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USA: Joe Biden y la élite Globalista y su Nuevo Orden Mundial. (Montaje fotografía: Kosmos-Polis)

Ni incompetencia ni casualidad: Afganistán y el Globalismo

¿Es resultado de la imprevisión o de la incompetencia la desordenada retirada de Afganistán ordenada por Joe Biden, o es la exacta ejecución de algo planeado de antemano? ¿Existe un designio globalista oculto destinado a favorecer a los gobiernos islámicos en el Medio Oriente? En caso afirmativo, ¿cómo encajaría ese favoritismo – hacia los talibanes en este caso-  en el plan más amplio diseñado de antiguo por los globalistas en el contexto de su Nuevo Orden Mundial?

Socialistas y globalistas, cuyo hogar común en los EE.UU es hoy el Partido Demócrata, llevan décadas pregonando sus nobles planes, catando constantemente la sopa de la opinión pública y machacando incesantemente el hierro frío de la mentalidad colectiva. Al hacerlo insertan ideas locas en la comunal psique estadounidense. Y si el caldo sopero resultase caliente en exceso, rápidamente negar haber dicho lo que realmente se dijo. Baste el ejemplo de que, después de revelar al mundo su sueño de unas fronteras abiertas, Hillary Clinton negó tal confidencia matizando que sólo pretendía introducir reformas, pero nunca fronteras abiertas del todo. Ahora bien, si tras esa aclaración alguien hubiese osado persistir en tomarse en serio, es decir, literalmente, las primeras palabras, hubiera sido inmediatamente tachado de ‘teórico de la conspiración’.

Tras décadas de escuchar a la extrema izquierda, a estas alturas el pueblo de los Estados Unidos debería saber más o menos adónde pretende llevar el Partido Demócrata actual a su país; y también conocer la visión que del mundo tienen las personas que lo dirigen. Llegados a este punto, bastaría con que la gente supiese sumar dos y dos para empezar a descubrir que lo que realmente dice la izquierda es falaz. Aquellos que rechazamos el globalismo y el Nuevo Orden Mundial deberíamos comenzar a analizar y denunciar muy en serio las políticas globalistas. Si así, se impone dejar de acusar a la izquierda de incompetente… porque no lo es.

Como ha quedado dicho, todo lo que los futuros votantes tienen que hacer es escuchar a los globalistas -sus planes, sus mentiras y agendas ocultas- para inmediatamente desenmascararlos, incluso cuando emiten mensajes de doble filo destinados a confundir si el oyente pica el anzuelo de tomar en serio sus palabras. Quienes de entrada se oponen a ese designio no deben dejarse intimidar cuando se les tacha de ‘teóricos de la conspiración’. Es hora de poner en perspectiva la agenda progresista-globalista para, a continuación, conectarla con sus políticas y el comportamiento de sus muñidores, ello en lugar de simplemente llamarlos incompetentes o acusarlos de no preocuparse por las previsibles nefastas consecuencias de la aplicación de aquellas, consecuencias en realidad buscadas de propósito, con toda la intención del mundo.

Los globalistas occidentales apuntan a eliminar las fronteras entre naciones y no tienen problemas para ponerse a ello en América y Europa Occidental.  Bien comprendida, tal agenda explicaría por qué los demócratas de hoy en día no le temen a la cada vez más amenazante China, mientras temen y odian a quienes entres sus compatriotas se oponen al globalismo y muestran apego a la propia soberanía nacional. Es muy significativo que los del Partido Demócrata defendieran a China contra su propio presidente (Trump), llamándolo «racista» cuando, por ejemplo, se refería al Covid-19 como el «virus chino».

La histeria reinante durante los cuatro años de Donald Trump no es consecuencia de un síndrome de odio ciego. Las acciones de los del Partido Demócrata están lógicamente motivadas por sus objetivos, como las de todo el mundo. Así sí entendemos sus objetivos y el significado de sus acciones debería estar claro. Veamos: Trump ha sido el primer presidente republicano en rechazar sin ambages el globalismo, además de declararse adepto al concepto de Estado-Nación, de ahí su eslogan “America First”. Es por ello que los demócratas no sólo lo odiaban, sino que se sentían moralmente autorizados a hacer cualquier cosa, legal o ilegal, para detenerlo. Esos señores se nos mostraron empeñados en apartar a Trump de su cargo, llevando a tal efecto una tan machacona como falaz campaña mediática en su contra, llegando a utilizar la supuestamente neutral Comunidad de Inteligencia de los EEUU para espiarlo y acusarle dos veces de amistad y entendimiento con Rusia, para finalmente mandarlo a su casa, fraudulentamente, en las elecciones presidenciales de 2020.

Globalistas y socialistas temen ahora a los 75 millones de seguidores de Trump. Esa ingente masa de votantes ha pasado a ser el nuevo objetivo a batir. Ello explica la intensa campaña de odio desplegada por los manipuladores de siempre para enturbiar su imagen colectiva llamándolos racistas, supremacistas blancos y peligrosos insurrectos contra el Estado Federal. Los demócratas y sus medios de comunicación no buscan la verdad ni dialogan con Trump y los suyos sobre los pros y contras del globalismo. El deseo de esa gente es el de mantener sus objetivos en secreto porque si fuesen declaradamente abiertos, la mayoría de los estadounidenses los rechazarían nada más conocerlos.

Trump y sus partidarios creen que el mundo está mejor administrado según el modelo de estado-nación independiente, en los que la misión de cada líder, sea lograr en ellos lo mejor para sus respectivas poblaciones. Por su parte, los globalistas creen que el mundo funcionará mejor, más eficiente y pacíficamente habiendo menos de aquellos, quizás dividiendo el mundo en cuatro o cinco regiones bajo un One World Government. Los demócratas no confían en ganar la discusión en un debate abierto y no amañado, de ahí que prefieran aplicar sus esfuerzos a la propaganda. (Por cierto, también los islamistas se niegan a participar en un limpio debate sobre su fe en base a lo que está escrito en sus libros sagrados, de manera que prefieren dedicarse a la clase de propaganda consistente en insultar y pretendidamente avergonzar a sus oponentes).

Y he aquí que los globalistas occidentales decidieron aplicar el concepto de globalismo primero a sus propias naciones antes de exigirlo al resto del mundo. Esa fue y sigue siendo una decisión arriesgada que, está claro, ellos han decidido que vale la pena adoptar.

Obama convenció a los globalistas de que la razón por la que el Oriente Medio (Oriente Próximo para nosotros europeos) estaba entonces y sigue estando hoy en constante agitación y desunión, era porque Occidente apoyaba a gobiernos militares títeres que suelen ser menos opresivos que los estados islámicos ‘de plena sharia’. Obama creía que nada uniría pacíficamente esa región que no fuese un califato islámico, sin al parecer importarle el hecho histórico de que nunca ha habido un califato unido y menos aún pacífico.

Desde su primer día en el cargo, Obama estuvo más entusiasmado con el mundo musulmán que en, por ejemplo, procurarse el apoyo de los electores negros. Viajó a Egipto para hablar con los ‘Hermanos Musulmanes’ y prometerles su apoyo habida cuenta de que, según él, aquéllos representaban la versión más moderada del islam político. Creía el presidente mulato que con su genial idea pasaría a la historia como el héroe propiciador de un califato islámico de nuevo cuño, y comenzó a implementar su visión en Egipto como queda dicho: dándoles el poder a los Hermanos Musulmanes de allí.  Como hoy todos sabemos, aquello no funcionó tal como él lo había planeado.

Después de que el proyecto del califato de Obama fracasara en Egipto, posó sus ojos en Siria y usó el nombre «ISIL» en lugar del todavía inexistente «ISIS» porque la L, que significa el Levante, iba a incluir a Israel en el califato. Pero eso tampoco funcionó.  Y fue Trump quien derrotó a ISIS, no Obama.  Sí, Obama eliminó a Bin Laden, audaz acción sin duda, mas no interpretable en clave de que quisiera con ella eliminar a quienes deseaban la instauración de un estado islámico. Pasó que a Obama dejó de serle útil su casi tocayo Osama y decidió dar sepultura al cadáver político que desde tiempo atrás era.

Habiendo fracasado en Egipto y en Siria, Obama dirigió su mirada  a…¡Irán!  Unos pequeños ajustes de la realidad histórica bastaron para convencer a la gente de su partido que no vieran en Irán el feroz enemigo de los EEUU que desde la caída del Sha fue y sigue siendo. Y así fue cómo su plan para un Oriente Medio islámico siguió su nuevo curso.

Pero con la elección de Trump en 2016, el arduo trabajo de los globalistas y sus logros durante una década terminaron en nada y su proyecto tuvo que ser suspendido, con la consiguiente pérdida de prestigio de quienes así se mostraban poco fiables ante los de fuera a la hora de la ejecución de una agenda global.

Los del Partido Demócrata, junto con su brazo de propaganda que eran y siguen siendo la mayoría de los media tradicionales, se volvieron locos y finalmente lograron deshacerse de Trump, rematando así la progresía su silenciosa alianza con los globalistas, el período de cuatro años más oscuro y vergonzoso en la historia política estadounidense. No había nada que no valiera para sacar a Trump de la Casa Blanca. De hecho los tahúres electorales fueron sorprendidos y filmados con las manos en la masa, ocultando bajo una mesa de un colegio electoral grandes bolsas repletas de papeletas electorales falsas, a la espera del momento oportuno para introducirlas en las urnas.

Los tramposos encontraron el títere perfecto para sentar sentar felizmente en la Oficina Oval, y mentir y engañar con total impunidad y desparpajo. Sumemos a ello las 28 órdenes ejecutivas emitidas durante las dos primeras semanas de la presidencia de Joe Biden, ello para tranquilizar a los globalistas internacionales borrando todo lo que Trump había hecho. El objetivo era recuperar la confianza y la seguridad en las promesas que los globalistas estadounidenses les habían hecho a sus compinches internacionales, especialmente a los de la China Comunista. El mensaje era «volvemos a estar al mando» y «no importa el traspiés ‘técnico’ de los cuatro años de Trump: lo borraremos de la historia acusándolo de cuantos crímenes sean necesarios», pareciera que les susurraron al oído. Lo que ahora toca es eliminar las fronteras de Estados Unidos para allanar el camino hacia la implantación de la «Región 1».

Ese objetivo tiene su traslado en Europa, donde los globalistas occidentales están entregados sin titubeos a la tarea de eliminación de las fronteras de sus respectivas naciones, ello sin miedo ni desconfianza de que China, los países del Oriente Medio y otras regiones del mundo igualmente poco fiables cumplan su promesa de eliminar también las suyas. El proyecto de un Gobierno Mundial podría terminar explotando en la cara de los globalistas occidentales, de manera similar a cómo (aparentemente) ha explotado al final Afganistán. Esta es una confianza totalmente ciega y, admitámoslo, ridículamente ingenua por parte de los globalistas occidentales, todo en aras de lograr la fantasía de un mundo unido en paz y armonía bajo un solo gobierno.

¿Cómo podría una persona cuerda estar segura de que, una vez mermada la soberanía y debilitado el poderío de los Estados Unidos, la China globalista no traicionará a los estadounidenses? Los demócratas odian y desconfían de sus propios compatriotas republicanos pero no recelan de China, Irán o cualquier otro régimen tiránico.

Facilitar la unidad del Oriente Medio/Próximo bajo una autoridad islámica parece ser la única explicación de los globalistas, que mueven los hilos de su marioneta presidencial cuando tratan de justificar el haber puesto Afganistán en manos de los talibanes, dejando atrás además un enorme arsenal bélico.

Cuando Trump intentó retirarse de Afganistán, los media, los demócratas y el Pentágono estaban en su contra, pero ahora todos guardan silencio o apoyan la vergonzosa retirada de Biden. ¿Por qué tal aparente incongruencia? Pues porque, aun en el más desfavorable de los casos, el plan de Trump para una retirada ordenada hubiera dejado muy debilitados a los talibanes. Pero los demócratas globalistas querían entregar Afganistán a unos talibanes en plena forma. Ahora vemos como bien armados con armas estadounidenses, se jactan ante el Medio/Próximo Oriente de que, después de todo, «el Islam es la solución».

Hoy en día, una gran parte de aquella parte del mundo está en manos de islamistas radicales, desde Pakistán (con armas nucleares) hasta Afganistán, además de Irán y Turquía. La «Región 2», según la llaman los globalistas, marcha de acuerdo al plan previsto, piensan estos.

¿Qué región será la siguiente en caer? ¿Será Taiwan, entregado a China?  Y, tras haberle dado a Rusia su oleoducto Nord Stream, ¿qué sigue? ¿Ucrania?

Las acciones de los demócratas socialista-globalistas hablan por sí solas.  Y no, no son incompetentes, más bien truhanes engañosos. Están empeñados en ejecutar sus sueños globalistas sin debate, sin elecciones ni transparencia. Son muy imprudentes al arriesgar el futuro de Estados Unidos y están decididos a avanzar con un plan fallido, históricamente probado como tal, todo ello sin garantías o con las que les dan naciones tiránicas, felices ellas de habérselas con una América debilitada y sin fronteras.

El globalismo no es una idea nueva. Los imperios surgieron, se expandieron y cayeron después de gobernar el mundo que los rodeaba. Todos los grandes tiranos de la historia han querido gobernar el mundo. Los globalistas no ven similitudes y ejemplos en la historia de los que aprender; las naciones y los imperios se expanden, pero también a menudo se desintegran o se disuelven.

El califato unificado islámico es una fantasía que nunca fue y nunca será. El comunismo mundial siempre terminó en desastre, desintegración, miseria, desesperación y pobreza. Pero los globalistas occidentales creen erre con erre que ellos lo harán bien esta vez. Que Dios nos coja confesados a los demás.

(Traducción inglés-español: Gil Sánchez Valiente). Original: https://www.americanthinker.com/articles/2021/08/not_incompetence_afghanistan_and_globalism.html

Acerca de Nonie Darwish

Nacida en Egipto. Hija de un alto jefe militar asesinado en 1956 por un comando militar israelí. Emigró a los EEUU donde se convirtió al cristianismo. Fundadora de 'Arabs for Israel' y directora de 'Formers Muslims United?. Crítica con el Islam, es autora de obras como; "Ahora me llaman infiel", "¿Por qué renuncié a la yihad por Estados Unidos?", "Israel y la guerra contra el terrorismo"

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