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El pensamiento liberal de Unamuno frente al autoritarismo

Aunque existe obviamente un consenso entre todos los historiadores de que los acontecimientos en España durante 1936-1939 fueron una Guerra Civil, tal acuerdo no es general en conceptuar una serie de rebeliones en su seno como una suerte de «mini-guerras civiles», particularmente tres de ellas: la falangista anti-franquista en Salamanca en Abril de 1937, la anarquista-poumista anti-estalinista en Barcelona en Mayo de 1937, y la militar republicana anti-frentepopulista en Madrid en Marzo de 1939. A mi juicio, constituyen una muestra de la complejidad ideológica que se concentró en los tres años de la tragedia española.
Respecto al primer caso mencionado, los acontecimientos («los siete días») de Salamanca en Abril de 1937, si bien los menos violentos de las tres rebeliones, eran la consecuencia política prevista por un análisis crítico complejo del significado de la militar de Julio de 1936 –fracasada como intento de golpe de Estado y degenerando en guerra civil- que muy pocos habían percibido con profundidad. Un analista excepcional en aquella coyuntura fue sin embargo un viejo y deprimido Miguel de Unamuno (moriría, como se sabe, en la misma Salamanca el 31 de Diciembre de 1936), quien probablemente antes y mejor que ninguno otro fue capaz de definir y diferenciar tres fenómenos que coincidieron en la crisis española, en el seno de la rebelión militar contra el gobierno del Frente Popular: el fascismo, el falangismo y el franquismo (1).
El fascismo, rigurosamente hablando, era un producto italiano desde su creación en 1919 por Benito Mussolini, con influencia y proyección internacional -fajismo, lo tradujo con cierta sorna Unamuno al castellano- que presentaría variedades ideológicas en los diversos países en que se imitó. Una de esas variedades es el falangismo (de la Falange Española, fundada por José Antonio Primo de Rivera en 1933), que presentaba ya algunas diferencias respecto al modelo mussoliniano y que se desmarcaría progresivamente de otros intentos fascistas españoles más genuinos y radicales, en algunos casos marginales (como los postulados por Ernesto Giménez Caballero desde La Gaceta Literaria, el Partido Nacionalista Español de José María Albiñana, el grupo La Conquista del Estado y las JONS de Ramiro Ledesma Ramos, etc. (2). Podríamos, no obstante, caracterizar el falangismo como una versión española moderada (y especialmente humanista católica) de fascismo.
El franquismo es otra cosa. Se trata esencialmente de una dictadura militar, contrarrevolucionaria, caudillista y personalista (iniciada en Septiembre de 1936 en Salamanca por acuerdo de los principales generales rebeldes), ideológicamente sincrética, pero con un fuerte contenido nacionalista y católico: nacional-catolicismo, una actualización o versión moderna de la doctrina de la dictadura de Juan Donoso Cortés.
Desde muy temprano, y hasta después de su muerte, Unamuno suscitó un gran interés entre autores italianos prefascistas, filofascistas o fascistas -como documenta rigurosamente Pelayo H. Fernández (3)- que fueron desgranando artículos o ensayos sobre el ilustre escritor español, comenzando por el gran G. Papini, el más reincidente (1906, 1916, 1922, 1930, 1932, 1937), E. Levi (1921), G. Picchianti (1923), M. Puccini (1924, 1938), E. Bounaiuti (1925), M. Verdad (1925), A. Farinelli (1927), A. Capri (1928), A. A. Luca (1930), y G. M. Bertini (1932), L. Giusso (1937), A. Marconi (1937), M. Oromí (1938), E. R. Scarpa (1939), etc. Aunque Fernández no lo menciona en su bibliografía, uno de los precursores o «inventores» ideológicos del fascismo, Gabrielle d´Annunzio, publicó una carta de apoyo a Unamuno en 1924 -durante su exilio bajo la dictadura de Primo de Rivera- en Les Nouvelles Litteraries de Paris. Igualmente le manifestaría su apoyo el fabiano británico H. G. Wells, inspirador del Liberal Fascism (o fascismo progresista, según la caracterización de Jonah Goldberg). En los últimos días de su vida Unamuno se cartea, entre otros, con María Garelli Ferraroni y con Lorenzo Giusso (4).
Entre los autores españoles de empatía fascista, falangista o genéricamente franquista que hasta el final de la Guerra Civil publicaron sobre Unamuno, cabe mencionar a Enrique Esperabé de Arteaga (1930), César González Ruano (1930), Ernesto Giménez Caballero (1930, 1932), Ramiro Ledesma Ramos (1930, 1931), Eugenio Montes (1930), José Antonio Maravall (1931), Leopoldo Panero (1931), José Antonio Primo de Rivera (1934), Francisco Bravo (1935, 1939), Víctor de la Serna (1935), José M. Ramos Loscertales (1937), Bartolomé Aragón (1937), F. González Vicén (1938), y Antonio de Obregón (1930, 1938). Conviene recordar que la obra de César González Ruano Vida, pensamiento y aventura de Miguel de Unamuno (Aguilar , Madrid, 1930), es una de las primeras biografías intelectuales extensa y sistemática del personaje, publicada en España tras las de Julián Sorel, Los hombres del 98: Unamuno (R. Caro Raggio, Madrid, 1917), de Q. Saldaña, Mentalidades españolas, I: Miguel de Unamuno (López de Horno, Madrid, 1919) y de M. Romera-Navarro, Miguel de Unamuno, novelista-poeta-ensayista (Sociedad General Española de Librería, Madrid, 1928), así como otra anteriormente publicada en Perú de John Mackay, Don Miguel de Unamuno (Lima, 1919). Como prueba de la importancia internacional de su pensamiento y obra literaria, es interesante notar que solo en los Estados Unidos se van a presentar un número considerable de tesis universitarias sobre Unamuno –más que en cualquier otro país, y más que sobre cualquier otro escritor en lengua española- entre 1925 y 1939 (de J. R. Buckner, M. A. Lamb, R. F. Willard, A. P. McElroy, M. Romera-Navarro, R. Alpern, W. Guevara, J. Jarrat, E. Brenes, A. Arratia, M. P. Buzzoni, J. Haggard-Villasana, M. J. Clendenin, M. Ferris , J. R. Hodgson, W. J. Jordan, D. Leffler, R. Sánchez, R. Ramírez-López, K. Reding, V. L. Lamm, A. Wills, y W. Stanley).
En 1930 La Gaceta Literaria dirigida por E. Giménez Caballero dedicó un número extraordinario en homenaje a Miguel de Unamuno, en el que colaboraron -aparte de los escritores filofascistas- prácticamente todas las grandes figuras de las generaciones del 98, del 14 y del 27 -o del 31, como prefirió denominarla el propio Unamuno (5)-, así como algunos escritores extranjeros (Audrey Bell, Jean Cassou, E. R. Curtius, Conde de Keyserling, Giovanni Papini, Edda Reinhart, y Novais Teixeira), pese a que la revista ya estaba considerada entonces, por el perfil de su director, el laboratorio literario y doctrinal del fascismo español (6).
Los artículos de Maravall y Panero de 1931 sobre Unamuno fueron publicados en la fase liberal o progresista de los autores, antes de sus respectivas conversiones al falangismo y al franquismo. Sobre ambos me extenderé en el Ex Cursus. Leopoldo Panero, marxista y filocomunista antes de la Guerra Civil, detenido durante los primeros días del conflicto en el recinto de San Marcos en León, se libró de una ejecución segura gracias a la intervención ante Franco de Unamuno y de la mismísima esposa del caudillo, Doña Carmen Polo, parienta de Doña Máxima Torbado, la madre del poeta, según me contó un día mi inolvidable paisano – e íntimo de los Panero- Ricardo Gullón. Este gran profesor y crítico literario en los Estados Unidos también me revelaría, durante un encuentro que tuvimos en la casa de Antonio Sánchez Barbudo en Madison, Wisconsin (Otoño de 1973), que el juez que condenó a muerte a José Antonio Primo de Rivera en un proceso un tanto irregular había sido Federico Enjuto, padre de un amigo suyo y mío ya desaparecido, Jorge Enjuto. Sobre el testimonio personal de Ricardo Gullón, volveré más adelante (7).
La referencia que Pelayo H. Fernández hace en su bibliografía a José Antonio Primo de Rivera se trata del discurso que pronunció en las Cortes el 28 de Febrero de 1934, y que en sus Obras Completas se titula Los vascos y España, y es muy breve aunque deferente: «Y si no, perdóneme el señor Aguirre una comparación: de los vascos de dentro de esta Cámara tenemos a don Ramiro de Maeztu; de los vascos de fuera de la Cámara tenemos a don Miguel de Unamuno con ellos, todas las mejores cabezas vascas son entrañablemente españolas (…) No, señor Aguirre. Es que es mucho más difícil entender a Maeztu y a Unamuno que enardecerse en un partido de fútbol, y probablemente los señores Maeztu y Unamuno son las mejores cabezas vascas, mientras no pocos predicadores del Estatuto forman un respetabilísimo equipo de fútbol.» (8).
Sobre los últimos meses de la vida de Unamuno, y concretamente sobre el periodo entre el 18 de Julio y el 31 de Diciembre de 1936, se ha escrito abundantemente y con pasión personal o partidista. Para tratar de aclararnos y ser objetivos, quizás sea recomendable partir del análisis más reciente del hispanista francés de la Universidad de Paris Jean- Claude Rabaté (9), que repasa, entre otros, los trabajos conocidos de Elías Díaz (1986), Luciano González Egido (1986), José Miguel de Azaola (1996), Pedro Cerezo Galán (1996), Emilio Salcedo (1998), y Rafael del Águila (2006). No menciona a Alberto Reig Tapia que sin embargo dedica un extenso capítulo de su libro Memoria de la Guerra Civil. Los mitos de la tribu (1999) al tema. Se puede detectar en el francés una cierta coincidencia con la tesis general de fondo -con diversos matices- de los autores españoles, en el sentido de que Unamuno apoyó inicialmente la militar del 18 de Julio, pero que al morir en la fría tarde del 31 de Diciembre había revisado seriamente su posición -especialmente desde el famoso incidente en el Paraninfo de la universidad el 12 de Octubre- y finalmente retirado tal apoyo. Aunque Rabaté admite que los hechos han motivado «una abundante bibliografía a menudo apasionada y a veces partidista», y que su intención es «analizar con serenidad los postreros testimonios del viejo profesor de Salamanca», su conclusión es que «Las palabras emblemáticas y míticas de don Miguel suenan como una profecía, una profecía de la que cada memoria intenta adueñarse» y cita como ejemplo (no queda claro si con su aprobación) las palabras de Jorge Semprún en su película
Les deux mémoires (1974): «Hemos sido sido vencidos por la fuerza de las armas, pero, en el fondo, digo siempre que moralmente somos los vencedores» (10). Creo que a Unamuno le hubiera repugnado hondamente que un individuo con la ideología de Semprún se declarara moralmente vencedor. Y en un plano más concreto creo que Rabaté, como la mayoría de los «expertos» en el pensamiento unamuniano escamotean, ocultan o disimulan un dato básico: nuestro escritor se permitió criticar a fascistas, falangistas y a algunos militares extremistas (a los generales Millán Astray y Mola, concretamente) pero su confianza -equivocadamente o no- en el general Franco nunca flaqueó. Por el contrario, el resentimiento y la gravedad de los improperios respecto al Frente Popular, es decir, el presidente Azaña, los republicanos de izquierda, socialistas, comunistas y anarquistas fueron firmes e invariables hasta el final.
La tesis, o mejor hipótesis, en que se sustenta este ensayo es, de manera sintética, que Unamuno fue un intelectual liberal -al menos desde 1898- que pasó por dos etapas diferentes: la primera de un liberalismo progresista que se desarrolla y extiende hasta la Segunda República, y la segunda, tras un progresivo desencanto político iniciado en torno a la primavera-verano de 1931 (como reacción ante la quema de iglesias y conventos, y ante la cuestión de la unidad nacional, la lengua, la representación nacional o española en las Cortes constituyentes, etc.)(11), de un liberalismo conservador que será ya invariable hasta su muerte. Su adhesión a la militar y al franquismo hay que entenderla desde esa perspectiva liberal conservadora, que le lleva a rechazar tanto las ideologías de las izquierdas convencionales como las del fascismo, falangismo y militarismo extremos, que él cree representan los generales Millán Astray y Mola, pero no Franco.
En una entrevista que nuestro hombre, al regreso del exilio, concedió al semanario La Calle (número 9, 10 de Abril de 1930), en la sección Al servicio de la República hizo unas declaraciones en las que resumía su evolución ideológica: «Yo fui uno de los fundadores de La Lucha de Clases de Bilbao, un semanario político de izquierda, en el que colaboré con el anónimo. Entonces, hace años, estuve casi afiliado al Socialismo hasta que luego, en Salamanca, con Tomás Elorrieta, hice una campaña agraria (…) Hice siempre labor de rebeldía, pero afiliado no. Algunas veces me decían: ‘Apúntese usted a este partido´ Y yo contestaba: ¿Apuntarme? No. Eso es cosa de alistamiento. Hagamos prédica primero, con la prédica doctrina y con ésta, ya saldrán los partidos, no los partidistas que son gente vacua y mendaz (…) Yo empecé mi campaña contra el rey en el año 14. Lo demás me importaba poco.» Algunos autores como José María Marco (1997) o Alberto Reig Tapia (1999) insisten, no obstante, en que el escritor vasco fue militante, afiliado, del Partido Socialista Obrero Español entre 1894 y 1898. (12)

Unamuno menciona a un importante intelectual vasco, Tomás Elorrieta y Artaza, entonces catedrático de Derecho Político en Salamanca y que más tarde lo sería en Madrid, diputado a Cortes y senador del Reino (por la provincia de León). Elorrieta es autor, entre otras obras, de un breve tratado, Liberalismo (Reus, Madrid, 1926), que a mi juicio sigue siendo el mejor de los publicados en España en cuanto a su objetivo definidor y divulgador, pero con una seria base académica. Por la fecha en que se publica, en plena dictadura primorriverista , con la dedicatoria –»A todos los liberales de España …»- sin lugar a dudas el autor tendría en mente a su colega salmantino en aquél momento exiliado. Es significativo que Unamuno mencione su nombre al regresar a España, en vísperas de la República, porque es muy probable que los principios liberales expuestos por Elorrieta –incluso antes de 1914- fueran decisivos para la educación liberal de Unamuno y su alejamiento del socialismo. Antes de que Unamuno se desviara temporalmente de su línea liberal y desbarrara un poco ante la Dictadura, dedicaría a Tomás Elorrieta, junto a otros, su libro Andanzas y visiones españolas (Pueyo, Madrid, 1922).
Entre nosotros autores como Elías Díaz, de manera recurrente y un poco obsesiva (1965, 1968, 1986, 1987, 1989, 1990, 1994,1997), además de los mencionados J. M. Marco y A. Reig Tapia; y entre los extranjeros, con matices, Stephen G. H. Roberts (1986), han tratado de subrayar o exagerar el acercamiento de Unamuno al socialismo en la última década del siglo XIX y en la tercera del XX. Concretamente el británico ha señalado que algunos escritos de Unamuno de esta época «reflejan un momento poco común en su vida, momento en el que se sintió obligado a definirse políticamente. Muestran lo que Unamuno odiaba en el Régimen de Primo de Rivera y también su visión de lo que debería ser el republicanismo, el liberalismo y el socialismo en España en un momento muy crítico de su historia. Son, quizás, algunos de los artículos más directamente políticos que aquél escribió desde los años noventa del siglo pasado, y revelan una afinidad muy fuerte entre él y el Partido Socialista.» (13).
Pocos meses después de la llegada del Fascismo al poder en Italia (Marcha sobre Roma, Octubre de 1922), Unamuno publica un artículo titulado «¡Leña a la hoguera!» (en la revista Nuevo Mundo, Madrid, 5 de Enero de 1923) en el que creo que por primera vez hace referencia al tema: «Estaba en lo cierto el ilustre Ranke al sostener que la historia es la historia política. Y este era también el sentir de aquel Alfredo Oriani, el autor de La lucha política en Italia, de cuyo ideario se mantiene el fajismo de Mussolini (ya tengo dicho que la palabra castellana fajo no es más que la italiana fascio, de donde viene fascismo).» Y es en este mismo artículo donde introduce otro tópico suyo altamente polémico, que parece derivarse del fenómeno fascista, la guerra civil: «El tiempo se llena espiritualmente con historia, la historia es, ante todo, política y la política por excelencia es –decía Treitschke- la guerra. Y la guerra por excelencia, la guerra más histórica, la guerra más política, es la guerra civil. Por lo que no andaba tan descaminado aquel Romero Alpuente, que sostenía, con gran escándalo de la ramplonería incivil, que la guerra civil es un don del cielo.» (14).
En la introducción de su ensayo La agonía del cristianismo (1925), menciona de pasada al padre del fascismo francés, que tuvo una notable influencia en el propio Mussolini, Charles Maurras, pero le reprocha su alejamiento de los Evangelios y el carácter anticristianismo de su partido/movimiento L´Action Francaise, citando una frase del político francés («un verdadero nacionalista pone la patria ante todo, y, por ende, concibe, trata y resuelve todas las cuestiones políticas en su relación con el interés nacional») que naturalmente rechaza, oponiendo su idea de que «para un verdadero cristiano –si es que un cristiano verdadero es posible en la vida civil- toda cuestión, política o lo que sea, debe concebirse, tratarse y resolverse en su relación con el interés individual de la salvación eterna, de la eternidad. ¿Y si perece la patria? La patria de un cristiano no es de este mundo. Un cristiano debe sacrificar la patria a la verdad.» Y casi al final de su ensayo, hace una referencia al bolchevismo y al fascismo como fenómenos derivados de Rousseau y de Chateaubriand, resultantes de las ideologías revolucionarias y ultramontanas: «Y toda la enorme confusión caótica que el pobre Spengler quiere explicar con la música arquitectónica de su Hundimiento del Occidente (Der Untergang des Abendlendes). Que no es otra cosa que la agonía del cristianismo.» (15).
En uno de los artículos publicados en 1927 en la revista Hojas Libres, durante el exilio en Hendaya bajo la dictadura militar, volvería a hacer referencia al peligro de las mismas ideologías dentro del Ejército: «Todavía muchos de nuestros militares sienten en facciosos, en facciosos carlistas, o en facciosos liberales, en facciosos monárquicos o en facciosos republicanos. Y así podrían llegar a sentir en facciosos fajistas o en facciosos bolcheviques.» (16)
Es probable que la primera confrontación personal de Unamuno con un fascismo genuino español fuera el incidente durante su discurso en Mayo de 1930 en el Cine Europa de Madrid, provocado por los «Legionarios de España» (17), la tropa de choque del Partido Nacionalista Español de José María Albiñana. Este líder político prefascista o fascista, autor de varios libros de combate político, se había despachado a gusto y ampliamente con el ilustre opositor a la Dictadura. He aquí una muestra del amplio repertorio: «intricado ciudadano», «difamador de la Patria», «mentiroso», «procaz», «maestro que no enseña ni ha enseñado nunca nada», «injusto», «bajo», «loco», «de magisterio negativo y arlequinesco», «parásito nacional», «grosero», «disolvente», «desconcertador», «antiespañol», «extravagante», «perverso», «buforrevolucionario», «farsante», «neurótico peligroso», «cómico», «averiado pensador», «intelectual de reclamo»… Y así relata Albiñana el incidente famoso: «Nueve jóvenes heroicos, nueve nada más, y eran bastantes, replicaron a los gritos facciosos con vivas a España y al Rey, para desinfectar con esta invocación a los altos nombres de la Patria aquella atmósfera confinada por un dantonismo de opereta (…) los heroicos innovadores fueron disueltos a estacazos, y Unamuno salió escapado de Madrid (…) ¡¡De este acto arlequinesco había de salir proclamada la república!! Y bastó el gesto varonil de unos pocos muchachos para que la «terrible» asamblea estuviera a punto de agotar el aceite alcanforado. Claro está que los organizadores de la farsa no contaban con el resurgimiento del espíritu guerrillero español» (18).

A partir del establecimiento de la Segunda República, las referencias al fascismo (generalmente asociado al comunismo, como fenómenos ambos simétricos y miméticos, competidores o rivales) se hacen más frecuentes y más críticas, aunque al principio no veía en ellos un peligro inminente para España. Así, el 14 de mayo de 1931, escribía en el diario El Sol de Madrid: «El comunismo no es, hoy por hoy, un serio peligro en España. La mentalidad o, mejor, la espiritualidad del pueblo español no es comunista. Es más bien anarquista. Los sindicalistas españoles son de temperamento anarquista; son, en el fondo, y no se me lo tome a paradoja, anarquistas conservadores. La disciplina dictatorial del sovietismo es en España tan difícil de arraigar como la disciplina dictatorial del fascismo (…) No creo, pues, que haya peligro ni de comunismo ni de fascismo». Poco después, en el mismo periódico, el 4 de Junio escribirá con el mismo tono crítico: «Opio es toda utopía, aunque se envuelva en cientificismo. Es, pues, religión el bolchevismo ruso, y lo es el fascismo italiano, y lo es el socialnacionalismo tudesco…» Igualmente, el 2 de Julio: «Fajismo, de fajo –palabra que tomamos hace siglos del italiano fascio , haz, las dos del latín fascis -, no es sino religionismo, bien que pagano. Es religionismo nacionalista o de Estado». En el periódico El Día, de Palma de Mallorca, publica el 26 de Abril de 1932, un artículo titulado ¿Partido Único? en el que agudamente señala: «El sovietismo –bolchevismo- y el fajismo son dos paradójicos partidos únicos. En Rusia el uno y en Italia el otro, y vienen a ser dos dictaduras. Dictaduras, no de una clase ni de una casta, sino de una clientela, de un partido político en la peor y menos civil acepción de este término». Y otra vez en El Sol, el 5 de Mayo de 1932, bajo el título Fajismo incipiente reflexiona: «¿Es que está cuajando en nuestra España algo parejo al fajismo italiano y al nacional-socialismo alemán? Y esto, aunque no se vislumbre aquí ni un Mussolini, ni un Hitler españoles. ¿Es que está cuajando en nuestra España algo al parangón del monarquismo nacionalista de la Acción Francesa, un monarquismo doctrinario con pretendiente de carne y hueso o sin él? Hay que mirarlo despacio (…) He podido mirar a los ojos a algunos de esos jóvenes fajistas. Su mirada es sin alegría, sin aire, sin donaire. Se lee en su mirada el resentimiento. Y el reconcomio, y hasta el rencor. ¿A qué? ¿Lo saben ellos mismos? Es el morbo nacional, sansoncarrasqueño (…) Este naciente fajismo español nutre sus raíces de planta flotante en el lecho de la ciénaga. Y luego la violencia. La violencia querida más que sentida; la violencia del medroso (…) ¿Fajismo? Es la moda o, mejor, la epidemia acaso inevitable. ¿Pero apoyado en religión? No.» Podrían citarse muchos otros escritos suyos del mismo tono (19).
Que Unamuno veía ciertas diferencias entre el Fascismo italiano y el Falangismo español está claro y no requiere gran esfuerzo comprenderlo, si somos capaces de adoptar un punto de vista justo y ecuánime. Un testimonio pertinente y creo que objetivo nos lo ofrece el historiador falangista Francisco Bravo en el capítulo titulado «José Antonio y Unamuno» de su obra José Antonio. El hombre, el jefe, el camarada (Madrid, 1939), en el que describe el encuentro que ambos tuvieron en la casa del escritor, en Salamanca, el 10 de Febrero de 1935, previo al mítin que la Falange Española de las JONS celebrara en el Teatro Bretón de la vieja ciudad del Tormes. Testigos del encuentro fueron el propio Francisco Bravo, que ya conocía a Unamuno e hizo las presentaciones, y el escritor Rafael Sánchez Mazas, al que Unamuno –tratando de romper la intimidación o cohibición iniciales que le produjo a José Antonio la mirada inquisitiva del Rector salmantino- inmediatamente espetó: «Usted y yo somos un poco parientes», en referencia a ciertas conexiones genealógicas bilbaínas entre ambos (20).
No deja de ser significativo que Unamuno los recibiera en su propio domicilio, en la calle Bordadores, junto al convento de las Úrsulas. Es evidente que un carácter como el suyo se hubiera opuesto a que le visitaran en la intimidad de su casa personas por las que no tuviera un mínimo de respeto o consideración. Lo mismo ocurrirá el último día de su vida, el 31 de Diciembre de 1936, cuando reciba por la tarde al que será el testigo de su propia muerte, sentado a la mesa camilla con el brasero encendido, su discípulo el joven profesor falangista Bartolomé Aragón.
Aquella mañana de Febrero de 1935, cuando recibió a José Antonio y sus camaradas Sánchez Mazas y Bravo, según éste relata, el brasero no se había encendido y la habitación estaba gélida. Resumimos el histórico encuentro:
«Sigo los trabajos de ustedes. Yo soy sólo un viejo liberal que he de morir liberal», les dice el viejo rector. José Antonio le confiesa por qué quería conocerle: «Admiro sobre todo su pasión castiza por España …Su defensa de la unidad de la patria frente a todo separatismo nos conmueve a los miembros de nuestra generación.» Unamuno replica: «Eso siempre. Los separatismos solo son resentimientos aldeanos», y añade con ironía: «Pero esto del Fascismo no sé bien lo que es ni creo que tampoco lo sepa Mussolini. Confío en que ustedes tengan, sobre todo, respeto a la dignidad del hombre. El hombre es lo que importa; después lo demás, la sociedad, el Estado. Lo que he leído de usted, José Antonio, no está mal, porque subraya eso del respeto a la dignidad humana (…) Pero yo confío en que no lleguen ustedes a esos extremos contra la cultura que se dan en otros sitios. Eso es lo que importa. No es posible que la juventud, por muy estupidizada que esté, y yo lo creo sin ánimo de molestarles, caiga en el error que el pensar es una funesta manía.» Como José Antonio le recordara aquello de que ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en el mundo, Unamuno le advierte: «Muy bien. Pero sin xenofobia. ¡El hombre, el hombre! Y también el español y España. Y los valores del espíritu y de la inteligencia. Pero cuidado con que ustedes aticen esa propensión a desmentalizarse que tienen nuestros muchachos (…) Usted repite mucho esa tontería de Daudet sobre el estúpido siglo XIX. Pero eso no es verdad. Yo lo defiendo. Vivímos ahora mismo de su herencia. Incluso lo de ustedes tuvo en él sus primeros maestros. Después de Hegel, Nietszche, el conde José De Maistre, aquel gran desdeñoso que gritaba a sus adversarios: No tenéis a vuestro lado más que la razón…» A lo que José Antonio le replica: «Nosotros no queremos nada con De Maistre, don Miguel. No somos reaccionarios.» Y Unamuno finaliza: «Mejor para ustedes».
Cuenta Francisco Bravo que a continuación Unamuno les acompañó al mítin por las calles de Salamanca ante el asombro de la gente de ver al más destacado liberal español entre los dos líderes falangistas, José Antonio a su derecha y Sánchez Mazas a su izquierda. En el Teatro Bretón, el viejo rector escuchó atento los discursos desde una platea, y al finalizar el acto se apuntó a la comida en el Gran Hotel, donde además de los mencionados asistieron también, entre otros, Eugenio Montes, José María Alfaro y Nemesio Fernández Cuesta (21).
Poco después, el mismo autor, en su obra estándar Historia de la Falange Española de las J.O.N.S. (Madrid, 1940), dedicaría tres páginas al famoso encuentro, con un tono más distante e impersonal:
«Comenzó esta campaña (de propaganda nacionalsindicalista, en 1935) con un mítin en Salamanca, que logró una resonancia cuyas repercusiones llegaron más allá de las fronteras. Se debió el hecho a que asistió al acto, y después comió con los oradores, D. Miguel de Unamuno, el gran ególatra, que con tal de dar qué hablar de sí era capaz de todas las genialidades.
El cronista, de acuerdo con el rector de Salamanca, le presentó a José Antonio en su casa, un par de horas antes del mítin. Era el 10 de febrero. La entrevista fue interesante. Unamuno admiraba a José Antonio, y éste era el hijo del dictador que había exilado al inquieto catedrático de Griego (…) Unamuno fue al mítin atravesando la ciudad con José Antonio, Sánchez Mazas y Bravo, bajo las miradas de odio de los grupos socialistas, asombrados de lo que veían. Y después del acto y de decir a José Antonio que había estado muy bien, comió con todos los jerarcas de Falange, despidiéndose de ellos con estas palabras:- ¡Ánimo y adelante!Y como Bravo, humorísticamente, le invitase a solicitar el alta en Falange, D. Miguel replicó:- No; yo tengo que morir liberal. Lo de ustedes es para los jóvenes.
Las agencias dieron la noticia a todo el mundo, sobre todo a América (…) Unamuno, gustoso de dar que decir a las gentes, contribuyó a que se hablara de Falange en todos los tonos y en todas partes (…) Pocas semanas después Unamuno comenzó a combatirnos. Se le había hecho creer que su supuesto filofascismo iba a perjudicarle. En Arriba tuvimos que atacarle, diciéndole unas cuantas cosas duras, que indudablemente le irritaron.» (22)
La actitud inicial de cierta curiosidad o interés hacia José Antonio y la Falange, reconociendo en su doctrina una indudable dimensión humanista y cristiana, le permitió a Unamuno diferenciarla del Fascismo ateo, anti-religioso y anti-clerical, de Mussolini. Pero los acontecimientos que se fueron desarrollando en la retaguardia tras la militar, con las manifestaciones más violentas de algunos sectores, sin duda le hicieron adoptar una actitud de recelo y desconfianza, marcando distancias respecto a los jóvenes y no tan jóvenes descerebrados extremistas.
Es lógico que Unamuno reaccionara indignado ante las noticias de los asesinatos de García Lorca y de sus amigos salmantinos, pero no era tan ingenuo que ello le impidiera perder la perspectiva de la situación general. De hecho, pocos días después del incidente del Paraninfo en Salamanca, en la noche del 28 al 29 de Octubre, se producía el fusilamiento de Ramiro de Maeztu, y en los siguientes días y semanas el de un elevado número -probablemente en torno a medio centenar- de intelectuales de derechas, unos más conocidos que otros (Francisco Valdés, Ignacio Casanovas, Pedro Muñoz Seca, García Villada, Bermúdez Cañete, J. Reina, A. Alcalá-Galiano, F. Santander, García de la Herrán. M. Bueno, etc., muchos de ellos desconocidos por el gran público debido a su condición de religiosos, aparte de los más señaladamente políticos y populares como Ramiro Ledesma, Víctor Pradera, José María Albiñana y José Antonio Primo de Rivera), según han indicado oportunamente historiadores como A. Montero, A. D. Martín Rubio, Pío Moa, y Santiago Mata (23).

Imaginemos asimismo el estupor del gran pensador vasco, especialmente preocupado por los problemas religiosos, ante la irracional, absurda, criminal y brutal persecución religiosa anticatólica (Por cierto, la sesgada memoria histórica no es exclusiva de las izquierdas secularistas. La revista oficial de los jesuitas en los Estados Unidos, America, dedicó en 2007 algunas páginas de un número a exaltar la figura de un sacerdote austríaco mártir, víctima de los nazis, pero decidió ignorar ese mismo año el inicio en Roma del proceso de beatificación de los primeros 498 mártires, solo una pequeña parte de una masacre total por el Frente Polupar de más de 10.000 católicos españoles).
El viejo rector, destituido por las inevitables presiones políticas del sector más extremista después del 12 de Octubre, no renunció sin embargo a seguir confiando en las autoridades rebeldes, específicamente en el general Franco, como única garantía de alcanzar un cierto orden en medio de la locura fraticida. De hecho en una fecha posterior al famoso incidente, hacia mediados de Noviembre, se entrevista con el Generalísimo en la residencia oficial de éste, el palacio episcopal de Salamanca, para interceder en favor de la vida y la libertad de un joven intelectual de izquierdas a punto de ser ejecutado por el bando rebelde, el poeta astorgano Leopoldo Panero. Le había conocido en Inglaterra, precisamente oficiando como traductor suyo (Unamuno leía pero no hablaba bien el inglés) durante su propia investidura como Doctor honoris causa por la universidad de Oxford, pocos meses antes del comienzo de la Guerra Civil. Elías Díaz y Luciano González Egido (la obra de éste es con diferencia la más detallista sobre los últimos meses de Unamuno, además de destacar por su notable calidad literaria), entre muchos otros, no mencionan este hecho y se limitan a constatar, sin dar pruebas o razones, que Unamuno salió deprimido de esa entrevista cuyo objetivo al parecer desconocen. Lo cierto es que Panero salvó su vida y el 18 de Noviembre fue puesto en libertad, abandonando la cárcel de San Marcos en León y regresando a su casa familiar en Astorga (véase el Ex Cursus I).
En la famosa carta a su amigo Quintín de Torre el primero de Diciembre de 1936, el último mes de su vida, Unamuno, entre otras confidencias le dice: «Me pregunta usted que le diga lo último que he publicado. Lo último fue El hermano Juan y San Manuel Bueno. Esto último es, creo, lo más íntimo que he escrito. Es la entrañada tragedia de un santo cura de aldea. Un reflejo de la tragedia española. Porque el problema hondo aquí es el religioso. El pueblo español es un pueblo desesperado que no encuentra su fe propia. Y si no pueden dársela los hunos, los marxistas, tampoco se la pueden dar los hotros.» (24)
Esta última novela corta, que el propio Unamuno había definido como «filosófica y teológica (…) tengo la conciencia de haber puesto en ella todo mi sentimiento trágico de la vida cotidiana», ha sido muy debatida y analizada, entre otros -por lo que aquí nos concierne- por Luciano González Egido, y de manera más rigurosa por mi inolvidable paisano Ricardo Gullón y el hispanista norteamericano Colbert I. Nepaulsingh (25). Como apunta este autor, los tropos de la novela, el pueblo entre la montaña y el lago, remiten a un significado simbólico, mediante la metáfora y la metonimia, al propio sujeto Unamuno entre la fe (la montaña) y la duda (el lago) (26), que también se nos antoja como su gran disyuntiva política personal, agónica, entre lo claro/cierto y lo oscuro/incierto: la libertad (la montaña) y la dictadura (el lago).
La novela también es, en cierto modo, una metáfora de sus sentimientos políticos en aquella situación al límite. Unamuno, viejo liberal, no cree o no tiene la certeza de creer en la dictadura militar, pero finge creer en ella porque seguramente estima que es lo más conveniente -el mal menor- para España y para los españoles ante la disyuntiva donosiana dictadura revolucionaria/dictadura contrarrevolucionaria, lo que traducido a términos modernos sería la disyuntiva totalitarismo/autoritarismo (Ver Ex Cursus II).
En una de sus múltiples revisiones de Unamuno, Elías Díaz escribió en Julio de 1986: «Pero en esos últimos meses (de julio a diciembre de 1936) lo que hay, junto al rechazo impotente, e incluso incoherente, de la tragedia, es la plena y total comprensión acerca de lo innoble y degradante de cuento está aconteciendo; y, a su vez, un alejamiento y hasta enfrentamiento con los poderes y las personas (no todas) en quienes un tanto ligeramente –según posterior confesión propia- aquél había más o menos confiado en los primeros m omentos. La guerra civil, puede decirse, reabre la conciencia (ética, democrática) y la consciencia (intelectual, más racional) del viejo liberal que siempre fue Unamuno.» (27)
Me parece excesivamente barroca e incoherente tal percepción. Para empezar, lo que está claro es que no hay alejamiento ni enfrentamiento con ciertos poderes y personas (¡»no todas»!). El profesor Díaz no lo dice, pero entre esas «no todas» personas está nada menos que Francisco Franco, líder militar y político de la rebelión, Generalísimo y Caudillo, dictador supremo, pronto proclamado, según la fórmula estudiada por su hermano Nicolás Franco y su cuñado Ramón Serrano Súñer, «Jefe del Gobierno del Estado». En el famoso acto del Paraninfo, Unamuno ostenta la representación de Franco, y a su derecha se sienta en la presidencia la propia esposa del Caudillo. Un mes después, como hemos visto, le recibirá en audiencia especial el propio Franco. Por supuesto que se enfrenta -como siempre había hecho a lo largo de su vida- a ciertos personajes histriónicos como el general Millán Astray y a otros falangistas exaltados. Todo ello era perfectamente congruente con su talante de viejo liberal de siempre, pero no significa que se distanciara de todos los militares y falangistas, algunos de los cuales siguieron visitándole en su propia casa hasta el final (como Víctor de la Serna, Antonio de Obregón, Ernesto Giménez Caballero y Bartolomé Aragón). Unamuno no podía ni tenía que -intelectual, racional y éticamente- reconciliarse con el liberalismo porque siempre había estado distanciado ideológicamente del militarismo (o pretorianismo), del fascismo y del falangismo. Tampoco hay la menor evidencia de que se reconciliara con los «demócratas» republicanos del Frente Popular, y se morirá despreciando y culpando, como siempre había hecho, al presidente Manuel Azaña.
Víctor de la Serna y Antonio de Obregón, que con otros falangistas llevaron a hombros el féretro en el entierro del viejo rector el 1º de Enero de 1937, han dejado sendos testimonios sinceros, respetuosos y, en mi opinión, plausibles de esa relación personal, al margen de las diferencias políticas (28).
Ex Cursus
I. El caso del poeta Leopoldo Panero
Resulta fundamental el testimonio de su amigo de toda la vida Ricardo Gullón, corroborado por la propia esposa del poeta, Felicidad Blanc. Ya he relatado la confidencia sobre la liberación de Leopoldo Panero por decisión personal del Generalísimo Franco, que Gullón me hizo en el Otoño de 1973 en la casa de Antonio Sánchez Barbudo en Madison, Wisconsin (M. Pastor, «Ricardo Gullón, hispanista y americanista», theamericano.com, Dic. 2011), que más tarde él mismo narró en su librito La juventud de Leopoldo Panero (DPL, León, 1985, pp. 89-90), y que previamente Felicidad Blanc había contado en sus memorias, Espejo de sombras (Argos/Vergara, Barcelona, 1977, pp. 122-123). Lo importante y significativo del testimonio de Gullón en este caso es tener en cuenta la cronología.
En Febrero de 1936, Unamuno viaja a Inglaterra para ser investido triple Doctor Honoris Causa por las Universidades de Oxford, Cambridge y Londres, según recordará el hispanista británico Walter Starkie en el obituario «A Modern Don Quixote: Miguel de Unamuno, 1864-1936» (Fortnightly, 141, 1937), y asimismo el profesor David Callaham de la Universidad de Aveiro, Portugal, en su artículo «The Early Reception of Miguel de Unamuno in England, 1907-1939» (Modern Language Review, 100, 2005). Panero, que había publicado un artículo en 1931 sobre el escritor vasco («Notas de amor. Miguel de Unamuno. Poesía y vida», Sol, 17 de Noviembre) se encontraba realizando estudios en la Universidad de Cambridge desde el Otoño de 1935, y asiste a la ceremonia, oficiando incluso de traductor informal del rector salmantino. El joven astorgano regresa a España justo una semana antes del Alzamiento militar el 18 de Julio. Permanece en la casa familiar de Astorga hasta que es detenido el 19 de Octubre, es decir, una semana después del incidente en el Paraninfo de Salamanca. Junto a su amigo y novio de su hermana Asunción, también detenido, Ángel Jiménez, son llevados a León y encarcelados en el recinto de San Marcos. Allí les visitarán las hermanas de Leopoldo Panero, Asunción y María Luisa, y se encontrarán también con otro detenido, el profesor leonés Manuel Santamaría, casado con una amiga de Astorga de los Panero, Olvido Alonso García. Al parecer, el 2 de Noviembre Ángel Jiménez es «sacado» de San Marcos y ejecutado en el monte de Estébanez, y por las mismas fechas ocurre otro tanto con Manuel Santamaría (González Egido menciona en su libro el caso de éste, y la carta que su esposa envió a Unamuno desde Astorga a finales de Octubre, pidiéndole ayuda, que evidentemente no llegó a tiempo o no fue eficaz).
Según narra Gullón, la madre de Panero se desplaza con urgencia a la ciudad del Tormes, provista de cartas y documentos, «y provista, sobre todo, de la voluntad de salvar a su hijo, marchó a Salamanca, convencida de que únicamente del centro del poder podían salir las órdenes salvadoras. Visitó a Unamuno y le pidió que interviniese a favor de Leopoldo declarando cuáles eran sus actividades en Inglaterra y quiénes sus amigos (…) Una segunda visita, ésta a doña Carmen Polo, esposa del general Franco y pariente lejana de los Torbado, trajo la solución. (…) Sin duda su intervención fue eficaz, pues no tardó en recibirse en León orden de no proceder contra Leopoldo. El 18 de noviembre le pusieron en libertad y volvió a Astorga.» (ob. cit., pp. 89-90).
Felicidad Blanc ofrece una versión parecida: «En Salamanca va primero a ver a don Miguel de Unamuno; piensa que el testimonio del rector de la Universidad puede aclarar la conducta de Leopoldo en Cambridge, se le acusa de marxismo por su amistad con Ilia Ehrenburg y otros intelectuales marxistas. Mi suegra gustaba de recordar aquella conversación con don Miguel (…) De la casa de don Miguel se dirige al Cuartel General. Carmen era prima lejana de mi suegra, en su juventud se habían tratado superficialmente. La mujer de Franco la recibe y mi suegra le cuenta lo que sucede: la absurda situación de su hijo, una persona pacífica que nunca se había metido en nada. Carmen Polo le dice que su marido está en una reunión, pero le promete que, en cuanto termine, hablará con él y se dará orden de que lo suelten.» (ob. cit., pp. 122-123). En ambas narraciones se subestima la intervención de Unamuno y se supone que la de Carmen Polo es la decisiva (en la de Felicidad Blanc un poco exageradamente). Lo cierto es que Franco aceptó recibir a Unamuno en su residencia oficial, el palacio episcopal, y Panero fue puesto en libertad. Probablemente las peticiones combinadas de su esposa y del ex rector convencieron a Franco de la decisión final que tomó.
Sobre la culpabilidad o inocencia de Panero, Gullón siempre fue un poco impreciso o elusivo, y personalmente no he podido averiguar nada en concreto. Intenté explorar esta cuestión con su hijo Michi, ya que éramos amigos desde la adolescencia, sentados en un banco del paseo de la muralla, cara al monte Teleno, en Astorga (donde entonces él residía), justamente unas semanas antes de su muerte, pero fue difícil y no insistí por su extrema debilidad física y mental. Esta fue la última vez que hablé con el pobre Michi. No mucho antes nos habíamos encontrado frente a la confitería Velasco, en la plaza del Palacio de Gaudí, y le había presentado a mi madre –que había sido amiga de la suya-, a mi esposa y a mis hijos. Durante la última conversación en el paseo de la muralla, a modo de despedida última, me pidió que diera recuerdos a mi hermana, amiga suya desde la infancia, y a nuestro común amigo en Madrid, el profesor Carlos Moya.

Es un tema intrigante y que, sin duda, puede tener interés histórico: ¿fue realmente Leopoldo Panero militante comunista y agente de influencia o simplemente un compañero de viaje? ¿Estuvo relacionada su estancia en Cambridge con la red de inteligencia/propaganda bajo la cobertura de la organización Socorro Rojo, vinculada como hoy se sabe a la Komintern? Sus misteriosos, por improvisados, viajes a Francia y a Inglaterra, repiten una pauta conocida por otros agentes de la red internacional, como el caso de otro intelectual español de su misma generación, Gustavo Durán (véase M. Pastor, «Galíndez vs. Durán. Espías españoles en la Guerra Fría», La Ilustración Liberal, Madrid, Otoño-Invierno 2010). Aparte de su presunta colaboración con Socorro Rojo, eran conocidas sus relaciones de amistad con intelectuales comunistas como el peruano César Vallejo (invitado a su casa familiar de Astorga), el chileno Pablo Neruda (agente colaborador de la NKVD, como hoy sabemos gracias a los documentos desclasificados del programa secreto VENONA), el francés Jean-Richard Bloch (según Ricardo Gullón) y el soviétivo Ilya Ehrenburg (según Felicidad Blanc), éste precisamente autor de un durísimo ensayo propagandístico contra Unamuno en 1935, y una «Carta a D. Miguel de Unamuno» en 1936 del mismo tono, escritos que nunca rectificó, una prueba más de que la adhesión del viejo liberal a la acaudillada por Franco era sincera y firme.
Sin embargo, de lo que no cabe duda es que la conversión religiosa de Panero, paralela a su «colaboración» con el franquismo (probablemente con la misma actitud unamuniana de elegir el «mal menor»), fue sincera, como se desprende de su honda y humana poesía. No comparto la opinión de una mayoría de sus críticos y creo que su polémico Canto Personal (1953) es poesía pura, arraigada en la experiencia, en la fe y el patriotismo recobrados o descubiertos, además de todo un tratado de poética, como ha subrayado el mejor conocedor de su obra, el profesor Javier Huerta Calvo (De poética y política. Nueva lectura del Canto Personal de Leopoldo Panero, DPL, León, 1996).
II. El caso del profesor José Antonio Maravall
Este caso es ilustrativo de un problema (y otras cosas) que ha recibido recientemente atención en los medios, aunque de manera poco rigurosa: las diferencias entre Totalitarismo y Autoritarismo, que a mi juicio se pueden detectar en el pensamiento liberal de Unamuno, y que, como hemos dicho repetidamente, se remonta a la distinción teórica de Juan Donoso Cortés en su Discurso sobre la Dictadura (1849) entre dictadura gubernamental y dictadura insurreccional. En términos concretos y más claros, entre dictadura conservadora y dictadura revolucionaria.
Don José Antonio Maravall Casesnoves fue un ilustre historiador del pensamiento político español, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid y profesor mío en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología durante los años sesenta/setenta. Maestro de, a su vez, ilustres profesores universitarios progresistas (Juan Trías, Antonio Elorza, Carmen Iglesias, José Alvarez Junco, Joaquín Arango…) y padre del catedrático de Sociología y ministro socialista de Educación José María Maravall. Todos ubicados también en la citada Facultad de la Complutense. Falleció hace ahora casi 27 años, y había nacido en la ciudad valenciana de Játiva en 1911. Con motivo de su centenario se publicaron sendos artículos de homenaje de dos discípulos suyos, Carmen Iglesias y José Antonio Gómez Marín (ambos en El Mundo, Madrid, 13 de junio de 2011). Suscribo casi enteramente los elogios y méritos académicos que en ellos se destacan de tan ilustre historiador, pero no deja de sorprenderme que en ambos casos se silencie tan radicalmente su pasado político, primero falangista y después franquista, aunque se pueda admitir que en una tercera fase de su vida evolucionó hacia posiciones democráticas y posiblemente progresistas. Tal silencio contrasta con la reciente y ruidosa polémica sobre otro extraordinario historiador de la siguiente generación, Luis Suárez Fernández, a propósito de un artículo suyo sobre Franco para un diccionario biográfico avalado por la Real Academia de la Historia, asunto sobre el que los medios de prensa y círculos intelectuales simpatizantes con la familia Maravall no ahorraron la oportunidad de descalificar a Suárez por su presunto pasado franquista. ¿Doble estándar? Es evidente, y algunos sectores de la izquierda cultural nos tiene acostumbrados a ello: en el caso de Suárez, pese a sus innegables méritos como historiador, no se olvidan sus posiciones conservadoras; con Maravall es distinto, tanto por su evolución hacia el progresismo como por ser el padre de un ministro del primer gobierno socialista de Felipe González, aunque el balance de su gestión en Educación –con la importante colaboración de Alfredo Pérez Rubalcaba- haya sido un auténtico desastre para varias generaciones de españoles.
Da la casualidad de que Maravall era amigo de Panero y de Gullón. Éste, por ejemplo, le publicó en su revista Literatura, en 1934, algunos de sus primeros artículos, cuando tenía ciertas proclividades poéticas (uno, curiosamente, apologético de un «unamuniano» que se hizo estalinista, titulado «Pasión y vida de José Bergamín»). Ya he mencionado que en 1931, en el mismo año que Panero, Maravall publicó un artículo sobre Unamuno («Glosa a una lectura. Unamuno y Don Juan», Sol, 5 de Julio). Ricardo Gullón, mucho tiempo después, ya durante la democracia, le dedicaría un artículo-homenaje, «Recuerdos de un amigo: José Antonio Maravall» (Cuadernos Hispanoamericanos, 477, Madrid, 1990). Los tres habían sido liberales orteguianos durante la República, pero evolucionaron de manera diferente: Gullón siguió siendo liberal hasta su muerte; Panero se radicalizó en la línea comunista, para convertirse en un franquista al modo unamuniano; Maravall se hizo falangista antes de la Guerra Civil y lo siguió siendo hasta su propia conversión en franquista (supongo que de una manera similar a la de Panero), para terminar en sus últimos años como un liberal progresista, próximo a la socialdemocracia.
Lo significativo de su caso es que como ha documentado el historiador del franquismo Luis Suárez Fernández (y en la misma línea han señalado Stanley G. Payne y Joan Maria Thomàs), durante su fase falangista, en la inmediata postguerra civil, publicó un artículo –probablemente inducido por su tutor político, Ramón Serrano Súñer- en el diario Arriba (4 de Marzo de 1941), en el que postula, frente al franquismo, un sistema falangista auténtico, según el modelo del fascismo italiano, en el que el Partido debería imponerse al Estado, y los políticos (de ideología falangista) desplazar a los técnicos o tecnócratas (de variable ideología conservadora dentro del franquismo). Este sistema debería desarrollar un potencial totalitario frente al carácter moderado y conservador autoritario del régimen de Franco. No era más que una nueva versión de la «revolución pendiente» defendida por los elementos más fascistas y radicales de la Falange, que tenía antecedentes en Ramiro Ledesma, y poco después de la muerte de Unamuno, en la primavera de 1937, en el entorno de Manuel Hedilla, que se manifestó en la «mini-rebelión» de Salamanca. Ahora, a la altura de 1941, adoptaban esta posición un poco confusamente, entre otros, Ramón Serrano Súñer, Antonio Tovar, Gerardo Salvador Merino, Dionisio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo, etc., y Maravall era el abanderado o propagandista inicial de la misma. Como es sabido, Franco no toleró esta alternativa y el grupo fue liquidado políticamente. La versión definitiva de la crisis nos la ofrece Luis Suárez Fernández en su reciente libro, matizando los anteriores, Franco. Los años decisivos, 1931-1945 (Ariel, Barcelona, 2011, pp. 3 y 193).
NOTAS
(1) Sobre el panorama histórico general y tipología de las guerras civiles en la Europa del siglo XX es absolutamente imprescindible la magistral obra de Stanley G. Payne, La Europa revolucionaria. Las guerras civiles que marcaron el siglo XX (Temas de Hoy, Madrid, 2011). Asimismo su último libro sobre España, The Spanish Civil War (Cambridge University Press, New York, 2012). Para una aproximación historiográfica rigurosa a los conceptos y fenómenos mencionados, véase Apéndice: Libros de Stanley G. Payne sobre fascismo, falangismo y franquismo, en M. Pastor, «El fascismo progresista. Reflexiones a propósito de la obra de Jonah Goldberg», La Ilustración Liberal, 44, Madrid, 2010, p.18, que reproduzco:
1. Falange: A History of Spanish Fascism, Stanford University Press, Stanford, CA, 1961.2. Franco’s Spain, Thomas Y. Crowell, New York, 1967.3. Fascism and National Socialism, Forum Press, St. Charles, MO, 19754. Fascism: Comparison and Definition, University of Wisconsin Press, Madison, WI, 1980.5. The Franco Regime, 1936-1975, University of Wisconsin Press, Madison, WI, 1988.6. Franco: el perfil de la historia, Espasa-Calpe, Madrid, 1992.7. A History of Fascism 1914-1945, University of Wisconsin Press, Madison, WI, 1996.8. El primer franquismo, 1939-1959. Los años de la autarquía, Historia 16, Madrid, 1998.9. Franco y José Antonio. El extraño caso del fascismo español, Planeta, Barcelona, 1998.10. Fascism in Spain 1923-1977, University of Wisconsin Press, Madison, 1999.11. La época de Franco, Espasa-Calpe, Madrid, 2000.12. José Antonio Primo de Rivera (con Enrique de Aguinaga), Ediciones B, Barcelona, 2003.13. Franco and Hitler. Spain, Germany and World War II, Yale University Press, New Haven, CT, 2008.14. Franco, mi padre. Testimonio de Carmen Franco, la hija del Caudillo (con Jesús Palacios), La Esfera de los Libros, Madrid, 2009.Y en prensa:15. Franco. A Biography, University of Wisconsin Press, Madison, 2014 (Franco.Una biografía personal y política, Espasa, Madrid, 2014) (con Jesús Palacios).
Asimismo, el profesor Payne es autor de casi un centenar de artículos, capítulos y prólogos (principalmente en inglés, español y portugués) sobre fascismo, falangismo y franquismo (y otras formas históricas de autoritarismo y totalitarismo), como puede comprobarse en su impresionante CV: http://history.wisc.edu/people/emeriti/cv/payne
(2) M. Pastor, Los orígenes del fascismo en España, Tucar, Madrid, 1975.(3) Pelayo H. Fernández, Bibliografía crítica de Miguel de Unamuno (1888-1975), José Porrua Turanzas, Madrid, 1976.(4) La carta de G. d´Annunzio está reproducida en la obra de Eduardo Comín Colomer, Unamuno libelista. Sus campañas contra Alfonso XIII y la Dictadura, Colección Siglo Ilustrado, Madrid, 1968, p. 61. Sobre el fascismo progresista de G. H. Wells, véase Jonah Goldberg, Liberal Fascism (segunda ed. ampliada, Broadway Books, New York, 2009, pp. 134-136). Sobre su última correspondencia con autores italianos, Jesús Palacios, La España Totalitaria. Las raíces del franquismo: 1934-1946, Planeta, Barcelona, 1999, p. 82.(5) M. de Unamuno, «La Generación de 1931», en Ahora, 2 de Marzo de 1935.(6) La Gaceta Literaria, 78, Madrid, 15 de Marzo de 1930. Número extraordinario en homenaje a don Miguel de Unamuno. Véase: Pelayo H. Fernández, ob. cit., pp. 36-37; M. Pastor, «Ernesto Giménez Caballero y La Gaceta Literaria», en Los orígenes… ob. cit., pp. 24-37; Douglas W. Foard, Ernesto Giménez Caballero and the Revolt of the Aesthetes, Washington University, St. Louis, Missouri, 1972; y Maria Sferrazza, Ernesto Giménez Caballero en la Literatura española. De la Dictadura a la República, Instituto Universitario Ca´Foscari, Venezia, 1964.(7) Sobre el testimonio de Gullón, véase el Ex Cursus I al final. Sobre el juez Enjuto, el proceso irregular y la ejecución de José Antonio Primo de Rivera, véase la obra reciente de José María Zavala, La pasión de José Antonio, Plaza-Janés, Barcelona, 2011, pp. 339-349.(8) J. A. Primo de Rivera, Obras Completas, Agustín del Río Cisneros (comp.), Publicaciones Españolas, Madrid, 1952, pp. 181-182.(9) Jean-Claude Rabaté, «Miguel de Unamuno frente a la Guerra Civil: entre historia y leyenda», Congreso Internacional sobre la Guerra Civil Española, 1936-1939, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, 2006. Del mismo autor, «Miguel de Unamuno, le prisonnier de Salamanque (automne 1936)», Univers répressifs péninsule ibérique et Amérique latine, L´Harmattan, Paris, 2001, pp. 203-220.(10) Rabaté, ob. cit., pp. 1 y 26.(11) Aparte de la repugnancia que le producen los ataques contra la Católica por los agitadores republicanos y anticlericales, hay un artículo suyo publicado en El Sol el 15 de mayo de 1931 y reproducido en The New York Times titulado «La promesa de España. III: Los comuneros de hoy se han alzado contra el descendiente de los Austrias y Borbones» en el que aborda la cuestión nacional, con un grado de conocimiento poco común en España, sobre los conceptos de república unitaria y federal, distinto del concepto de régimen centralista, y en el que reprocha que en nuestro país se ignore el verdadero sentido del federalismo norteamericano desde The Fedederalist de Hamilton, Madison y Jay, hasta la figura del «heroico Abraham Lincoln», y se identifique federalismo con otras cosas (es decir, esquemas más bien confederales), tema sobre el que volverá en otros artículos como «Estado, Estadillo y problemas sociales» (El Sol, 29 de Julio de 1931), «¡España, España, España!» (El Sol, 12 de Agosto de 1931), y en sus dos discursos en las Cortes constituyentes de la República (respectivamente de 18 y 25 de Septiembre de 1931). Véase: Elías Díaz (ed.), Unamuno. Pensamiento Político, Tecnos, Madrid, 1965, pp. 636- 660.(12) E. Comín Colomer, ob. cit., pp. 64-65; J. M. Marco, La libertad traicionada, Planeta, Barcelona, 1997, p.118; A. Reig Tapia, Memoria de la guerra Civil, Alianza Editorial, Madrid, 1999, p. 276.(13) S. G. H. Roberts, «Unamuno contra Primo de Rivera: 10 artículos de 1923-24», en Sistema, 75, Noviembre de 1986, p. 83.(14) E. Díaz (ed.), Unamuno…ob. cit., p. 612. Unamuno parece desconocer que la opinión de Treitschke se basa en la famosa definición de Karl von Clausewitz en su tratado De la Guerra (Vom Kriege, 1832). Es interesante, por otra parte, que Unamuno admita la paternidad de Romero Alpuente, liberal decimonónico, de su peculiar y polémico entendimiento de la «guerra civil».(15) M. de Unamuno, La agonía del cristianismo (1925), Espasa-Calpe, Madrid, 1980, .16-17 y 97-98.(16) M. de Unamuno, «Hablemos al Ejército», Hojas Libres, Número 3, 1º de junio de 1927, reproducido en E. Comín Colomer, ob. cit., pp. 104-105.(17) R. Gullón, Autobiografías de Unamuno, Gredos, Madrid, 1976, p. 289.(18) M. Pastor, Los orígenes del fascismo en España, ob. cit., pp. 59-60; J. M. Albiñana, Después de la Dictadura (Los cuervos sobre la tumba), Compañía Iberoamericana de Publicaciones, Madrid, 1930, pp. 113 y 119-120.(19) M. de Unamuno, «La promesa de España. Comunismo, Fascismo, reacción clerical y problema agrícola», en E. Díaz (ed.), Unamuno…, ob. cit., pp. 634-635. Asimismo otros artículos suyos citados, pp. 643, 687, 689-690.(20) Francisco Bravo, José Antonio. El hombre, el jefe, el camarada, Ediciones Españolas, Madrid, segunda edición, 1940, el capítulo «José Antonio y Unamuno», pp. 85-ss.; la cita, p. 86. Mi estimado amigo Jesús Palacios me ha facilitado una fotocopia del capítulo de esta segunda edición, que señala el Copyright en 1940, no en 1939, según la bibliografía de Fernández, ob. cit., p. 58.(21) F. Bravo, ob. cit., pp. 86-92.(22) Francisco Bravo, Historia de la Falange Española de las J.O.N.S., Ediciones FE-Editora Nacional, 1940, pp. 86-88.(23) P. Moa, Los mitos de la Guerra Civil, Planeta, Barcelona, 2003, pp. 248-249. La investigación más exhaustiva y reciente sobre la matanza de religiosos es la de Santiago Mata, Holocausto Católico. Los mártires de la Guerra Civil, La Esfera de los Libros, Madrid, 2013.(24) L. González Egido, ob. cit., p. 211.(25) M. de Unamuno, Prólogo (1932) a San Manuel Bueno, mártir, y tres historias más (Espasa-Calpe, Madrid, 1933), Bruguera, Barcelona, 1983, p. 6. La novela fue escrita en 1930 y publicada por primera vez en la revista La Novela de Hoy (nº 461, 13 de Marzo de 1931). Véase también: C. I. Nepaulsingh, «In Search of a Tradition, not a Source, for San Manuel Bueno, mártir » , Homenaje a Miguel de Unamuno (1864-1936), Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, 2, Toronto, Invierno 1987. No me resisto a corregir la opinión de González Egido (ob. cit., p.146) y muchos unamunianos que identifican la «Renada» del cuento con Salamanca. El pueblo del cura Manuel, el ficticio y literario «Valverde de Lucerna», en la región de Sanabria, como escribe Unamuno en la primera frase de la novela, pertenecía a «la diócesis de Renada», y poco más adelante se refiere a «la ciudad catedralicia de Renada», cuyo obispo está ¨promoviendo el proceso para la beatificación de nuestro don Manuel¨ (pp. 25 y 26). Pues bien, la diócesis, el obispado –y el obispo legalmente autorizado para promover las causas de beatificación- y la ciudad catedralicia de esta región de Sanabria históricamente ha sido y sigue siendo la ciudad de mi infancia familiar, Astorga, no Salamanca (aunque ésta también sea la ciudad de mi infancia colegial). De hecho he conocido a algunas niñas que, como el personaje de la novela Ángela Carballino, fueron desde Sanabria a estudiar, en régimen de internado, al Colegio de Religiosas de «Renada», es decir, Astorga (con las monjas de La Milagrosa, a la sombra de la catedral). Me sorprende que Gullón, astorgano ilustre, no se percatara de este detalle o no lo hiciera notar, teniendo en cuenta que es autor de los análisis más rigurosos y completos de la novela: R. Gullón, «El testamento de don Miguel», en Autobiografías de Unamuno (1964), Gredos, Madrid, 1976, pp. 331-355; y asimismo su artículo póstumo, «San Manuel y Don Sandalio», en La novela española contemporánea, Alianza, Madrid, 1994, pp. 31-40. Ann M. Brown, autora de la bibliografía Ricardo Gullón (1908-1991) in memoriam, UNED, Melilla, 1992, registra al menos cuarenta trabajos publicados de Gullón sobre Unamuno, entre 1951 y 1989.(26) C. I. Nepaulsingh, ob. cit., pp. 316-317.(27) E. Díaz, «Unamuno, la razón y la rabia de octubre», El País, Madrid, 12/10/1986. En 1988 el profesor Díaz anunciaba la recuperación y próxima publicación de textos inéditos de Unamuno sobre la Guerra Civil que eran «la confirmación del alejamiento de Unamuno de la ideología franquista» (El País, 31/1/1988). Carlos Feal publicará un estudio con la edición de los mismos, M. de Unamuno, El resentimiento trágico de la vida. Notas sobre la revolución y la guerra civil española, Alianza Editorial, Madrid, 1991. Pero las notas de Unamuno, en mi opinión, rigurosamente analizadas no confirman ni demuestran tal alejamiento de Franco y del «franquismo», sino un rechazo de la locura y la violencia por ambas partes en la Guerra Civil, en la línea muy unamuniana de estar «contra esto y aquello».(28) V. de la Serna, «Rito falangista en la muerte de Unamuno» y A. de Obregón, «El anteayer de Unamuno», ambos publicados en El Alcázar, Madrid, 31/12/1986.

  • autoritarismo
  • liberalismo

    Acerca de Manuel Pastor

    Catedrático de Teoría del Estado y Derecho Constitucional (Ciencia Política) de la Universidad Complutense de Madrid. Ha sido director del Departamento de Ciencia Política en la misma universidad durante casi dos décadas, y, de nuevo, entre 2010- 2014. Asimismo ha sido director del Real Colegio Complutense en la Universidad de Harvard (1998-2000), y profesor visitante en varias universidades de los Estados Unidos. Fundador y primer presidente del grupo-red Floridablanca (2012-2019)

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