en el Valle de los Caídos y los que contaban treinta no habían llegado a enterarse de lo que fuera su Régimen, desarticulado en los tres años siguientes y sustituído por un sistema democrático auténtico y pleno, la monarquía parlamentaria dentro de un Estado social de Derecho según la Constitución de 1978. Así pues, resultó que sus enemigos en la guerra y en la paz le necesitaban con apremio. Bien es verdad que, según advirtió don Álvaro de Figueroa y Torres, Conde de Romanones, “los amigos suelen abandonarnos a la hora de la desgracia; los enemigos nos siguen hasta la muerte”. Se le pedía o más bien se le obligó a que prestara velis nolis un último servicio, last but not least, último pero no menos importante, dicho sea en los dos idiomas imperiales: hacer de adarga del partido socialista primero y ser luego su ariete contra el Partido Popular. El truco funcionó y salvó a Felipe González en las elecciones de 1993 aunque no pudo impedir la derrota en las de 1996, pero frenó el desplome del partido.

La operación no por simple era menos efectiva dentro de la psicología de masas. Consistía en sacar a relucir las atrocidades ciertas, que las hubo y muchas, otras exageradas y algunas inventadas, pero arropadas todas bajo el manto de la “represión”, nunca practicada por los republicanos, claro, que se habían cometido a partir del 18 de julio de 1936  por su gente y descargarlas sobre los hombros del autócrata, demonizándole y convirtiéndole así en un monstruo a cuyo lado Frankestein resultaría ser el Doncel de Sigüenza. Para ello se utilizaron todos los ladrillos disponibles: tono y timbre de voz, estatura, complexión: número de los testículos, practicando a su espectro un psicoanálisis de vía estrecha. En suma, un cúmulo de mal sin  mezcla de bien alguno. Los errores y las barbaridades de todos se polarizaron directamente en él y sus aciertos, si alguno se  le reconoció, fueron achacados a sus colaboradores. Se prefirió la caricatura del personaje a su retrato, llegándose a veces al esperpento, y una vez  identificado así como culpable de todo, incluso de lo que está sucediendo ahora, su herencia se transfirió íntegramente al Partido Popular, inexistente en la República y durante la dictadura. No importaba. Era la deshumanización del enemigo, la técnica estaliniana que precedía al asesinato, la infamia como presupuesto del tiro en la nuca que aquí no pudo ser. El guiso se completó con la amnesia de los errores y crímenes cometidos por los contrarios, un montón de huesos con algún resto del uniforme de capitán general y unos botones metálicos dorados fueron recompuestos con presteza y subidos a Babieca para que librara una última batalla a favor de sus enemigos de antaño.

Ésta fue la causa de que en los últimos años del siglo XX reverdeciera la preocupación por revolver más que conocer el pasado y se avivara el recuerdo de una época ya lejana, la que comenzó el 14 de abril de 1931 y puede darse por terminada a estos efectos en 1955, entre la proclamación de la República y el levantamiento del ostracismo internacional con la admisión de España en la Organización de Naciones Unidas, porque en la segunda etapa 1955-1975 ya vivían y coleaban quienes ahora se mueven y más vale andarse con cuidado. Para tal fin se desató una ofensiva propagandística sobre la guerra de los mil días y la Segunda República que la había incubado. Desde entonces se han publicado miles de páginas en centenares de libros de variado pelaje y distinto peso específico, e innumerables artículos en diarios y revistas, abundando por otra parte los reportajes o documentales cinematográficos y las películas mercenarias,  así como programas de televisión descaradamente sectarios en los dos canales de Televisión Española y en algún otro como el sedicente Canal de Historia, todo ello financiado con subvenciones salidas de los fondos públicos. En realidad, so capa de la “memoria histórica” se inyectaba así en vena a la sociedad actual la versión comunista de lo sucedido setenta años antes a través del celuloide, la cinta magnética y el papel.

En esta avalancha arrolladora donde hay de todo pero en mucha parte deleznable, la gran mayoría de lo que se ofrece al público tiene el sello inconfundible de la revancha, desquite verbal pero revancha al fin, con descalificaciones arbitrarias y un evidente tufo de propaganda bélica fuera de lugar, tiempo y ocasión. Se trata de darle la vuelta al resultado de la contienda y ganar sobre el papel una guerra en la que unos vencieron, otros fueron derrotados y todos perdimos hace 70 años por motivos que los propios vencidos explicaron en su día con mayor objetividad y honestidad intelectual que sus “nietos” ahora[2]. Así lo ha reconocido algún historiador de hoy que a la salida de un congreso recomendó a sus colegas “magnanimidad” en este nuevo e invertido 1º de abril electoral. Con que él y muchos de sus colegas, o más bien correligionarios, hicieran un esfuerzo por ser auténticos profesores y no agit-prop se conformarían los ciudadanos no asilvestrados. La historiografía actual, menos respetuosa de la verdad que los testimonios de  los enemigos en el acaloramiento de la lucha, protagonistas y antagonistas de la Historia, niega lo evidente, silencia las voces discordantes,  esconde o trocea datos, da por ciertas hipótesis o suposiciones y hace juegos malabares con juicios de intenciones, quita y pone a placer manipulando sin parar. Es el reflejo de la descomposición de la Historia que Stalin hizo suya sobre el pedestal de la mentira como regla, servida a su vez por el terror en la Unión Soviética que duró con sus “archipiélagos Gulag” hasta el derrumbamiento del “muro de la vergüenza” en Berlín el 9 de noviembre de 1989.

Esta avenida tumultuosa y desbordada, que se lleva la verdad por delante arrollándolo todo, se hizo más radical y agria a partir de 2004 por la necesidad acuciante de actualizar aquella trágica etapa de nuestra vida colectiva con fines electorales no sólo inmediatos sino de largo alcance. Se trataba de proclamar como heredero ideológico de un bando, el entonces vencedor, a un partido, el popular, cargando las tintas sombrías para descalificarle, con aires de revancha y técnicas de propaganda muy ajenas a la metodología histórica, utilizadas incluso por algunos de los que pretenden presentarse como “historiadores”. Sus autores se declaran “nietos” de aquella República, mitificándola y haciéndola equivalente a democrática, que lo quiso ser aun cuando se quedara muy lejos y cuyos fundadores demostraran no serlo en octubre de 1934 y en la “primavera trágica” de 1936. Es un retorno al “antifascismo”, donosa invención de Stalin para meter en el mismo saco a demócratas auténticos y al partido comunista cuya pasión por la democracia se condensa en su objetivo permanente, con una persistencia admirable, la “dictadura del proletariado”, no archivado sino simplemente aparcado de momento. Así se ha  llegado a ese prodigio de imaginación creadora bautizado, valga la expresión, como memoria histórica y plasmado en dos leyes insólitas.

  1. Los prolegómenos

La Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados que el 20 de noviembre de 2002 había aprobado por unanimidad una Proposición no de Ley donde declaraba que “nadie puede sentirse legitimado, como ocurrió en el pasado, para utilizar la violencia con la finalidad de imponer sus convicciones políticas y establecer regímenes totalitarios contrarios a la libertad y dignidad de todos los ciudadanos, lo que merece la condena y repulsa de nuestra sociedad democrática». Esta proclama sería asumida luego por la Ley de la Memoria Histórica, olvidando que el primer sistema totalitario de la historia se estableció por Lenin en 1917 con la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que duró hasta finales del siglo XX, habiéndose expandido a las Repúblicas Populares de Europa, Asia y América sin que hayan desaparecido algunas de ellas con las que los autores de esta iniciativa mantienen relaciones cordiales y de afinidad. Por otra parte, también recoge la condena socialista del franquismo contenida en el Informe de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa firmado en París el 17 de marzo de 2006 donde se denunciaron las “graves violaciones de Derechos Humanos cometidos en España entre los años 1939 y 1975”, olvidando una vez más las violaciones cometidas por la República entre 1931 y 1939. Altibajos de la memoria aunque sea histórica.    

La que luego ha dado en llamarse “ley de memoria histórica” no figuraba en el programa del candidato a la presidencia del Gobierno por el Partido Socialista, José Luis Rodríguez Zapatero que se presentó a los electores con el mensaje moderado de la socialdemocracia. Sin embargo, hizo su aparición subliminal tras el resultado de las elecciones del 14 de marzo de 2004, cuando el ya Presidente, en el acto de la investidura como tal ante el Congreso de los Diputados, el 15 de abril dio fin a su discurso citando a su abuelo, el capitán de Infantería Juan Rodríguez Lozano, fusilado por los rebeldes en agosto de 1936.[3] Por aquellos días inaugurales de su mandato, el nuevo Presidente se autorretrató en la revista Marie Claire como “rojo, muy rojo”[4], aludiendo en otras ocasiones a su “republicanismo cívico”. Se situaba así por iniciativa propia en la extrema izquierda sin aviso previo al electorado, más allá de la social-democracia de Felipe González a quien considera un mero “reformista”. Era un claro desafío, el primero, a la Constitución y explica su actitud permanente respecto a ella en cuantas oportunidades se le han brindado después.

El caso es que el 23 de junio de 2004, pocas semanas después de esa investidura para la cual necesitó los votos de “Izquierda Unida” en cuyo programa siempre ha figurado el tema de la memoria histórica, el nuevo presidente, convocó una reunión del Consejo de Ministros en el magnífico Hostal de San Marcos de León inaugurado por el Caudillo, remozando con lujo el Convento de la misma advocación donde estuvo encerrado don Francisco de Quevedo y Villegas, antepasado mío, durante doce años sin que jamás fuera juzgado por no callar ante el poderoso Conde-Duque de Olivares, Valido de Felipe IV. También allí sería encarcelado el capitán Rodríguez Lozano unos días, antes de su ajusticiamiento por los insurrectos. En esa reunión se formó una Comisión cuya finalidad consistiría en preparar un proyecto de ley para “reparar la dignidad y restituir la memoria de las víctimas y los represaliados que, desde el inicio de la Guerra Civil y hasta la recuperación de las libertades, sufrieron cárcel, represión o muerte por defender esas mismas libertades y asumir esa defensa como objetivo fundamental de su compromiso ciudadano”[5]. De tal guisa se establecía una relación directa entre el Gobierno actual de la monarquía parlamentaria y uno de los dos bandos contendientes, el sedicente “republicano”, con una perversión del lenguaje que viene identificando “república”, palabra polisémica y “democracia”, equivalencia lejos de la realidad en aquella coyuntura histórica, tanto como la falsa proposición de que la Constitución de 1978 trae causa de su antecesora pero no antecedente de 1931, como puse de relieve ante este mismo Pleno el curso pasado.[6]

  1. Las estatuas son para los pájaros

La Historia ha sido manipulada desde siempre para utilizarla con fines políticos. Uno de los trucos más antiguos por su simplicidad fue la “ley del silencio” y también la tergiversación consistente en negar que algo sucedió de aquella manera y no de ésta, cuanto más obvio con más fuerza. En nuestros tiempos ha sido típica de la historiografía soviética, nada  original pero persistente y efectiva. En el antiguo Egipto ya se practicaba. Los nombres y los hechos de Akhenaton o de Hathseput fueron borrados concienzudamente. Se hicieron desaparecer efigies e inscripciones, a pesar de lo cual los así castigados han traspasado la barrera de estos tres mil trescientos años. Todo ello parece ahora un tanto ridículo. La ironía del humanista Francisco Rodríguez Adrados nos recuerda, a propósito de la estatua de Trajano en Belo Claudia (Cádiz) que sólo el busto es del retratado. En aquellos tiempos se esculpían cabezas desmontables para colocarlas luego sobre otro cuerpo distinto, desmochando la del antecesor antes glorificado, una vez muerto o expulsado del poder, sabia advertencia a la vanidad y a la arrogancia de quienes mandan. En realidad, como ha dicho Fernández-Armesto, las estatuas son para los pájaros[7] cuyos excrementos corrosivos no respetan ni el granito de las catedrales. Sin embargo, los fantasmas que habitan esas piedras, zarandeados y exorcizados, son peligrosos para quienes intenten desahuciarlos. El espectro del rey asesinado vaga por el castillo de Elsinor, esparciendo la división y la muerte.[8]

Los efectos más visibles de la “memoria histórica” en esa versión reduccionista que es su característica, no en vano le guía un ansia de revancha y un propósito confesado de ganar hoy la guerra que perdieron anteayer, los ha sufrido el arte de Praxíteles, la escultura, sobre todo las estatuas ecuestres del anterior Jefe del Estado. El desmantelamiento de una de ellas hecho por sorpresa en la madrugada del 17 de marzo de 2005 fue un delicado regalo a Santiago Carrillo en su 90º cumpleaños. Así lo anunció en la cena de su homenaje la Vicepresidenta del Gobierno a la sazón Mª Teresa Fernández de la Vega. El caballo y su jinete, obra de José Capuz, un excelente escultor y propiedad de la Universidad Complutense para cuyo Rectorado fue encargada, estaban a la entrada del Ministerio de la Vivienda desde 1959 hasta que esa madrugada fueron retirados por orden de la Ministra de Fomento Magdalena Álvarez por la brava o manu militari si se prefiere. No se solicitó el permiso municipal para ello y, según dicen, la estatua se depositó luego en el  almacén del Ministerio. En aquel mismo lugar  quedaron, sin embargo, las efigies de los esforzados paladines de la democracia Indalecio y, sobre todo, Francisco Largo Caballero, el “Lenin español”, que había leído a Marx a los sesenta años en la cárcel cuando purgaba su participación muy activa en la preparación del primer “glorioso movimiento” insurreccional en octubre de 1934 contra el Gobierno legítimo y legal de la República, a la cual ayudó a salvar paradójicamente el del caballo. Por otra parte, quienes habían ordenado desmontar el monumento a Franco en los Nuevos Ministerios, cuya construcción inició la República sobre una planta que dibuja la hoz y el martillo pero hubo de  terminar  el Régimen salido de la guerra civil, no cayeron en la  cuenta de que ese espacio urbano era el símbolo de la Transición y el escaparate de que España parecía  haberse civilizado definitivamente. En muy pocos metros cuadrados, dentro del perímetro de una plaza que lleva el nombre del sublime poeta San Juan de la Cruz convivían o conmorían los dos Franciscos, Largo Caballero y el otro. La destrucción de ese conjunto marcaba con claridad el propósito de borrar la “Transición” y su espíritu de concordia para sustituirlo por la “ruptura” y la crispación.

Unos meses después, hacia el 19 de noviembre de ese mismo año, era retirada bajo una persistente lluvia otra estatua en Santander, ciudad destruída por un incendio fortuito que avivó una galerna en 1940 y reconstruída luego. Había sido fabricada con el molde utilizado  para la de Madrid, siendo obra del mismo artista, José Capuz. La operación se realizó entre aplausos de unos y la reprobación de otros, “división de opiniones” en lenguaje taurino, pro sin incidentes. No sé si la siguiente fue la que se alzaba en el centro de la plaza del Caudillo, hoy del Ayuntamiento en Valencia, mostrando al personaje un poco al estilo de Marco Aurelio caballero. Esta vez la operación se anunció también anticipadamente y la remoción se hizo a la luz del sol. Fueron llevados montura y señor a un patio interior del edificio de la Capitanía General, cuyo frontispicio adornaba un escudo de la época, pero en  abril de 2010 se le trasladó como “Mary Poppins”, colgado de una grúa “pluma”, a unos almacenes del Ministerio de Defensa, donde quedó velado por una arpillera. La cuarta en mi recuerdo de lector de periódicos sería la estatua, también ecuestre, guardando la entrada a la Academia General Militar de Zaragoza, de quien había sido su primer director una década antes del estallido de la confrontación armada de las dos cerriles Españas, clausurada a pesar de ello por Azaña que puso así de relieve cómo su política militar no pretendía mejorar las Fuerzas Armadas sino “triturarlas” para crear otras a la medida.

A mediados de marzo de 2010 el general Franco y otro de sus caballos, dieron  su penúltimo paseo por El Ferrol, de cuya ciudad era hijo el jinete pero no la montura, creo. El monumento en bronce, regalo de esa ciudad con tanta solera marinera, estuvo colocado inicialmente en el centro de la plaza de España hasta que en 2002 el Ayuntamiento, dominado por el “Bloque Nacional Gallego” de extrema izquierda, lo trasladó a un lateral del Patio de Poniente del Arsenal. El Ministerio de Defensa, siempre inasequible al desaliento, quizá por considerar la efigie como personal militar y sin respeto alguno a la autonomía municipal, exigió su definitiva retirada. Un grupo de obreros y trabajadores del Arsenal llevaron a cabo el embalaje del grupo escultórico, que al parecer quedó arrestado en un almacén militar, donde permanecerá oculto tras otra lona.

A pesar de la sañuda persecución sobrevivían dos más en Melilla. Una de tamaño natural presentaba al comandante Franco en traje de campaña con un sombrero de lona contemplando el horizonte, como homenaje al jefe militar que salvó a la ciudad de ser arrasada por los rifeños el año 1921. Los Ayuntamientos que hasta ahora se han sucedido lo mantuvieron pero ahora, ante la presión de pequeños grupos y algún periódico, buscan una solución ambigua. La otra, a caballo también, que se encontraba en el cuartel “Millán Astray” del Tercio “Gran Capitán” I de la Legión, se retiró por orden de la dinámica pero silenciosa Ministra de Defensa, Carme Chacón, el 4 de agosto de 2010.

En este rastreo inexorable de los “nietos” de Stalin, su curiosidad se enfocó un día, no hace mucho, en el Casino de Madrid, donde había dos bustos, uno del general Sanjurjo y otro de Franco. La Junta directiva se negó a desmontarlos en un acuerdo adoptado por unanimidad, basándose en que ambas obras se debían al cincel y la gubia de Mariano Benlliure. Finalmente, en esta cacería con la excusa de la “memoria histórica” la jauría ha llegado también a Santa Cruz de Tenerife, donde algunos pretenden suprimir un sedicente  monumento a Franco, que sostiene una gran espada-cruz sobre un Arcángel en vuelo, convertido por el ingenioso municipio en “Ángel Caído” para eludir la desaparición de tan notable conjunto escultórico, obra también de Juan de Ávalos, cuya armonía artística ennoblece esa conjunción de dos avenidas frente al Atlántico.

De tales operaciones iconoclastas salta una primera impresión. No eran muchos los monumentos en piedra o en bronce dispersos por las plazas de España a lo largo de los cuarenta años que duró el Régimen, apenas media docena, y justificados por alguna circunstancia relevante y objetiva. No se inundaron las villas y las ciudades con las representaciones en serie de la figura de su Caudillo, como sucedió con Stalin en la Unión Soviética y países “satélites”. Por otra parte, tampoco se formaron multitudes vociferantes para derribarlas. No parece que ofendan o molesten a la mayoría, que sin embargo calla. Cuán verdad contiene la sentencia final del discurso a los romanos que pone Shakespeare en boca de Octavio a la muerte de “Julio César”. El mal que hacen los hombres permanece. El bien queda enterrado frecuentemente con sus huesos. En fin, con todas las estatuas dedicadas a éste o a cualesquiera otros personajes de nuestro pasado podría crearse un parque habitado por espectros de bronce al estilo de los guerreros chinos de Xian o un cementerio semejante al que en el “Tenorio” de Zorrilla alberga a las víctimas del Burlador, con un lema en su entrada: Sic transit gloria mundi.

A diferencia de Estados Unidos, España que es Europa tiende a ensalzar a sus hombres más o menos insignes haciéndolos cabalgar en avenidas o parques e incluso por las nubes. Casi entre ellas lo hace  Alfonso XII, el Pacificador, junto al estanque del Retiro y no muy lejos  le escolta, al nivel del suelo, el general Arsenio Martínez Campos, autor del inoportuno pronunciamiento, “la botaratada” de Sagunto, que restauró la Monarquía en 1875. Por otros lugares campan dos Reyes: el caballo de Felipe III, repleto de gorriones, fue destrozado el 14 de abril de 1931 y el de Felipe IV en la Plaza de Oriente ha soportado el peso de jóvenes “pioneros” o de “flechas” gracias a los cálculos de Galileo. En el Paseo de la Castellana convive algún general no muy conocido como el marqués del Duero con Castelar, uno de los presidentes de la primera República, cuyo monumento se alzó en 1911 durante el reinado de Alfonso XIII. Hablo de Madrid donde la gente se topa con ellos sin reparar en su presencia ni en quiénes fueron. Pero al igual que los ciudadanos de otros países, el español gusta de destruirlas o al menos deponerlas cuando las circunstancias cambian y los vientos son otros. Matar al padre tranquiliza a los hijos débiles. “El valiente ibérico” es iconoclasta y está dispuesto a empezar su Historia todos los días. La cabeza de Pablo Iglesias, a la vera de la avenida de la Reina Victoria, ha sido desnarigada por algún irresponsable sin que nadie se haya tomado el trabajo de restaurarla. Aún recuerdo el asombro que me produjo contemplar el año 1983 en el Leningrado de la Unión Soviética, San Petersburgo antaño y hogaño, las estatuas de los denostados Zares a caballo en sus pedestales o la emoción de encontrarme en la catedral de San Pedro y San Pablo, panteón imperial, en el corazón de la fortaleza del mismo nombre, los sarcófagos en mármol blanco de Carrara de Pedro y de Catalina, ambos Grandes, con las lámparas votivas permanentemente encendidas ante cada uno de ellos. Allí y entonces se recordaba también la gran guerra patria, esa epopeya del ruso contra la máquina militar del III Reich, más sangrienta de lo necesario por la incompetencia y la imprevisión de Stalin. En la actualidad, según me cuentan, permanece en la Plaza Roja el mausoleo con el cuerpo momificado de Lenin, ejemplo éste y auel de sensibilidad histórica, más allá de las banderías. Después de todo quizá la actitud más inteligente sea la del creador del gran parque de San Francisco de California, alérgico a las estatuas, que cuando le forzaron a colocar algunas plantó a su alrededor los árboles suficientes para que según fueran creciendo las ocultaran.

Pues bien, tal fobia demoledora de los vestigios del pasado que desde la extrema izquierda unos fomentan y otros han cultivado a partir de la primavera de 2004, un salto atrás en nuestra evolución democrática, no es compartida por muchos que, en la misma orilla ideológica, ven pasar las aguas turbias del río del resentimiento y la revancha. El que fuera Presidente del Gobierno  durante catorce años, entre 1982 y 1996, Felipe González, había comentado mucho antes de iniciarse esta oleada iconoclasta algo elemental: “Algunos han cometido el error de derribar una estatua de Franco. Yo siempre he pensado que si alguien hubiera creído que era un mérito tirar a Franco del caballo, tenía que haberlo hecho cuando estaba vivo”. Más tarde, con la serenidad del estadista en el retiro, insistió en la misma opinión: “es una estupidez eso de ir tumbando estatuas de Franco. Franco es ya historia de España. No podemos borrar la historia”. Pero hay que intentarlo, piensan para sí los picapedreros. Por su parte, el profesor  Fernández Armesto publicó en “The Times” un artículo titulado “Larga vida a las estatuas de Franco” donde opinaba que “cada estatua, placa y arco de triunfo es un precioso fragmento de la diversidad de que toda comunidad política está compuesta”, lamentando que en nuestro país “la erección y profanación de estatuas es un vicio nacional”. Las estatuas son para los pájaros.[9]

  1. La Ley 24/2006

 3.1 Contenido

Primero fue la Ley 24/2006, de 7 de julio, cuyo artículo único dice así:

  1. Con motivo del 75º aniversario de la proclamación de la Segunda República en España, se declara el año 2006 como Año de la Memoria Histórica, en homenaje y reconocimiento de todos los hombres y mujeres que fueron víctimas de la guerra civil, o posteriormente de la represión de la dictadura franquista, por su defensa de los principios y valores democráticos, así como de quienes, con su esfuerzo a favor de los derechos fundamentales, de la defensa de las libertades públicas y de la reconciliación entre los españoles, hicieron posible el régimen democrático instaurado con la Constitución de 1978.
  2. Los poderes públicos promoverán y apoyarán la celebración de actos conmemorativos que estimulen la reflexión sobre aquellos hechos y el recuerdo y reconocimiento de la labor de aquellas personas, asociaciones e instituciones.

A continuación se insertan tres “disposiciones adicionales” que son otros tantos mandatos al Gobierno, uno para que presentara ante la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados los informes elaborados por la Comisión interministerial, otro para que promoviera la emisión de sellos y signos de franqueo conmemorativo (con participación de la sociedad) y un tercero para velar por la edición e incorporación a las bibliotecas de libros y vídeos pedagógicos sobre la “recuperación de la memoria histórica”.

Como preámbulo de tan singular producto legislativo se colocó una “exposición de motivos” redactada por José Luis Rodríguez Zapatero, Presidente del Gobierno[10], en cuya virtud

La experiencia de más de 25 años de ejercicio democrático permite hoy abordar, de forma madura y abierta, la relación con nuestra memoria histórica, teniendo en cuenta que recuperar dicha memoria es la forma más firme de asentar nuestro futuro de convivencia. Hoy resulta así oportuno recordar y honrar a quienes se esforzaron por conseguir un régimen democrático en España, a quienes sufrieron las consecuencias del conflicto civil y a los que lucharon contra la dictadura en defensa de las libertades y derechos fundamentales de los que hoy disfrutamos.

Este párrafo no tiene desperdicio y su glosa es fácil. Nada hay que objetar al recuerdo de los “más de veinticinco años de ejercicio democrático”, pero conviene puntualizar por una parte que se han desarrollado bajo una monarquía parlamentaria instaurada por la Constitución de 1978 y bajo una bandera, la rojigualda. Por otra, que en ese largo periodo de tiempo cinco veces superior entonces, hoy más de seis, al vivido espasmódicamente por la Segunda República, se ha producido un relevo generacional. La primera etapa es obra de los “hijos” de quienes se enfrentaron encarnizadamente en una lucha de exterminio y habían gestionado políticamente no muy bien la victoria de los unos, la derrota de los otros y la desolación de todos. La lección no era otra sino la posibilidad de una convivencia de los españoles consigo mismos, más allá de la coexistencia y de la tolerancia, una convivencia pacífica y cordial, más allá también de las ideologías, respetables todas mientras se muevan dentro de la ley y no apelen a la violencia. En definitiva, esa experiencia fue obra del  descubrimiento del otro como protagonista y no como antagonista,  enemigo irreconciliable y por tanto a extirpar. Ello presuponía la comprensión, nunca la proscripción y cristalizó en la communis oppinio, en el sentir general, el consenso, de que la paz era posible, no un armisticio, y el hacha de guerra había de ser enterrada. Ha quedado para la Historia  sencillamente como la Transición, con mayúscula la capitular.

Ésa es la “experiencia” que vale, la de los “hijos”, vivencia que han de heredar los suyos, “nietos” de quienes se enfrentaron hace setenta años, no la de aquel doloroso experimento republicano que incubó una espiral de violencia hasta desencadenar la guerra, ni menos aún la de ésta, cuya ferocidad en los frentes y en las retaguardias de ambos bandos no puede ser motivo de ensalzamiento en ningún aspecto y menos de regodeo. Todos fueron culpables. Esa orgía de crueldad mutua, alimentada por “el odio destilado lentamente”, fue consecuencia directa del ambiente crispado de los cinco años anteriores, exacerbada en la “primavera trágica” de 1936 e intensificada durante los tres años siguientes y prolongada algunos más.

En suma, tal actitud de comprensión y benevolencia sí hubiera podido permitir “abordar de forma madura y abierta”, el pasado común, no ese galimatías de “la relación con nuestra memoria histórica” -¿la de quiénes, los unos o los otros?- y consolidar así con mayor firmeza la convivencia futura, bastante bien asentada por cierto hasta que llegó la levadura de nuevas crispaciones por razones y sinrazones que no son las nuestras, sino anacrónicas, desempolvadas para causar espanto hoy y separarnos como ya lo hicieron en su día. Lo condenable de esta operación, hija del resentimiento, no es su aparente finalidad, recordar para honrar, sino que se complazca en arrojar cascotes del pasado cuidadosamente elegidos para conformar el hoy y el mañana. Es una danza macabra con la música del himno de Riego, el telón de fondo morado y el puño cerrado en alto, olvidando, en un ejercicio de esa amnesia característica  habitual del comunismo -inductor de todo esto- que “quienes sufrieron las consecuencias del conflicto civil”, conflicto armado, guerra civil en suma, fueron los veinticinco millones de españoles separados por mitad en dos bandos que pretendían su exterminio mutuo, como proclamó a gritos Dolores Ibárruri, la Pasionaria, y hasta el mismo Indalecio Prieto.

            Pero sigamos leyendo. Algo más allá la “exposición de motivos” añade:

En el 75º aniversario de su proclamación, esta ley pretende recordar también el legado histórico de la Segunda República Española. Aquella etapa de nuestra historia constituyó el antecedente más inmediato y la más importante experiencia democrática que podemos contemplar al mirar nuestro pasado y, desde esa perspectiva, es necesario recordar, con todos sus defectos y virtudes –con toda su complejidad y su trágico desenlace-, buena parte de los valores y principios políticos y sociales que presidieron ese período y que se han hecho realidad en nuestro actual Estado social y democrático de Derecho, pero, sobre todo, a las personas, a los hombres y mujeres que defendieron esos valores y esos principios.

El esfuerzo de todos ellos culminó en la Constitución Española de 1978, como instrumento de concordia y convivencia para el futuro, y que nos ha llevado a disfrutar del período democrático más estable de la historia de nuestro país.

Por todo ello, la presente ley declara el año 2006 como Año de la Memoria Histórica en orden a reconocer y homenajear a todos los que de una u otra forma se esforzaron para conseguir un régimen democrático, dedicando su vida o sufriendo persecución por este motivo, y a comprometer a los poderes públicos en la promoción de actos conmemorativos de esta efeméride.

En primer lugar, el autor de estas líneas ignora o menosprecia nuestra entera historia política, desde la Constitución de 1812 a la de 1869 y muy especialmente la de 1876 que permitió un despliegue progresivo de las libertades al par que una notable estabilidad institucional durante 50 años con un desarrollo económico evidente, gracias a uno de los escasos hombres de Estado de que ha disfrutado España, Antonio Cánovas del Castillo bajo la Regencia de María Cristina de Habsburgo y luego del reinado de su hijo Alfonso XIII.[11] Por otra parte, en los años treinta del siglo XX fracasaron en Europa tres regímenes políticos y tres Constituciones, tres experimentos democráticos. La República de Weimar en Alemania, la segunda República española y la III República francesa. Aquella fue el caldo de cultivo del nacionalsocialismo y dio paso por la vía electoral al enloquecido III Reich. La nuestra llevó directamente a la guerra civil más de una vez anunciada y conseguida por fin en 1936, abriendo las esclusas a un Régimen autocrático que duró cuarenta años. Por su parte, Francia dobló la rodilla y fue derrotada en 1940 por las panzerdivisionen, los stukas y su propia disgregación interna, menor que la española pero muy visible, obra también de su Frente Popular, aunque allí tenía la denominación menos bélica de rassemblement. Pues bien, ni más allá ni más acá del Rhin se ha pretendido glorificar y poner por ejemplo esos sistemas y sus Constituciones frustradas. Sólo España puede permitirse tal lujo pastoreada por quienes jamás profesaron la democracia[12] y la destruirían si consiguieran el poder como ellos lo pretenden, absoluto.

Sin embargo, no se piense que esta actitud es contemplativa y nostálgica. Los impulsores de la “memoria histórica” no dan puntada sin hilo, no hacen nada que no tenga una finalidad práctica. A través de la veneración de esa República mítica que nunca existió, se trata de imbuir lisa y llanamente en las nuevas generaciones un espíritu antimonárquico, del cual participaban también los falangistas vencedores de la guerra civil. La “educación para la ciudadanía”, esa asignatura que no sobra porque es una pieza más del plan, se encargará de ello en los colegios públicos. En los demás todo se andará, porque cierta derecha, la más culpable y la más deleznable por su cobardía moral, aceptará gustosamente la ocasión para librarse de sus complejos y hasta de sus crímenes cargándolos sobre las espaldas de un espantapájaros. Conocemos el fenómeno, repetición de lo sucedido en Alemania, donde Adolfo Hitler, el vesánico, cruel y sanguinario “Führer”, ha servido como el “redentor” de los ochenta millones que le siguieron entusiasmados en su alucinada carrera hacia la catástrofe hasta que ésta se cernió sobre sus cabezas y nunca mejor dicho.

La Ley 24/2006, con un contenido evanescente, puramente retórico al parecer, es sin embargo la percha de donde colgar lo que luego vendría. Su alcance trasciende las palabras porque en ellas se expresa una dicotomía satánica, la división de los españoles de antaño y de hogaño en “buenos” y “malos”, un regreso a lo peor del pasado. Lo mismo opinaban en 1939 los vencedores de la guerra civil y por ello se les ha reprochado con razón que durante la entera vida del Régimen mantuvieran abierta la herida sin permitir su cicatrización. Hacer lo mismo pero setenta años después de conseguida la paz, o el armisticio por lo que se ve, y de ellas más de un tercio de siglo transcurrido una vez instaurado el sistema democrático, resulta todavía más grave y, sin tapujos, radicalmente inmoral, imponiendo la insensata ley de la revancha, el “más eres tú” y el ojo por ojo con carácter imprescriptible. ¿Dónde están las grandes palabras?. ¿Dónde la paz, la piedad o el perdón? ¿Dónde la fraternidad y la solidaridad?. El resentimiento llevado más allá de la muerte  y en la distancia del tiempo es el trasunto laico de la condenación eterna.

3.2. La guerra de las esquelas

Una de las fases más tempranas de este retorno al pasado utilizando la necrofilia instalada en el subconsciente colectivo de los españoles, que en el siglo XVI se encontraron con sus almas gemelas, los mexicas o aztecas, cuyos descendientes mestizos celebran hoy el más tenebroso “día de los muertos” del mundo, fue la que da título a este capítulo con suave ironía llena de afecto y comprensión hacia los asesinados alevosamente por ambos bandos y hacia quienes quedaron con la familia desmochada, huérfanos o viudas. No se vea en ningún comentario sarcasmo o burla, sólo asombro, a veces teñido de indignación, por la conducta de los irresponsables que soplaron las velas de estos barcos de la muerte para su lucro electoral y su ansia infinita de prebendas, sirviéndose de las emociones humanas de los afectados sentimentalmente en vez de servir con responsabilidad histórica al español para que nunca más se repita,

Después de las estatuas vinieron las esquelas con toda su carga fúnebre. Los hijos y, sobre todo los nietos de quienes murieron a manos de los nacionales, animados por el respaldo de la ley de la memoria histórica, salieron a la palestra, provocando así la reacción muy comprensible contra el acoso mediático de sus compañeros generacionales para recordar a los eliminados en la zona republicana. Los textos se asemejaban en el contenido pero diferían formalmente por los símbolos o su ausencia, con la cruz o sin ella y en la fraselogía. La guerra de las esquelas comenzó curiosamente un 17 de julio el año 2006 con la publicación en “El País” a media página, de la que “in memoriam” de Virgilio Leret Ruiz, Comandante de la Base de Hidroaviones del Atalayón de Melilla y de los alféreces Armando González Corral y Luis Calvo Calavia, suboficiales, clases y tropas bajo su mando, contaba“que el 17 de julio de 1936 libraron la primera batalla en defensa de la Constitución y del Gobierno legítimo de la República, contra las fuerzas regulares indígenas al mando del comandante Mohamed Ben Mizziam. Estas víctimas del terrorismo franquista fueron asesinadas después de su rendición, al amanecer del 18 de julio de 1936, sin que hasta la fecha se conozca el paradero de sus restos. Como producto de un pacto de silencio inaceptable en cualquier país democrático…….. sigue estando en deuda con la justicia, la verdad y la memoria de las víctimas de esos grupos sedicentes. Sus hijos y sus nietos”.

            Más líricamente empieza otra posterior, aun cuando luego su tono se asemeje mucho a la trascrita, en la cual “in memoriam” de Juan Toribio Bravo Ruanillo, sus hijos, nietos y biznietos, explican:

               “Te perdimos el brumoso amanecer del 20 de agosto de 1936 en un trágico lugar de la ciudad de Palencia abatido por las balas asesinas de la represión franquista en Aguilar de Campóo, junto a siete compañeros de prisión. Inicuamente juzgado y condenado a muerte. El paso del tiempo mitiga el dolor, pero no obnubila la memoria. Vives en nuestro recuerdo.”

También “in  memoriam” (sic) de José Álvarez Moreno, Capitán de la Guardia de Asalto, Manuel Rubio Durán, Alcalde de Dos Hermanas y Francisco Grillo González, Jefe de la Policía Municipal de dicha Villa, asesinados en Sevilla el 24 de julio de 1936, cuentan al lector curioso:

Un 24 de julio de hace setenta años, a las cinco de la madrugada, una descarga cerrada y tres tiros de gracia. Tres hombres se desplomaban. Con ellos y con todos los que  como ellos cayeron defendiendo la libertad y la república, lo hacían los sueños y las esperanzas de todo un pueblo.

Setenta años después la tumba de su asesino, el general sedicioso Gonzalo Queipo de Llano, continúa ocupando un lugar de honor en la Iglesia de la Macarena en Sevilla, y la Virgen de la Macarena sale en procesión con su fajín. Y setenta años después, su memoria y la de los cientos de miles de hombres y mujeres asesinados por defender la legalidad republicana, permanecen sin el reconocimiento que cualquier sociedad democrática digna de tal calificativo les había conferido.

Si el Gobierno del PSOE pierde esta oportunidad histórica para hacerles justicia, seguiremos luchando porque en nosotros, sus hijos, nietos y biznietos, residen sus principios, sus ansias de libertad y su imborrable recuerdo.

Los hijos, nietos y biznietos de José Álvarez Moreno.

Una última de este grupo nos da noticia en su memoria, esta vez en romance, que Francisco Pérez Carballo, Abogado y Gobernador Civil de La Coruña en aquellos días aciagos –esto es mío- fue fusilado en Punta Herminis de la ciudad el 24 de julio de 1936, que Juana Capdevielle San Martín, Licenciada en Filosofía y Letras y Bibliotecaria, resultó asesinada en Rábado (Lugo) el 18 de agosto siguiente y que –sorpresa- Victorino Veiga González, Abogado y Diputado por Izquierda Republicana tuvo la fortuna de ser tan sólo “perseguido y encarcelado”. Sería curioso averiguar cuáles fueron sus avatares durante los tres años de guerra y, si la sobrevivió, cómo transcurrió su vida en el Régimen nacido de la victoria el 1º de abril de 1939. Su hija y la familia del Gobernador “los recuerdan y también a todos los represaliados por defender la legalidad republicana”. Desde este rasgo final de su personalidad política parece desprenderse que no participaron directa o indirectamente en la insurrección armada de octubre de 1934.

A falta de la esquela que nunca pudo publicarse pero con infinito cariño, venga aquí el recuerdo de mi tío Alberto Aliende Molina, Veterinario de Arcos de Jalón (Soria) que participó en la organización de un tren armado, con dirección a Guadalajara para conseguir armas en auxilio de los leales a la República pero no pudo llegar a su destino por estar cortada la línea ferroviaria e inició el regreso. En el paso a nivel de los Boliches, que estaba cortado, el “tren fantasma” coincidió con un automóvil ocupado por dos guardias civiles, padre e hijo, enzarzándose en un tiroteo con el resultado de que ambos murieron así como dos republicanos. De regreso al punto de partida, nudo ferroviario importante, en poder ahora de los sublevados, las autoridades de hecho detuvieron al Alcalde y a varios más, entre ellos el Veterinario, como responsables de tal iniciativa. El primero salvó la vida pero Alberto fue fusilado con otros el 29 de julio de 1936 en el término municipal de Almazán. Allí mismo, en cualquier cuneta quedaron  enterrados y allí reposan todavía. Tenía 53 años, había cometido el delito de pertenecer a Izquierda Republicana, estudiaba la carrera de Medicina y dejó viuda a su esposa Áurea Aguilar con tres hijos. Le veo nítidamente a través del tiempo en el comedor de nuestra casa en la calle madrileña de los Caños, en la “primavera trágica”, hablando con su cuñado, mi padre, de la situación en el país. Una sóla frase se grabó entonces en la memoria de un niño de ocho años. -Desengáñate Alberto, nos llevan a una guerra civil. Descanse en paz en la tierra de Soria “por donde vaga errante la sombra de Caín”.

Apenas había transcurrido un mes de la primera esquela cuando otros periódicos empezaron a llenarse con los testimonios opuestos. El “ABC” fue el más visitado por los descendientes de los asesinados en la zona republicana, aunque también se utilizaran “El Diario de Ávila” y “El Mundo”, así como la revista comarcal “Canfalí” donde se recordaba que Gregorio Crespo Serrano fue “asesinado junto a otros 47 valdepeñeros por las hordas rojas,  el 29 de agosto de 1936 en las tapias del cementerio de Valdepeñas”, “mientras pedía clemencia” porque dejaba esposa y ocho hijos menores, “tenía 44 años”. El 20 de agosto de 2006, “setenta aniversario de los señores “don José del Campo Ávila, don Juan José Taboada de Lamo (y) don Julián Montoya Martínez-Herrera vilmente asesinados en Atalaya de Cañabate (Cuenca) su “nieto, hijo y sobrino” rogaban una oración por sus almas”. El 7 de septiembre los hijos, nietos y biznietos honraban a Eduardo Báner Landáner (33 años), Andrés y Ricardo López-Chicheri Ligues (27 y 24) y Francisco Abelló Fierres que “murieron por Dios y por España vilmente asesinados por las hordas marxistas”. Al final se pedía una oración por sus almas y por todos los españoles que creyeron y creen en los valores de Dios, patria y justicia”. El 23 de agosto otra esquela recordaba a “don José Moscardó Guzmán y don Luis Moscardó Guzmán” ambos “asesinados por las milicias del Frente Popular” en Barcelona y Toledo respectivamente. José iba a Berlín a participar en los Juegos Olímpicos y su hermano Luis pagó la negativa de su padre, el coronel Moscardó, a rendir el en una conversación telefónica con los sitiadores.

 Tampoco faltó a la cita “El País”, si bien esporádicamente. La primera, en el 70 aniversario como todas, de “don Manuel Benavente Gutiérrez (agricultor) asesinado por las hordas rojas en Getafe el 23 de agosto de 1936 a los 29 años de edad” [Su familia ruega una oración por su alma y por la de todos los mártires que dieron su vida por Dios y por España]

 . Otra llevaba el nombre de “don José Murado Otero martirizado en la checa de Fomento y vilmente asesinado en el Camino de Maudes (Madrid) el día 4 de septiembre de 1936 (D.E.P.). Su hija Pepita que no pudo olvidar; sus nietos: Angelita; sus sobrinas Tere y Mari Pili que aunque no le conocieron sí le amaron”. A continuación anuncian unas Misas. La más sorprendente de cuantas se enviaron al mismo periódico que las insertó en un sesgado reportaje de Nuria Tesón, es la dedicada a “Jesús María y Arroyo, Sacerdote, 19-20 de septiembre de 1936” donde se narra lo siguiente:

        Delatado por Gregoria G. G., que condujo a los milicianos hasta su detención, fue llevado a la terrorífica “checa de fomento” el 19-9-1936. El día 20-9-1936 informaron que “lo habían puesto en libertad”. Fue imposible entonces encontrar su cadáver.

        Terminada la guerra, Gregoria G. G., y su madre Leonor G. E.,  fueron juzgadas por proceso sumarísimo de urgencia nº 5.237, el 19-2-1940 hay sentencia condenando a Gregoria, convicta y confesa, a 30 años de reclusión mayor y accesorias y su madre Leonor fue absuelta.

        Indultada el día 28-6.1949, se casó y enviudó sin hijos, en su la llamaban “La kiosquera” por tener un kiosco de periódicos. Murió en Burgos el 22-8.1998, a los 92 años, 7 meses y 28 días de edad.

        Es imposible encontrar el cadáver de Jesús, ahora perdido en las relaciones interminables que hacían las autoridades de las demarcaciones donde aparecían los cadáveres, torturados y tiroteados, antes de darles sepultura. A la inmensa mayoría les enterraban sin identificar.

        Todo esto se puede comprobar en el archivo histórico nacional, causa general, legajos 1502 al 1563.

        Elevo oraciones por la víctima, mi querido tío Jesús, por las víctimas todas, sean del bando que sean, y por sus verdugos, deseando que este dolor sin sentido, que ahora está siendo removido sin piedad, no sea padecido por nadie nunca más.

        Tu sobrina Carmen, de 85 años, que recuerda horrorizada los tres años de terror que se vivieron en Madrid.

El 4 de octubre se publicaron dos esquelas juntas, bajo el epígrafe “recuperación de la memoria histórica”, una de ellas para “Manuel Hoyo Fraile, Secretario de Acción Católica de Getafe, de 28 años de edad, asesinado por los milicianos marxistas en una cuneta de la carretera de Fuenlabrada el 4 de octubre de 1936 en compañía  de otros tres jóvenes, uno de 16 años”. La adyacente estaba dedicada a “don Anastasio Deley Benavente (Agricultor), asesinado en Getafe el día 4 de octubre de 1936 por los milicianos marxistas y tirado a una cuneta de la carretera que va de Getafe a Madrid. En ambas se rogaban oraciones por sus almas así como “por las de todos los caídos en la guerra civil. No faltó, no podía faltar el recordatorio del “holocausto de Paracuellos del Jarama” publicado por la Hermandad de Nuestra Señora de los Mártires de Paracuellos del Jarama, de cuya matanza verdadero y propio genocidio, alcanzó a “don Eduardo Escartín Brenes, Abogado,…. sacado de Porlier sin juicio previo, vilmente asesinados por las hordas marxistas el 24 de noviembre en Paracuellos del Jarama, a los 24 años de edad. Su familia ruega una oración por él y por todos los españoles que creyeron y creen en los valores eternos: Dios, Patria, Justicia y Libertad”, a diferencia de la de don Manuel Bello Lasierra que rogaban “una oración por su alma y por todos los españoles asesinados”.

            En el diario “El Mundo” apareció el 16 de octubre otro recordatorio fúnebre con aviesa intención. Helo aquí

72 ANIVERSARIO

CARLOS GONZÁLEZ ÁLVAREZ, 19 AÑOS
SOCIALISTA Y MINERO DEL CONCEJO DE MIERES
MUERTO ENTRE EL 14 Y EL 16 DE OCTUBRE DE 1934, JUNTO CON NUMEROSOS COMPAÑEROS TAMBIÉN SOCIALISTAS Y MINEROS, EN LOS ENFRENTAMIENTOS CON UNA COLUMNA MILITAR ENVIADA DESDE LEÓN POR EL GENERAL FRANCO, Y AL MANDO DEL CAPITÁN RODRÍGUEZ LOZANO Y OTROS OFICIALES.

Sus familiares, RUEGAN una oración por su alma y por la de los casi 1.200 caídos y asesinados en este enfrentamiento fratricida -mineros, militares, civiles y religiosos- víctimas del odio irracional y del clima de guerra civil creados consciente y deliberadamente por los líderes socialistas FRANCISCO LARGO CABALLERO e INDALEClO PRIETO, que ordenaron la insurrección armada contra el gobierno legítimo de la República.
Y una oración también por nosotros, por nuestros hijos y por nuestros nietos, para que no vuelvan a caer nunca víctimas de un nuevo clima guerracivilista y de enfrentamiento entre españoles.

En los enfrentamientos citados, el 14 de octubre, y cerca del poblado de Rouzón, el Capitán Rodríguez Lozano al frente de un grupo de reconocimiento, fue emboscado e intensamente tiroteado por los mineros socialistas en armas, y estuvo a punto de perder su vida cumpliendo con su deber. Si esto hubiera sucedido, la percepción de la realidad histórica por parte de su nieto, el Presidente del Gobierno D. JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ ZAPATERO habría sido radicamente distinta, y la situación política de España hoy también lo sería.

«NO PREGUNTES POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS.
¡ESTÁN DOBLANDO POR TI…!»
John Donne citado por E. Hemingway

Como definición de nuestra trágica y sangrienta guerra civil, que algunos miserables, irresponsable y sectariamente, pretenden desenterrar y reinventar, olvidando y ultrajando a los muertos y a los más de 60.000 asesinados de media España, de ellos 7.000 religiosos, en una de las más cruentas persecuciones de la Historia del cristianismo.

            Pero yo me quedo con otra, la más original, que refleja un espíritu de comprensión más allá de la muerte y de la guerra e incluso un cierto sentido del humor, negro por supuesto, como el recuadro con dos banderas enlazadas que parecen ser la bicolor y la tricolor de aquellas dos Españas, donde puede leerse: “En memoria de don RODRIGO DÁVILA PEÑALOSA, Comandante del Tercer batallón del regimiento de Infantería de Toledo”, de guarnición en Zamora, y de los demás defensores del Cerro de los Ángeles en los días 13 y 14 de noviembre de 1936 y de D. MATE ZALKA (General Lukacs), Jefe de la XII Brigada Internacional y de los demás atacantes a esa posición en la misma acción militar de nuestra guerra civil”. “Los hijos del Comandante Dávila Peñalosa, Dª Margarita (+), Dª Matilde (+) y D. José Antonio Dávila García-Miranda; sus nietos y biznietos, RUEGAN que les recordemos en paz. La Santa Misa que tendrá lugar el domingo, día 19 de noviembre, a las dieciocho horas en el Santuario del Cerro de los Ángeles-Getafe (Madrid) será ofrecida por su eterno descanso”. Es copia fiel de su original publicado en ABC.

          3.3. Dos Congresos de historiadores

 Uno de los tempranos efectos de la Ley 24/2006, además de la guerra de las esquelas, fue la celebración de dos Congresos Internacionales en Madrid a los cuales acudieron numerosos y distinguidos historiadores españoles y extranjeros. La Universidad San Pablo-CEU, cuyo Rector a la sazón era Alfonso Bullón de Mendoza convocó el primero de ellos, titulado “Segundo” sobre “la República y la Guerra Civil”, que se abrió el 22 para cerrarse el 24 de noviembre de 2006[13]. Participaron gentes muy prestigiosas de dentro y de fuera, más de un centenar, como Stanley G. Payne y Edward Malefakis, Ricardo de la Cierva y Jesús Salas Larrazábal.

El Congreso fue inaugurado por el Canciller de la Universidad Alfredo Dagnino, quien denunció que la ley de Memoria Histórica “tiene el objetivo de reconstruir “una” memoria alejada del espíritu de concordia y encuentro de la Transición”. “Los españoles nos jugamos mucho con el revisionismo del pasado”, dijo en otro momento, añadiendo que “es irresponsable e inconveniente no hacerlo buscando la verdad sobre los hechos”. “El propósito de este Congreso es buscar la verdad histórica con rigor, objetividad y desde ese espíritu de concordia nacional que impulsó el proceso democrático”.

En la misma sesión inaugural Stanley G. Payne destacó que “la polarización entre derecha e izquierda, con la fragmentación dentro de ambas”, fue uno de los factores determinantes del colapso de la República y del desencadenamiento de la guerra civil. Por su parte, Luis de Llera, catedrático de Historia en la Universidad de Génova, reconoció que “la historia siempre es dura y lo cierto es que en la guerra civil hubo una represión muy grande por parte de los dos bandos. Todos fuimos culpables”. A su vez, el coordinador, Alfonso Bullón de Mendoza, confesó que “los historiadores no queremos que los políticos hagan historia”. Hay tantas memorias como personas y no se puede hablar de una sola memoria histórica”. No se puede censurar el pasado según las creencias[14].

El segundo, simultáneo casi, fue el Congreso Internacional sobre la Guerra Civil española, organizado por la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, vale decir el Gobierno, bajo la batuta de Santos Juliá, acaecimiento que tuvo lugar en Madrid el 29 de noviembre de 2006. Uno de los actos más emotivos fue el homenaje a los historiadores extranjeros, los fundadores del hispanismo científico: sir Hugh Thomas, que abrió camino hace más de medio siglo, Stanley G. Payne, Edward Malefakis, Gabriel Jackson, Ronald Fraser, Maryse Bertrand de Muñoz, sir Raymond Carr y Bartolomé Bennassar. En su mensaje Thomas recomendó “levantar un  monumento a todos los muertos, a los que cayeron en el frente y en la retaguardia” mientras Bennassar añadía que “la Transición hizo bien en no abrir el proceso de las responsabilidades en la contienda”. Por su parte, Malefakis, después de afirmar con un optimismo contagioso, que “la República ganó la guerra intelectual y moralmente desde 1945”, recomendó a la izquierda vencedora que diera ejemplo confesando sus errores y siendo magnánima con los vencidos. Según parece, también hubo con tal ocasión la reconciliación de los hispanistas con algo de entomólogos quizá contagiados por el ejemplo desmoralizador de los insectos que estudian.

El catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, Enrique Ucelay-Da Cal, recordó en este Congreso, que “estamos oficialmente en el año de la memoria histórica. Freud dijo que la memoria individual no es de fiar, y menos aún la suma de las individuales: la colectiva. La única colectiva es el ritual mediatizado por la ideología. El poder ritualiza para ser poder. La memoria ritual es desmemoria. España carece de una cultura cívica y si no hay una cultura es la memoria lo que hay que imponer al contrario. Es el “trágala servil”. La memoria tiene trucos. La historia española contemporánea es una lucha por la legitimidad en la que sus contendientes se lanzan sus muertos a la cabeza. Debemos evitar la intoxicación de la ideología que está en el recuerdo personal. Sólo existe memoria líquida. Podemos bucear, pero no caminar sobre la memoria”[15]     

            3.4. La reacción de los que piensan

La totalidad de los historiadores extranjeros “los hispanistas” que se ocupan de esta época, muchos y muy distinguidos, coinciden con rara unanimidad en rechazar este tinglado de la “memoria histórica”. “Una vez más la Guerra Civil parece ser objeto de una desequilibrada reinterpretación”, comenta  sir Hugh Thomas y añade que la Ley de Memoria Histórica suena “un poco sesgada” y quebranta “el espíritu de la maravillosa transición posterior a 1975, uno de los mayores logros históricos de España”. Un colega también anglosajón pero esta vez norteamericano, Stanley G. Payne piensa que la “intención del PSOE ha sido identificar al PP con el bando franquista de la guerra”. El PP, dice a continuación, “es un partido nuevo, democrático, que nada tiene que ver con el franquismo y que lo ha rechazado formalmente… En cambio el PSOE tiene una historia siniestra….” “defendió objetivos totalitarios y cuenta con un pasado de terrorismo en 1934 y en 1936, incluso con participación en asesinatos en masa. El que tiene una historia negra es el PSOE, no el PP”. No se queda solo en esa posición. Otro hispanista británico, Ronald Fraser, autor del libro “Recuérdalo tú y recuérdalo a otros” donde recoge los testimonios sobre lo que ocurrió entre 1936 y 1938, comparte “con el profesor Edward Malefakis la opinión de que unos pasos previos importantes sería que la izquierda actual se disculpara… de los asesinatos del bando republicano durante la guerra. Tal disculpa despejaría toda duda sobre las intenciones de la Ley de Memoria Histórica”. “La crispación dialéctica política actual” –hablaba en 2006- alentada por algunos medios de comunicación me recuerda la intransigencia de la oposición democrática en los meses anteriores a aquella guerra”. Por su parte, Paul Preston con cierta ambigüedad pareció apoyar, si bien con matices, la Ley de Memoria Histórica, aun cuando criticara “la retirada de símbolos franquistas. El Valle de los Caídos no debe desaparecer”… En España hay gente que confunde olvido con reconciliación y memoria con venganza. Si yo hubiera redactado (esa) Ley…. no habría prohibido el Cara al Sol ni las estatuas de Franco: son partes importantes de la Historia”. “Si de mí dependiese, yo no habría hecho nunca esa Ley, pero yo soy un extranjero sin voz ni voto. A mí personalmente me resulta muy incómodo que se empiecen a hacer leyes sobre estas cosas”.

He separado los historiadores forasteros de los indígenas porque los “hispanistas” constituyen una casta, un grupo muy valioso y heterogéneo, cuyo amor a lo nuestro está fuera de dudas, pero casta al fin o cofradía si se prefiere. Carlos Seco Serrano fue una de las primeras voces en alzarse contra la “recuperación de la memoria histórica”. “Lo que hay que recordar es el lamentable ambiente de provocación y desafío que en la ‘primavera trágica’ padecimos los supervivientes de aquello: un ambiente irrespirable que desembocó, fatalmente, en la guerra civil. Eso es lo que conviene recordar para no repetir una situación semejante. Por desgracia, estamos viendo, día tras día, un constante empeño de provocar, de renovar viejas heridas”[16]. En otro momento posterior, Seco Serrano recuerda “el ejemplo español cuyo punto de partida fue la admirable transición para la cual sirvió de estímulo la memoria histórica (todos fuimos culpables, no intentemos transitar de nuevo por aquellos caminos) que seguirá marcando rutas de paz y de ventura al futuro; y será difícil que esa continua y equívoca añoranza republicana con que de continuo se nos viene bombardeando acabe convirtiéndose en amenaza efectiva, arrastrando a una juventud que siempre se apunta al ‘cambio’ porque padece –virtudes de nuestra enseñanza media- una absoluta ignorancia no sólo de nuestra gran historia, sino de nuestra historia próxima: la que se inició hace treinta años”. Puntualicemos: La verdadera historia, la gran historia: no la que se ampara bajo la equívoca invocación actual a la ‘memoria histórica’ que sólo pretende reavivar lo que por desdicha nos enfrentó sangrientamente hace setenta años. Lo que no requiere memoria sino piadoso olvido” [17].

           

Aún hoy (escribía por tercera vez) parece que “nuestra última guerra civil está viva”, a pesar de los 70 años transcurridos desde “aquel horror”. Cierto que para las nuevas generaciones –los jóvenes que aún no han cumplido los 20 o los 30- se trata de algo tan lejano como el reinado de Isabel la Católica –del que, por cierto, tampoco saben mucho. Pero sigue presente el rencor, abrigado en los pechos de quienes la vivieron –o de los que, más jóvenes, se formaron, bien en la cultivada tradición de la ‘gloriosa cruzada’, o bien en la adhesión a una República- presunta culminación democrática que en realidad, había fenecido apenas nacida”. “La sombra de Caín se ha proyectado siempre sobre esta desgraciada España. Mientras los que están hoy en el poder se afanan por borrar la imagen de nuestra auténtica dimensión histórica, sus adversarios se aplican a afilar nuevamente las armas”. “Es muy doloroso comprobar que en determinados reductos de nuestra sociedad sigue cultivándose el odio, apenas logrado aquel milagro de convivencia que fue la ejemplar transición democrática cifrada, según la voluntad de su auténtico impulsor –el Rey Juan Carlos-, en poner fin a la guerra civil reconciliando definitivamente a los españoles. Creía yo que esa reconciliación había sido, en efecto, definitiva. Voy convenciéndome de que, por desgracia, no lo fue” [18].

 

Por su parte, la profesora y doblemente académica Carmen Iglesias, destacó “la importancia que tuvo la memoria histórica para todos los protagonistas de la transición…. Precisamente porque se era muy consciente de lo que había ocurrido en el siglo XIX y en 1931, cuando la concordia…. no había prevalecido y…. casi la mitad de los españoles quedaba excluída del consenso constitucional: precisamente por todo ello, los constituyentes del 78 lucharon ejemplar y generosamente para que nadie quedara fuera. Claro que se practicó el olvido, como insisten los que ahora se erigen a sí mismos en guardianes de una memoria guerracivilista… Pero no fue el olvido pasivo, amnésico y distorsionador de la realidad… fue en todo caso un olvido activo que salda la cuenta del pasado a fin de acabar con una espiral de violencia y abrir el futuro”. “Un olvido activo en frase de Koselleck, en el que se olvida la deuda, pero no los hechos, y en el que se precisa la terapia de la memoria para ‘curar la capacidad destructora de los recuerdos’… La “memoria, si quiere ser histórica, tiene que ser la que van reelaborando de manera crítica los historiadores, para contrarrestar las memoria ideologizada y muchas veces demagógica, que con desgraciada frecuencia, intenta imponer un poder político”. “No es lo mismo recuerdo personal, memoria subjetiva que historia”, ni se da la memoria colectiva.[19]

 

Pasado el verano, la misma profesora[20] observaba que “de la concordia establecida en la Constitución de 1978…. se ha recorrido un tortuoso camino hacia la discordia que se manifiesta casi todos los días en la actualidad, en la política y en los medios de comunicación más que en la sociedad y en la vida diaria de los ciudadanos (al menos de momento). Con ello parecería que estamos sufriendo uno de esos inicios de vaivén histórico que, como marca de identidad política, se atribuye a la historia de los españoles a lo largo de los siglos XIX y XX. De nuevo, parecería que la puesta en cuestión de la estabilidad constitucional, a través de la sospecha de unos orígenes espúrios  que ponen en cuestión la legitimidad de origen de la modélica transición de 1975-1978 -y de nostalgias de otros momentos históricos- amenaza con la ruptura de la concordia. Pues esa puesta en cuestión de la legitimidad de origen se paga al precio de simplificar y tergiversar la historia y de suplantar la tarea de los historiadores (que trabajan siempre a medio-largo plazo) por la de los ideólogos del poder político (siempre a corto plazo)”. “Con asombro y perplejidad han constatado ilustres hispanistas la tendencia en España a la “fracasomanía” o complejo de fracaso, según la definición de Albert Hirschmann, que tiene en nuestro país fervorosos partidarios”.

 

Otro notable historiador, biógrafo de Azaña y editor de su obra, Santos Juliá es tajante: “Imponer una memoria colectiva o histórica es propio de regímenes totalitarios o de utopías totalitarias. “Las guerras civiles sólo pueden terminar en una amnistía general”.[21] Unos meses más tarde, en el Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset, explicó que si bien la reparación de los vencidos en la Guerra Civil era un deber, “la saturación de memoria del pasado destruye la verdad histórica. La investigación histórica en democracia no permite trasladar a los vencedores de la Guerra Civil la invisibilidad padecida durante cuarenta años por los vencidos, sin dañar el conocimiento del pasado”. Quienes se definan por la “conciencia memorial no se ven como miembros de una generación a la que le está pasando algo” sino como nietos de una generación anterior, lo que conduce a la militancia”. “Lo que me hace ser, es lo que le pasó a mi abuelo”. “Recuperar la memoria histórica se ha convertido en exhumar el pasado, no movidos por la pulsión que lleva a construir el futuro”. Este asunto, muy debatido ya en Alemania, Francia y Estados Unidos le llega hoy en España a “una generación muy cargada de memoria impuesta por el Régimen nacido de la guerra civil, de la que renegó pero sin acertar a “inventar otra memoria nueva, la de su generación creadora de un mundo sin vencedores ni vencidos”[22] En ocasión posterior apostillaría “¿Qué es memoria histórica en un país dividido a muerte por una guerra, en la que hermanos –de sangre, nada de metáforas- tomaron partido contra hermanos?. Cuando un país se escinde, la memoria compartida sólo puede construirse sobre la decisión de echar al olvido el pasado: ése es el sentido de la amnistía general, como Indalecio y José María Gil Robles lo comprendieron ya desde los primeros años de la posguerra” [23]

 

Por su parte, Juan Pablo Fusi niega el “pacto de silencio” que explícitamente reprocha a la Transición el Preámbulo de la Ley de Memoria Histórica. No hubo tal, explica, sino “un nuevo comienzo” desde la conciencia, el recuerdo, la memoria y el conocimiento de lo ocurrido”. A su vez, Luis Suárez Fernández, otro grande,  reflexiona con cierta tristeza que “el odio no perdona ni renuncia a lo suyo y vuelve a aparecer ante nosotros pretendiendo decirnos que sólo es Historia lo que conviene a los propósitos políticos de cada hora. La memoria pertenece únicamente a la voluntad individual. Ahora se trata de imponerla desde un determinado sector, confundiendo poder con legitimidad”. [24]

 

También Felipe Fernández Armesto, catedrático de Historia Mundial en el “Queen Mary College” de la Universidad de Londres y miembro de la Facultad de Historia Moderna de Oxford que dirige desde su creación en 2005 la cátedra “Príncipe de Asturias” de la “Tufs University”  de Massachussets, escribe a propósito de la Ley de la Memoria Histórica, que en los dos bandos contendientes en la guerra civil “el mal se alió con el idealismo”. “Sólo cuando la gente abraza el pasado que odia puede encarar franca y justamente, el legado que ha dejado atrás”[25]. Otro historiador, Ricardo García-Cárcel, coincide en que la Ley carece de un afán limpio de reparación porque “la instrumentalización política de la memoria histórica es tan vieja como la propia historia. El problema, desde mi punto de vista, es que esa memoria se fundamenta en el adanismo, como si el propio concepto de memoria histórica se acabara de inventar, como si no hubiera existido ya una memoria histórica de la República y la Guerra Civil…..[26] Por su parte, para Enrique Moradielos “las sociedades como la nuestra, pasadas dos o tres generaciones de un trauma colectivo, vuelven a planteárselo sin hipotecas. No es algo exclusivo de la España de 2006”.

 

“Mal asunto es que a los historiadores se nos requiera para las páginas de política nacional de los periódicos», reflexiona el catedrático de Historia Contemporánea José Varela Ortega, para quien la ley de Memoria Histórica que estaba ultimando por entonces el Gobierno partía  de un concepto «disparatado y metafísico» porque “la Historia no tiene memoria. Memoria no tienen más que los individuos, y yo, después de cuarenta años en está profesión, aún no conozco a Doña Historia». Por otra parte, el interés en poner en marcha esa normativa «responde exclusivamente a un proyecto político actual, consistente en romper el vigente pacto constituyente con el principal rival del partido gobernante, que tiene el 40 por ciento de los votos, y sustituirlo por otro con los grupos nacionalistas que cosechan un 8 por ciento de respaldo electoral y que no están interesados en constituir nada, sino que aspiran a decontracter todo. Se quiere expulsar al centroderecha no ya del poder —que es lo que todos le pedimos al centro izquierda, cuando le votamos mayoritariamente- sino del sistema, algo muy grave y que no estaba, en el guión constituyente original.  En este guión de ruptura y marginación,          se entiende que la Transición sea el enemigo histórico a batir y la “memoria histórica” -valga el anacronismo-  de la República, la Guerra y la represión franquista, los episodios a deformar, en la medida que un ajuste de cuentas anacrónico coadyuva al objetivo señalado: la satanización y marginación del centro- derecha como reo de franquismo. La transición fue precisamente lo contrario: consistió en la “aceptación del adversario”. No hubo ocultación o amnesia, sino la decisión, pienso que muy sensata, de no utilizar la historia con propósitos políticos. Pero conocer, se conocía muy bien el periodo. Existe un material historiográfico ingente sobre nuestra Guerra Civil. Otro problema es que algunos no lo hayan leído hasta ahora”. A lo dicho añade que se está en camino de «destruir la historia del propio Partido Socialista cuando en Suresnes pasó de ser un partido sindicalista y clasista a uno interclasista con un objetivo de capturar votos en el centro del electorado y un proyecto de reconciliación. Así que la primera víctima histórica de esta iniciativa descabellada es Felipe González y la generación que él representa».            –

           

El profesor Octavio Ruiz-Manjón opina que “abdicar de los logros de la Transición es una calamidad. No se puede decir que el modelo de la democracia actual sea el de 1931, porque ésta proyectó su programa de reformas con una urgencia tal, que resultó lesiva para la convivencia. Entre 1975 y 1978 nosotros pusimos por encima de todo, incluso del programa de reformas, la voluntad de convivencia política”. “La revolución de 1934 es inadmisible en un sistema democrático. Forma parte de ese proceso de deslegitimación del triunfo de la derecha en noviembre del 33 y cierra la posibilidad de una fórmula centrista o conservadora moderada”[27] “Deslegitimar a parte del país con el control de la memoria es insidioso”.

 

Aun cuando la reacción del excelente historiador salmantino, no obstante ser madrileño de nacimiento, Manuel Fernández Álvarez[28], no fuera inmediata como la de los precedentes, quedaría incompleta esta panorámica sin su opinión sobre la memoria histórica. “Como voy a negarla yo, siendo historiador, pero abogo por una memoria válida para todos, que abarque el pasado en su plenitud, porque la locura se dio en un lado y en otro, culpables fueron todos, que entregaron el país a los verdugos. El mismo Azaña estaba atormentado por las barbaridades que se cometieron en las checas de la República que él gobernaba, enloquecida: hay que releer la Historia. Entonces no se puede enaltecer a una España en contra de la otra, hay que superarlo; no se puede enarbolar la memoria como un arma de combate contra el adversario, sino para entenderla y llegar a un perdón, que no un olvido.” Una memoria que ha escrito con dolor, pero con un final esperanzado y también un fin didáctico: “Hace mucha falta que la juventud conozca su Historia sin espíritu revanchista, sino con serenidad pese al dolor. Los jóvenes no saben casi nada de la Historia de este país, porque la enseñanza le ha dado la espalda. Hay por ejemplo una falsa idea progresista que niega la España imperial, y a veces saben más los estudiantes de Europa central sobre nuestro Siglo de Oro que los nuestros. Y eso se comprueba en los cursos de Erasmus. Negar la labor de España en América es como negar la llegada de Roma aquí, como si allí sólo se hubieran machacado indios, olvidando la civilización que se llevó a cabo. Te recuerdo las palabras de Neruda en su Canto general: “Vino el puñal, pero también vino la palabra”.

 

No son los historiadores los únicos que así opinan. También los filósofos. Gustavo Bueno mantiene que no es memoria ni historia, sino oximoron o una “contradictio in términis”: la memoria es personal y subjetiva, la Historia paradójicamente no se basa en la memoria sino en los documentos y otras fuentes tangibles”. Del comunista relapso Jorge Semprún, expulsado en 1964 del Partido, nos llegan unas frases lapidarias: “La guerra en defensa de la República fue justa pero no santa” y una cita de Malraux, “hay guerras justas, no ejércitos inocentes”. Un cardenal, Carlos Amigo Vallejo, oficiando en la Iglesia Nacional Española de Santiago en Montserrat de Roma, habló durante la misa celebrada el 12 de octubre de 200… de la Ley de  Memoria Histórica en trámite, reprochándola que fuera sólo “memoria parcial” o “memoria ideológica”, no Historia. Ello no significa “que no se reconozcan las injusticias que se hayan podido cometer, pero nadie debe aprovecharlo para vencer una guerra que gracias a Dios hace ya mucho tiempo que terminó” y que “todos queremos olvidar”. “La Iglesia, dijo también, mira más al futuro que al pasado y si mira para atrás “es para recoger todo lo bueno que ha dejado y no para echarnos en cara mutuamente los errores o maldades”. Al final, pidió a Dios que protegiera al Rey de España ya que de él depende la estabilidad y le dé “largos días y que todos discurran en paz”.

               El catedrático de Sociología Emilio Lamo de Espinosa tampoco participa del espíritu que anima las leyes de Memoria Histórica: «No es tarea de los Políticos reescribir la historia y el pasado sino construir el futuro, que es lo que une a  los pueblos: la ilusión colectiva de un futuro mejor. Para construir la historia están los historiadores, y ésos llevan ya muchas décadas haciéndolo.  Los españoles no han necesitado de un nuevo socialismo para recobrar la memoria. Yo publiqué mi tesis doctoral sobre Julián Besteíro en 1972, en pleno franquismo. Y no digamos durante y después de la transición Por lo demás, ¿se imagina alguien a las Cortes de la II República discutiendo sobre la memoria de las guerras carlistas?» Una pretendida recuperación de la memoria por la política corre el serio riesgo de ser la repetición en clave resentida de otra recuperación de la memoria, la que se hizo durante el franquismo, sólo que para darle la razón a la otra parte. Lo importante de aquella terrible Guerra Civil no es, visto desde hoy, quién tuvo razón. Max Weber lo dijo con rotundidad tras la Gran Guerra: ponerse a buscar quién tuvo razón es cosa de viejas; es la estructura total de una sociedad lo que puede explicar aquella catástrofe ¿Vamos a recordar que el Partido Socialista rompió radicalmente con la legalidad republicana en la revolución de Octubre de 1934?». Por su parte, Serafín Fanjul[29], profesor de la Universidad Autónoma de Madrid señala que “a la izquierda no le gusta la historia porque nos acerca y hasta nos induce a comprender acontecimientos pretéritos en que, con frecuencia, se entreveran buenos y malos, dificultando la adjudicación de premios y castigos y –lo que es peor- obligándonos a pensar. Por eso prefiere la ‘memoria histórica’, una historia para andar por casa, moldeable a su conveniencia y capricho”.

            El escritor leonés Juan Pedro Aparicio[30] autor de la novela “Tristeza de lo finito” cuyo escenario es la España de la guerra civil, que no conoció, se congratulaba de que los españoles hayamos “sabido encontrar una dirección adecuada a nuestro país” y añade: “La memoria es siempre individual. No se puede imponer una memoria oficial porque es absurdo. Eso lo hizo el franquismo y fue un disparate tremendo. El franquismo tenía su memoria histórica, que todos contestamos. La memoria es individual. No soy partidario de desenterrar heridas”. A su vez el periodista Carlos Dávila calificó la Ley como “Ley de la revancha histórica”, una maldad intrínseca articulada con una pirueta legal que… perpetra la tropelía de “honrar a un bando para deshonrar a otro”. “El memoriazo”… es todo un desmán, un disparate histórico que, a mayor abundamiento les resulta insuficiente a sus aliados, la izquierda comunista… y al siniestro independentismo”. [31] Otro periodista, Carlos Herrera,[32] opinaba que se trata “no sólo de reparar aquellas cuitas trágicas que no hayan quedado suficientemente resueltas con las medidas diversas que se han tomado desde la Transición: la intención poco oculta tras las palabras de los inductores de la ley consiste en arrojarnos cadáveres a la cabeza unos a otros con la pretensión de separar cuáles son los buenos y cuáles los malos, cuáles murieron por la injusticia y cuáles por la defensa de la libertad. Es decir: no se trata sólo del natural deseo de recuperar rencores. Y, a ser posible, contemplar el pasado con ojos de la actualidad y así poder justificar su visión incompleta, falsa”.

Por su parte, Miguel Delibes   en una entrevista contestó:[33] “Veo el asunto de la ‘memoria histórica’ con respeto y no como un simple acto piadoso. Pero no es necesaria tanta publicidad. Dejémonos ya de franquismo, transición y constitución y empecemos de nuevo. Tanta reiteración no es buena”. A su vez, Arturo Pérez Reverte, Académico de la Española y excelente novelista sobre temas del pasad, se despachaba a gusto en otra conversación[34]: “La memoria histórica analfabeta muy peligrosa. Porque contemplar el conflicto del año 36 al 39 y la represión posterior como un elemento aislado, como un período concreto y estanco respecto al resto de nuestra historia, es un error porque el cainismo del español sólo se entiende en un contexto muy amplio [se explican con el Cid, con los Reyes Católicos, con la conquista de América, con Cádiz… en el liberalismo y el conservadurismo del siglo XIX, porque el español es históricamente un hijo de puta (sic)]. Separar eso, atribuir los males de un período a cuatro fascistas y dos generales es desvincular la explicación y hacerla imposible. Que un político analfabeto, sea del partido que sea, que no ha leído un libro en su vida, me hable de memoria histórica porque le contó su abuelo algo, no me vale para nada. Yo quiero a alguien culto…”

            “Quienes unieron memoria e historia no sabían lo que hacían o buscaban que no lo supiéramos –escribió también José María Carrascal[35]. Se trata de dos materias completamente distintas, que sólo por casualidad coinciden, aunque la mayoría de las veces difieren o se contradicen. La memoria es individual, particular, incontrastada, con tal porcentaje de subjetivismo que la inhabilita como ciencia y le acerca a la ficción. No somos parciales al juzgar los hechos que hemos vivido. En pocas palabras, la memoria suele ser bella, pero poco de fiar. La historia es otra cosa… “la recapitulación de los hechos tal como han ocurrido” según Ranke”. “Se ha usado a menudo como arma arrojadiza contra el adversario, lo que es prostituirla”. Con todo, la historia está “mucho más cerca de la ciencia que de la memoria”. En cualquier caso, memoria e historia no pueden meterse en el mismo saco a no ser con ánimo de equivocar o equivocarse. No existe una ‘memoria histórica porque la memoria pertenece a los individuos y la historia a las naciones… Una incompatibilidad que se acentúa cuando se da a ala memoria el rango principal de sustantivo, y a la historia, el secundario de adjetivo, como ocurre con nuestra Ley de Memoria Histórica, lo que la inhabilita para el propósito que dice tener: cerrar definitivamente la guerra civil. Como han advertido bastantes expertos nacionales y extranjeros, tanto de izquierdas como de derechas, estamos ante una ley que abre heridas, no las cierra. La controversia que no cesa en torno a ella lo confirma”. “Es un intento inútil de dar la vuelta “a la historia” pues lo que pasó, pasó sin remedio. A no ser que lo que se busque sea la revancha. Mala consejera”

                      La segunda ley para reavivar la memoria histórica

       Después de un largo y agitado viaje parlamentario, las Cortes Generales dieron luz verde a la Ley 52/2007, de 26 de diciembre, por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura. Tan largo rótulo sirve para enmascarar la desaparición de la “memoria histórica” que intitulaba el proyecto como consecuencia del rechazo unánime de ese concepto por los historiadores tanto extranjeros como indígenas, la mayoría nada sospechosos de connivencia con el enemigo ideológico. Había transcurrido algún tiempo desde la primera ley, se habían alzado voces muy críticas, que en las páginas precedentes han sido trascritas, muchas de las cuales procedían además de la misma escudería y los comunistas habían visto reducidos sus escaños de cinco a dos, dato importante para un electorero nato.

Pues bien, la exposición de motivos de la nueva ley es fiel al talante de su autor y cumple el axioma de que el estilo es el hombre. El razonamiento no discurre linealmente sino que zigzaguea y más bien se mueve como el caballo en el tablero de ajedrez, con un salto oblicuo. Se rompe el principio lógico de contradicción –una cosa no puede ser ella y su opuesta- y con un punto de partida de dudosa sinceridad se llega a una conclusión incompatible. Los dos primeros párrafos con elogios muy merecidos a la Transición olvida que esa sensata salida del atolladero histórico de la dictadura, bordeando el acantilado pero sin caer, significó a la vez el rechazo de la “continuidad” de lo existente y de la “ruptura” radical, revolucionaria, pero rechazando también en bloque el pasado con el cual pretendía legitimarse: la República, la guerra civil y el Régimen salido de ella, 1931-1975, casi medio siglo, opción medular ratificada por el voto casi unánime del español, cansado de mensajes mesiánicos y de aventureros, de utopías y de paraísos a la vuelta de la esquina.

Sin embargo, entonada esa romanza que a la gente sigue sonándole muy bien, y anestesiado pues el lector embebido en la muleta que es engaño en el lenguaje taurino, el diestro da un quiebro y se coloca en el terreno contrario. Si tan magnífico era el ambiente de paz, reconciliación y convivencia, su conclusión lógica no podía ser otra que la valoración por igual de los dos bandos, pero aquí el discurso se atora y se desvía para honrar a unos –bien está- pero infamando a los contrarios. Después de reconocer que “el espíritu de la Transición da sentido al modelo constitucional de convivencia más fecundo que hayamos disfrutado nunca”, y que “no es tarea del legislador implantar una determinada memoria colectiva”, se impone por la brava con una orientación agresivamente unilateral. Un episodio tan radical existencialmente como la guerra, y aún más una guerra civil, tiene unos motivos  profundos que la explican, aun cuando nunca la justifiquen y sus protagonistas han de ser, al menos, dos, ninguno de los cuales, en éste o en cualquier otro caso, monopoliza la razón, la verdad y la legitimidad. Cada vez me convenzo más de que no  hay guerras justas digan lo que digan teólogos o filósofos. A la postre todas son injustas por ser la exacerbación del egoísmo, del odio y de la violencia. Finalmente, el propósito de “contribuir a cerrar heridas todavía abiertas en los españoles”, encaminado en una dirección única, da como resultado el opuesto, reabrir las que ya parecían cicatrizadas y recrear así un ambiente “guerracivilista”, utilizando esta palabra nacida para la ocasión. No hay comprensión ni magnanimidad para los otros ni reconocimiento de los errores o crímenes del sedicente bando republicano. Por eso habré de aludir a ellos como contrapunto necesario para dar una visión estereoscópica, en relieve y no plana. Pero dejemos hablar al legislador.

 4.1. Las víctimas

El artículo primero nos anuncia que

La presente Ley tiene por objeto reconocer y ampliar derechos a favor de quienes padecieron persecución o violencia, por razones políticas, ideológicas o de creencia religiosa, durante la Guerra Civil y la Dictadura, promover su reparación moral y la recuperación de su memoria personal y familiar, y adoptar medidas complementarias destinadas a suprimir elementos de división entre los ciudadanos, todo ello con el fin de fomentar la cohesión y solidaridad entre las diversas generaciones de españoles en torno a los principios, valores y libertades constitucionales.

            No deja de ser curiosa y hasta sorprendente la abierta configuración  del texto trascrito que podría amparar a ambos bandos si no fuera porque olvida el período republicano precedente, entre el 14 de abril de 1931 y el 18 de julio de 1936 durante el cual cayeron muertos 2000 ciudadanos españoles en las calles, en los campos o en las cunetas por motivos, que no razones, de la epiléptica vida política de ese periodo. Por otra parte, la “recuperación de su memoria personal y familiar” pone en suerte los muchos relatos autobiográficos que dieron en su día testimonio del “terror rojo” recogidos en libros aparecidos muy tempranamente, apenas silenciado el eco del último disparo y vacías las trincheras. Quizá el primero fuera “Madrid de Corte a Checa” de Agustín de Foxá, que noveló su experiencia en caliente nada más llegar a Salamanca en 1937[36], al que siguió la versión de otro gran escritor, Wenceslao Fernández Flórez, terminada dos años después en Cecebre (La Coruña)[37]. Escrita en 1938 pero datada al siguiente año en Burgos, el profesor Teodoro Cuesta cuenta su peripecia en la zona republicana bajo el título “De la muerte a la vida” y con un significativo subtítulo: “Veinte meses de una vida insignificante en el infierno rojo”[38]. Naturalmente, una vez terminada la guerra proliferaron las memorias de “quienes padecieron persecución o violencia por sus ideas políticas, ideológicas o de creencia religiosa” en la capital de la República. Conviene recordar que las víctimas de la represión republicana no alcanzaron cifras aún más altas gracias a la protección que les prestaron las Embajadas, todas y muy especialmente las  de los países hispanoamericanos.

            Por entonces, Abelardo Fernández Arias, escritor polifacético, novelista y autor conocido como “El Duende de la Colegiata” dio a las prensas un primer volumen de sus vivencias con un título muy expresivo, “Madrid, bajo el terror”, 1936-1937, “Impresiones de un evadido, que estuvo a punto de ser fusilado”, recopilación de crónicas periodísticas inéditas según sus propias palabras[39]. En el epílogo avisa que la “mística en la Nueva España” “que prospera inconscientemente”, “tiene su origen en el campo rojo, lanzada en su día por al convencerse del desastre de los suyos. No os dejéis engañar, españoles. Al hablar de “Perdón” y “Olvido” y “piedad” secundáis un peón “rojo”, exaltado ante el fracaso de su “Terror”. No olvidéis que ellos gritaban en 1936: “Ay del vencido”. Los 80.000 cadáveres de las personas asesinadas vilmente en la capital de España lo impiden”. Una soflama exaltada como ésta puede ser comprensible en el acaloramiento de lo sufrido en esos días, nunca setenta años después como lo hace la Ley 52/2007, obediente al lema de que “la venganza es un manjar  que se sirve frío”, que se deleita en la misma actitud despiadada.

            Muchos años después, en los últimos años del Régimen, se publicaron otros frutos o productos de eso que luego, vale decir ahora, recibiría el nombre de “memoria histórica”, Un voluntario en las filas nacionales, Domingo Pérez Morán, recibió en 1973 el Primer Premio Del Toro” para “Memorias de la Guerra Española” 1936-39 por su obra “!A éstos que los fusilen al amanecer”, dedicada por el autor “a todos los combatientes –de uno y otro bando- que lucharon sin odio, por una España mejor”[40]. La intención no podía ser mejor pero inverosímil. De no haberse detestado ambos bandos hasta la exasperación no hubieran llegado nunca a las manos. A diferencia de este relato de un combatiente, el año 1975 el periodista y productor cinematográfico Santos Alcocer publicó su insólita peripecia con un título igualmente macabro, “Fusilado en las tapias del cementerio”, dentro de la misma colección de “Memorias de la Guerra Civil Española, 1936-1939” patrocinada por el mismo editor madrileño, G. del Toro[41]. La bibliografía sobre el tema no se agota con estas muestras, elegidas al azar por vía de ejemplo. Hubo más en las bibliotecas que esperan su turno para ser releídas y probablemente reeditadas si nos empeñamos en escarbar.

 El artículo 2 contiene un “reconocimiento general.”

1.Como expresión del derecho de todos los ciudadanos a la reparación moral y a la recuperación de su memoria personal y familiar, se reconoce y declara el carácter radicalmente injusto de todas las condenas, sanciones y cualesquiera formas de violencia personal producidas por razones políticas, ideológicas o de creencia religiosa, durante la Guerra Civil, así como las sufridas por las mismas causas durante la Dictadura.

2.Las razones a que se refiere el apartado anterior incluyen la pertenencia, colaboración o relación con partidos políticos, sindicatos, organizaciones religiosas o militares, minorías étnicas, sociedades secretas, logias masónicas y grupos de resistencia, así como el ejercicio de conductas vinculadas con opciones culturales, lingüísticas o de orientación sexual.

  1. Asimismo, se reconoce y declara la injusticia que supuso el exilio de muchos españoles durante la Guerra Civil y la Dictadura.

            A su vez el artículo 3 añade

  1. Se declara la ilegitimidad de los tribunales, jurados y cualesquiera otros órganos penales o administrativos que, durante la Guerra Civil, se hubieran constituido para imponer, por motivos políticos, ideológicos o de creencia religiosa, condenas o sanciones de carácter personal, así como la de sus resoluciones.
  2. Por ser contrarios a Derecho y vulnerar las más elementales exigencias del derecho a un juicio justo, se declara en todo caso la ilegitimidad del Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo[42], el Tribunal de Orden Público, así como los Tribunales de Responsabilidades Políticas y Consejos de Guerra constituidos por motivos políticos, ideológicos o de creencia religiosa de acuerdo con lo dispuesto en el articulo 2 de la presente Ley.
  3. Igualmente, se declaran ilegítimas, por vicios de forma y fondo, las condenas y sanciones dictadas por motivos políticos, ideológicos o de creencia por cualesquiera tribunales u órganos penales o administrativos durante la Dictadura contra quienes defendieron la legalidad institucional anterior, pretendieron el restablecimiento de un régimen democrático en España o intentaron vivir conforme a opciones amparadas por derechos y libertades hoy reconocidos por la Constitución.

            Una interpretación teleológica o si se prefiere, funcional del texto, discordante por supuesto con la explícita voluntas legislatoris pero acorde en cambio  con la voluntad objetiva de la ley, comprendería también sin esfuerzo la actividad de los Tribunales Populares instaurados por dos Decretos de 23 y 26 de agosto de 1936 como consecuencia del escándalo mundial desatado por las “sacas” de presos de la Cárcel Modelo, las “checas” y otras lindezas del mismo cariz. Cuenta Juan García Oliver, comunista a la sazón y pronto decepcionado, como tantos, que Mariano Gómez, presidente del Tribunal Supremo, descubrió el sistema de agilizar la maquinaria represiva, juzgando a presos y condenándolos a muerte cuando llevaban ya más de veinticuatro horas ejecutados por Margarita Nelken y su grupo de jóvenes”, que creía a pie juntillas en la “justicia del pueblo” sin excesivos formalismos, al más puro estilo de la soviética reinante en los dominios del zar rojo Stalin[43]. En realidad esto no era sino el cumplimiento del mandato de la Reina en el País de las Maravillas, detrás del espejo: –Primero la Sentencia, después el veredicto.

            Por su parte, el artículo 4 lo hace desde una perspectiva “personal”:

1.Se reconoce el derecho a obtener una Declaración de reparación y reconocimiento personal a quienes durante la Guerra Civil y la Dictadura padecieron los efectos de las resoluciones a que se refieren los artículos anteriores.

        Este derecho es plenamente compatible con los demás derechos y medidas reparadoras reconocidas en normas anteriores, así como con el ejercicio de las acciones a que hubiere lugar ante los tribunales de justicia.

  1. Tendrá derecho a solicitar la Declaración las personas afectadas y, en caso de que las mismas hubieran fallecido, el Cónyuge o persona ligada por análoga relación de afectividad sus ascendientes, sus descendientes y sus colaterales hasta el segundo grado.
  2. Asimismo, podrán solicitar la Declaración las instituciones públicas, previo acuerdo de su órgano colegiado de gobierno, respecto de quienes, careciendo de cónyuge o de los familiares mencionados en el apartado anterior, hubiesen desempeñado cargo o actividad relevante en las mismas.
  3. Las personas o instituciones previstas en los apartados anteriores podrán interesar del Ministerio de Justicia la expedición de la Declaración A tal fin, podrán aportar toda la documentación que sobre los hechos o el procedimiento obre en su poder, así como todos aquellos antecedentes que se consideren Oportunos.
  4. La Declaración a que se refiere esta Ley será compatible con cualquier otra fórmula de reparación prevista en el ordenamiento jurídico y no constituirá titulo para el reconocimiento de responsabilidad patrimonial del Estado ni de cualquier Administración Pública, ni dará lugar a efecto, reparación o indemnización de índole económica o profesional El Ministerio de Justicia denegará la expedición de la Declaración cuando no se ajuste a lo dispuesto en esta Ley.

                       No han sido muchos los reconocimientos individuales reclamados judicialmente –tres- pero eso sí, muy significativos. En el mes de julio de 2010, la nieta del gran poeta Miguel Hernández, que lleva el mismo apellido y responde al nombre de María José, presentó en el Tribunal Supremo demanda de revisión de la sentencia del Consejo de Guerra permanente número 5 de Madrid en que fue condenado a muerte su abuelo el 18 de enero de 1940 en un procedimiento incoado nada más terminada la Guerra Civil por el llamado Juzgado de Prensa, una vez que el poeta fue entregado por el Gobierno de Portugal, donde había intentado refugiarse, a las autoridades españolas. Paralelamente, y sin tener conocimiento de esa causa, el Juzgado de Orihuela abrió otro proceso el 26 de septiembre de 1939 donde se practicaron diligencias y se incorporaron testimonios e informes sobre la conducta del poeta que nunca llegaron a conocimiento del Instructor militar. Entre esos testimonios figura el de su amigo y compañero de servicio militar Juan Bellod Salmerón, jefe de Falange en Valencia, que envió al juez de Orihuela una carta donde daba testimonio  del «fervor religioso y patriótico» de Hernández y de las gestiones que éste hizo para evitar que fuera paseado cuando el falangista fue encarcelado tras el alzamiento del 36.

                       El Consejo de Guerra le declaró autor de ese extraño delito de “adhesión a la rebelión militar”, que consistía precisamente en no haberse unido a la rebelión. Los hechos probados tuvieron en cuenta sus «antecedentes izquierdistas», «haberse incorporado al Comisariado político», «ser miembro activo de la Alianza de Intelectuales Antifascistas», «haber publicado numerosas poesías, crónicas y folletos de propaganda revolucionaria», la «excitación contra personas de orden y contra el Movimiento Nacional», «hacerse pasar por el Poeta de la Revolución» e «intervenir en la acción contra el Santuario de Santa María de la Cabeza». El Gobierno conmutó la pena capital por la de presidio, para cuyo cumplimiento fue recluído en la cárcel de Alicante donde se agravó la tuberculosis que padecía, falleciendo el 28 de marzo de 1942 a los 31 años de edad.

                       El Fiscal de Sala Fernando Herrero Tejedor, autor del dictamen no comparte la tesis que inspira la demanda de revisión. Tras recordar que «no basta una mera posibilidad de que el condenado lo fuera indebidamente sino que la equivocación del juzgador ha de resultar patente e indudable» considera que los informes de conducta aportados al sumario instruido por el Juzgado de Orihuela, “aparte de no poseer carácter unívoco, pues unos apuntan a la cercanía ideológica del imputado con el bando vencedor y otras con el vencido, no pueden considerarse verdaderos medios probatorios susceptibles de evidenciar el error del fallo». «La condena a muerte se nos presenta hoy como ilegítima e injusta», afirma, “pero ninguno de los elementos obrantes en el sumario posee fuerza suficiente para contradecir la resultancia fáctica de la sentencia» condenatoria. Se trata, añade, de «opiniones personales» de amigos, aunque también hay informes desfavorables como el emitido por la Alcaldía de Orihuela “sin un apoyo probatorio mínimo”, figurando también testimonios sobre la ideología política de Miguel Hernández «emitidos por personas cuya autoridad o solvencia no constan en absoluto». Por otra parte, el recurso de revisión tampoco puede apoyarse en la Ley de Memoria Histórica de 2007. La jurisprudencia es unánime en considerar que la revisión debe  basarse en nuevos datos fácticos, no en modificaciones jurídicas.

            Ahora bien, dicho esto el Ministerio Público sostiene sin embargo que la Ley de Memoria Histórica resulta «relevante a la hora de dar respuesta a las peticiones» de la nieta de Hernández. La ley declara la ilegitimidad de los tribunales franquistas  y declara igualmente ilegítimas «las condenas y sanciones dictadas por motivos políticos, ideológicos o de creencia». La exposición de motivos se refiere a la finalidad de esos preceptos: «Subrayar de forma inequívoca la carencia actual de vigencia jurídica de aquellas disposiciones y resoluciones contrarias a los derechos humanos, y contribuir a la rehabilitación moral de quienes -sufrieron tan injusta sanciones y condenas».  Como consecuencia no cabe recurso de revisión porque este instrumento “ha sido pensado para anular resoluciones que, por ser legítimas y vigentes, sólo pueden desaparecer de la vida jurídica mediante una sentencia del Tribunal Supremo que las revoque». «No parece ser ése el caso que nos ocupa: no puede revocarse una Sentencia que ya no se halla vigente por decisión del Poder Legislativo», sostiene. Por ello el Fiscal pide al Supremo que al tiempo de rechazar la admisión a trámite del recurso de revisión, considere nula e inexistente la sentencia dictada contra Hernández y así lo declare.[44] Este planteamiento abriría la puerta a que, más allá de la proclamación general y abstracta de esa ley, el Supremo anulase las sentencias dictadas en cada caso concreto.

En tan caluroso mes del año otra nieta, Carmen Negrín-Fetter, junto con una decena de representantes de otras tantas asociaciones de memoria histórica, presentaron el pasado 15 de julio una demanda contra el Reino de España ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, por lo que consideran el cierre de los tribunales desde el 17 de julio de 1936 hasta hoy para los actos de naturaleza genocida cometidos en España, demanda interpuesta en defensa del grupo nacional cuyos derechos amparados en el Convenio Europeo de Derechos Humanos han sido vulnerados por estar identificado con la forma republicana y representativa de Gobierno. La represión contra este grupo desembocó en actos de genocidio y lesa humanidad con más de 300.000 ejecuciones, más de 115.000 desapariciones forzadas y otras medidas tendentes a destruir a los 3.400.000 integrantes del grupo.[45] Así dicho o escrito parece que prima facie, a primera vista, se le ha ido la mano a la demandante, cuyo abuelo ni en guerra ni luego en el exilio dio tales cifras desorbitadas. Quizá en este lugar y en este momento no esté de más recordar que Juan Negrín, un patriota a su manera, como cada cual, se opuso a la exclusión de España del Plan Marshall, que propugnaban y consiguieron del Presidente Truman sus compañeros en el destierro y a la hora de su muerte legó al Estado español, cuya Jefatura ostentaba Franco, los justificantes de la entrega del oro a la Unión Soviética. No sería malo que la descendiente de tan señalado personaje, si actúa altruistamente, le imite en cuanto tuvo de español por encima de las ideologías.

En fin, no hay dos sin tres. Un diputado de Esquerra Republicana de Cataluña pidió al Congreso el 14 de septiembre de 2010 la anulación de la sentencia del Consejo de Guerra donde se impuso la pena de muerte a Lluis Companys, presidente de la Generalidad entre 1934 y 1939, fusilado en los fosos del Castillo de Montjuic y allí enterrado ahora. La tensión entre la nulidad de sentencias concretas y la ilegitimidad genérica de todas las decisiones que enumera la Ley, se venció parlamentariamente a favor de esta última. La moción fue rechazada por los votos coincidentes en esta ocasión del partido socialista y del partido popular, en cuya opinión “los hechos dramáticos ocurridos hace setenta años no conectan con las preocupaciones, también dramáticas, de los españoles” de hoy. En ningún momento de la sesión fue mencionada otra sentencia, la que dictó el Tribunal de Garantías Constitucionales el 6 de junio de 1935 por 10 votos contra ocho condenando a Companys como reo de un delito de rebelión militar contra la República a la pena de 30 años de reclusión mayor con las accesorias de interdicción civil durante el tiempo de la condena e inhabilitación absoluta.

* Comunicación presentada al Pleno de numerarios de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación el 26 de abril de 2010. Publicada en sus Anales y actualizada.

 

 

 

 

*Rafael de Mendizábal Allende

Académico Numerario de la Real Academia

de Jurisprudencia y Legislación.

Magistrado Emérito del Tribunal Constitucional

 

 

 

 

 

[1]              “Franco es, para la mayoría de los españoles, alguien tan distante como Witiza. Sólo Zapatero y Llamazares le tienen siempre presente, quizá porque las vocaciones autoritarias –los extremos- tienden a juntarse”: MARTÍN FERRÁND (M.) La escoba del diablo, ABC, 21 de abril de 2007, pág.6. En el mismo periódico Carlos HERRERA comenta: “Qué poco se imaginaba ese dictador que iba a seguir siendo protagonista de la política española tantos años después”. Hoy en día los españoles de 35 años nacieron después de muerto Francisco Franco.

[2]              ROJO (Vicente), ¡Alerta los pueblos! Estudio político-militar del período final de la guerra española, Ariel, Barcelona 1984, págs 183 y ss. También, MINEU “STEPANOV” (Stoyán), Las causas de la derrota de la República española, Ed. Mizaguano, Madrid 2004.

[3]              DURÁN (Isabel) y DÁVILA (Carlos), La gran revancha. “La deformada memoria histórica de zapatero”. Ed. Temas de Hoy, Madrid 2006.

[4]              RODRÍGUEZ (Miguel Ángel), Así habló Zapatustra, “El fracaso de una izquierda radical en el Poder” La Esfera de los Libros, Madrid 2010.

[5]              El Real Decreto 1891/2004, de 10 de septiembre, creó la Comisión para el estudio de la situación de las víctimas de la guerra civil y el franquismo

[6]              .MENDIZÁBAL ALLENDE (Rafael de), La razón histórica de la Constitución Española de 1978, “Anales” de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación nº 39, Madrid 2009.

[7]              FERNÁNDEZ ARMESTO (Felipe), Larga vida a las estatuas de Franco, “The Times”,      julio de 2006.

[8]              SUAZO (Félix),Usos políticos de la memoria: devoción, desdén y asedio de las estatuas, “Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales”, mayo-agosto, año/volu. 11, núm. 002, Universidad Central de Venezuela, Caracas, págs 251-257

[9]              BLASCO, Emil J. Las estatuas son para los pájaros, “Revista de prensa”, ABC 30 de julio de 2006.

[10]            “Zapatero se jacta de haber redactado el preámbulo de la ley de memoria Histórica”, dice el titular periodístico, añadiendo que lo dijo el domingo 20 de octubre de 2007 en Las Palmas de Gran Canaria durante una comida a los directores de los medios de comunicación locales. Como quiera que Jerónimo Saavedra, socialista de solera y ex Presidente del Gobierno de la Comunidad Autónoma, mostrara su disconformidad con esa Ley por considerar que “la experiencia aconseja no hurgar mucho en el pasado”, Rodríguez Zapatero replicó: “Te lo voy a explicar y vas a ver que lo vas a entender, ya que yo mismo redacté el preámbulo de la ley”, y al efecto emprendió un monólogo de siete minutos.

[11]            SECO SERRANO (Carlos),  La España de Alfonso XIII,  Espasa Calpe, Madrid 2002. TUSELL (Javier) y GARCÍA QUEIPO DE LLANO (Genoveva), Alfonso XIII, “El Rey Polémico”, Taurus, Madrid 2002.

[12]            A mediados de 2006 el Ministerio de Educación ha hecho público el borrador de los contenidos de las enseñanzas mínimas en Educación Primaria y Secundaria, donde se incluye el estudio de “las políticas reformistas realizadas en el transcurso de la Segunda República” dentro de la asignatura de Ciencias Sociales, Geografía e Historia del cuarto curso de Secundaria.

 

[13]            VV.AA. La República-La Guerra Civil setenta años después, Ed. Actas, Madrid 2008.

[14]            LA RAZÓN, 29 de noviembre de 2006. ABC, 30 de noviembre de 2006.

 

[15]            ASTORGA (Antonio).  El Congreso sobre la Guerra Civil termina”sin vencedores ni vencidos”, ABC 30 de noviembre de 2006.

[16]            Lo que hay que rcordar, ABC, tercera, 8 de junio de 2005.

[17]            Abdicación y memoria histórica, ABC, tercera, 27 de julio de 2006.

[18]            La sombra de Cain, ABC 26 de septiembre de 2006. Con ese motivo el autor cuenta su peripecia personal: “Yo era un chaval de 12 años cuando la guerra estalló, precisamente en Me1illa. Para mí, el glorioso alzamiento supuso la pérdida de un padre ejemplar cuyo único delito —el l7 de julio- fue mantenerse leal a su General —el bondadoso mártir Romerales-. Viví la guerra luchando contra el dolor y la miseria, obligado por las circunstancias a asumir responsabilidades de hombre cuando todavía era un crío, para sostener una familia que los «cruzados» habían sumido en la indigencia. En mi carrera no debí nada a nadie. Pero jamás di paso a proclividades revanchistas -ateniéndome a las recomendaciones de mi infortunado padre en su carta testamento, en que advertía a sus hijos que no intentásemos nunca vengar su muerte porque ello sólo supondría dar la razón a quienes le habían acusado y condenado tan injustamente”

[19]            IGLESIAS (Carmen), Memoria histórica y guerra civil, ABC 25 de julio de 2006, “tercera”.

[20]            IGLESIAS (Carmen), Memoria histórica y concordia, ABC 18 de septiembre de 2006, “tercera”.

[21]            ABC 25 de julio de 2006.

[22]            ABC 19 de octubre de 2006, págs. 10-11.

[23]            Año de memoria en “El País”, 31 de diciembre de 2006.

[24]            SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis, Una muy particular memoria histórica, ABC, tercera, 9 de octubre de 2006.

[25]            BLASCO, Las estatuas… ABC 27 de julio de 2007. Lo publicó en “The Times” a finales de julio de 200…?

[26]            TORQUEMADA, Blanca. Los intelectuales advierten que no es tarea de los políticos “reescribir la Historia”.

[27]            Biógrafo de Fernando de los Ríos, ABC domingo 22 de julio de 2007 pág. 12

[28]            PITA (Elena), Memoria de Manuel fernández Álvarez y memoria histórica, “Ilustración de Madrid” nº 16, verano 2010, págs. 109-110.

[29]            FANJUL (Serafín), Contra la historia, ABC 24 de octubre de 2007, “tercera”.

[30]            ABC 4 de junio de 2007

[31]            DÁVILA, Carlos.Sí, Ley de revancha histórica, “La Razón”, lunes 18 de diciembre de 2006.

[32]            HERRERA (Carlos), La memoria legislada, ABC, 21 de abril de 2007, pág.6

[33]            DEMICHELI (Tulio), ABC, sábado 1 de noviembre de 2008.

[34]            BERASÁTEGUI (Blanca), El miércoles aparece “El Asedio” su última novela. Pérez Reverte, “El Cultural”, 26 febrero 2010, pág. 8-12.

[35]            CARRASCAL (José Mª) Ni memoria ni histórica. ABC 2 de junio de 2009, “tercera”.

[36]            Ha sido reeditado por la editorial Planeta, Barcelona 2003.

[37]            “Obras Completas”, T. IV. Aguilar, Madrid 1960, págs. 441-850.

[38]            Ediciones Rayfe (Razón y Fe), Imprenta Aldecoa, Burgos 1939

[39]            Librería General, Zaragoza 1937, pág.263. En la página siguiente se anuncia una continuación de éste, La agonía de Madrid, 1936-1937, “Diario de un superviviente”

[40]            PÉREZ MORÁN (Domingo), A éstos que los fusilen al amanecer, G. Del Toro, Madrid 1973.

[41]            ALCOCER (Santos), Fusilado en las tapias del cementerio, G. del Toro Editor, Madrid 1975.

[42]            PORTILLA CONTRERAS (Guillermo),  Orígenes de la Ley de 1 de marzo de 1940 y criterios penales y procesales adoptados por el Tribunal Especial para la represión de la Masonería y el Comunismo, en la obra colectiva “Derecho, Memoria Histórica y Dictaduras” Editorial Comares, Granada 2009, págs. 326-366

[43]            GARCÍA OLIVER (Juan), El eco de los pasos. “El anarcosindicalismo en la calle, en el Comité de Milicias, en el Gobierno, en el exilio”. Ruedo Ibérico, Barcelona 1978.

[44]            PERAL (María), El Fiscal pide al Supremo que considere nula la condena a Miguel Hernández,  “El Mundo”, 6 de octubre de 2010

[45]            YOLDI (José), Carmen Negrín demanda a España por inacción, “El País”, 20 julio 2010.

Acerca de Rafael de Mendizabal Allende

Académico Numerario de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.Magistrado Emérito del Tribunal Constitucional Juez del Tribunal Europeo de Derechos Humanos

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