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LEVIATHANDEMIA (IV). Conspiranoicos y Conspiradores

“Honni soit qui mal y pense» (Maldito sea el que piense mal). Orden de la Jarretera, 1348

“Uccelacci uccellini” (pajaritos y pajarracos) Pier Paolo Pasolini

“Los pájaros tirando a las escopetas” (Dicho popular)


“Yo no creo en teorías de la conspiración”. Se acabó la discusión.

¿Cuántas veces nos hemos encontrado en la conversación corriente o en el debate público con esta tajante declaración de principios, que zanja y elimina de facto cualquier posibilidad de continuar, no digamos avanzar, en la exposición de cualquier materia así anatematizada? No es que sean innumerables. Se puede decir que ha invadido de una manera hegemónica la esfera del debate público, prescribiendo lo que se puede -o no- hablar o discutir.

Haciendo caso omiso de estas prescripciones “castradoras”, trataremos de profundizar en lo que no es sino un signo más de la deriva represiva, i.e. totalitaria, de los tiempos que vivimos.

En primer lugar, cuando se dice no creer en “teorías conspirativas”, ¿qué se está negando?, literalmente, el que exista la conspiración, o, lo que es lo mismo, se está negando que las cosas puedan ocurrir porque -de una manera más o menos encubierta- haya personas, instituciones, asociaciones, gobiernos, gremios, lobbies, etc., que se concierten para obtener un determinado fin. De lo cual se deduce, siguiendo esta “lógica”, que los hechos ocurren por puro azar, o de una manera natural, con absoluta transparencia y sin que medie, en ningún caso, la ocultación de intenciones, el engaño, la colusión o cualquier otra artimaña. ¿Tiene esta visión de cuento de hadas alguna relación con la realidad? ¿Es así cómo se ha desenvuelto la historia? ¿Es que por algún extraño azar que se nos escapa, la naturaleza humana se ha despojado de la maldición bíblica y ha vuelto a ese Jardín del Edén previo al pecado original? Totalmente absurdo.

¿Por qué se invoca entonces semejante desafuero intelectual? En una primera instancia, es evidente que para desarmar o neutralizar a quien está intentando explicar los hechos más allá de su mera apariencia, o en contradicción con lo que una interesada versión oficial pueda prescribir. Profundizar, o tratar de identificar explicaciones alternativas de los acontecimientos, es una tarea ardua, porque la descalificación se vale de un subterfugio muy eficaz: el de asimilar cualquier versión alternativa o disidente de la realidad a teorías conspirativas “descabelladas”, como la de los creyentes en la especie de los “reptilíneos”, o las que niegan el descubrimiento de la luna o la muerte de Elvis Presley, por citar las más populares.Con ese burdo pero eficaz ardid, quien utiliza en la discusión este disolvente cajón de sastre se coloca a sí mismo en una posición de superioridad ante un interlocutor al que de una manera despectiva rebaja a ese lugar donde habitan los lunáticos, o los que merecerían frecuentar alguna institución para ajustar la mente o, mejor, el comportamiento (que para algo se han inventado los gulags…).

Pero sigamos profundizando. ¿Cuándo, y cómo, ha surgido este tipo de argumentación descalificadora, esta apisonadora del debate público envuelta en el exabrupto de “teóricos de la conspiración”?

Este es un punto importante para entender los tiempos que corren, pero previamente hay que hacer un inciso. Las “teorías de la conspiración” como tales, es decir, el destacar el importante papel que tiene en la historia la concertación, más o menos encubierta, de diferentes actores para lograr sus fines, no es nada nuevo. Sin ir más lejos, hay que destacar a los principales propagadores de estas «teorías»: el y los movimientos de .izquierda con su inveterado recurso a explicar el desenvolvimiento de la historia como una lucha entre las justas aspiraciones del proletariado y la concertación “conspirativa” de banqueros, obispos, jueces y gobiernos para aplastarlas. Sin que, por otro lado, se le pueda negar una parte importante de verdad en todo ello.

Sin embargo, a nadie se le hubiera ocurrido descalificar -otra cosa es combatir- esas tesis revolucionarias con la presunción de que la acción de “conspirar”, algo tan consustancial a la naturaleza humana como el respirar, inspirar, aspirar o, incluso, expirar (todas acciones del espíritu –spirare-, en el último caso por cesación); decía que a nadie se le ocurriría negarle su importante papel en el curso del devenir histórico. Como decía el filósofo alemán Wilhem Dilthey -que tanto le gustaba recordar a Ortega-, “la vida es una mezcla de azar, destino y carácter”, y en este último están contenidos las diversas variantes de la acción humana, incluida, ¡cómo no!, la conspiración. Si no, que le pregunten a uno de nuestros más egregios novelistas, Pío Baroja, que relató gran parte del agitado siglo XIX hispano a través de las andanzas de su antepasado Eugenio Aviraneta, en “La vida de un conspirador” y en la monumental “Memorias de un hombre de acción”.

¿Cuándo y cómo ha surgido, nos preguntábamos, esta disolvente y descalificadora noción? Pues, precisamente, con la que puede ser la Conspiración por antonomasia de los últimos sesenta años, el asesinato de John Fitzgerald Kennedy. Y quien la ha propalado ha sido, curiosamente, la Agencia de Inteligencia que debería haber evitado el magnicidio, y que muchos (entre otros, por supuesto, los tachados como “teóricos de la conspiración”) consideran directamente implicada en el fatal desenlace. Hablamos, claro está, de la CIA.

En un interesantísimo artículo, “A Conspiracy Theorist confesses”, Iain Davis se hacía eco de un despacho interno de 1967 de la CIA -revelado por el NYT en 1976- a todas sus agencias (ver aquí) para parar y neutralizar todas las dudas y críticas al escandaloso Informe Warren, que atribuía la autoría del atentado, en solitario, a Harvey Oswald. En ese despacho se dan una serie de recomendaciones y tácticas para desacreditar a los que, por primera vez, se nombra como “teóricos de la conspiración”, entre las que destacamos:

  • Negar cualquier evidencia que se proporcione y citar solo informes oficiales que establezcan que “no ha aparecido ninguna nueva evidencia”.
  • Descartar cualquier testimonio que contradiga la versión oficial y ceñirse a lo aprobado oficialmente.
  • No entrar en ninguna discusión sobre «evidencias», y sugerir que «en una sociedad libre y democrática las conspiraciones a gran escala son imposibles de encubrir» (sic).
  • Desacreditar personalmente a los “teóricos de la conspiración” por intereses inconfesables o anomalías psicológicas.
  • Refutar cualquier sugerencia sobre asesinatos de testigos apuntando a que todos fueron por causas naturales.

Igualmente, y esto es lo más relevante, el despacho interno recomendaba “la utilización de contactos con la élite amiga (especialmente políticos y editores ) y emplear la propaganda para negar y refutar los ataques de los críticos».

No se puede negar que esta descarnada Hoja de Ruta contiene esencialmente todos los elementos que con el tiempo se han impuesto en el discurso -y la acción- imperante que utiliza el Poder para aplastar y acallar cualquier voz extemporánea o disidente que ose oponérsele. Porque este es el punto fundamental. Se trata, básicamente, de PODER. Los hechos, la argumentación, la coherencia, la lógica no tienen ya cabida en la conversación pública. Solo vale lo que dice el que manda, y punto. Es la conocida respuesta que le dio Humpty Dumpty a Alicia, cuando ésta le afeó que las palabras no podían significar una cosa y su contraria, a lo cual, el astuto y destemplado conejo le replicó que lo que importaba no era el significado de las palabras, sino quién mandaba…

Y bien, tratándose, como se trata, de PODER descarnado, no es de extrañar que la izquierda mundial, cuya razón de ser es MANDAR, urbi et orbe, una vez que se ha subido al carro del Poder haya pasado -sin solución de continuidad- de ser el principal propalador de teorías conspirativas a convertirse en el GRAN INQUISIDOR, en el perseguidor, acusador y verdugo de todos aquellos a los que denosta como “Teóricos de la conspiración”, o, de una manera más despectiva, como “conspiranoicos”, gran hallazgo lingüístico que los asimila a los paranoicos, lo cual revela sus auténticas intenciones: mandar al disidente al frenopático, a la muerte civil o, si se pudiera, como en los “buenos tiempos” de los soviets, directamente al Gulag.

Pero lo que constituye el hecho más significativo de los últimos tiempos, un punto de inflexión en la Historia de la Humanidad que inaugura, no ya una nueva Edad, sino una “Nueva Era”, es el fenómeno de la GLOBALIZACIÓN y la confirmación del poder mundial de las Elites Globales, de una manera casi absoluta. Un fenómeno que se ha desarrollado, complementaria y paralelamente (sobre todo y, paradójicamente, a partir de la caída del Muro de Berlín), en alianza con las fuerzas de izquierda y su proyecto de implantación de una dictadura cultural y mundial.

Le chocará a algún lector esta conjunción, aparentemente contra natura, entre la Izquierda y el Poder del Dinero, que, sin duda, descontamos que será tildada de “conspiranoica” por ambos. Pero, como casi todo en el mundo que vivimos, nada es lo que parece. Y, además, no es nada nuevo. Ya desde principios de siglo, como demostró el genial historiador Antony C. Sutton, los plutócratas de Wall Street, especialmente Rockefeller, JP Morgan, Guggenheim y Carnegie (junto al de los EEUU, Woodrow Wilson, que estaba a lo que mandaran), fueron los principales financiadores de la Revolución rusa (Wall Street and the Bolshevik revolution), y no solo eso, sino que los dos primeros fueron fundamentales para que la Alemania nazi pudiera desarrollar su industria armamentística (IG Farben) y su industria petrolífera a partir del carbón, sin lo cual, en palabras de Sutton, “no habría habido Hitler ni II Guerra Mundial” (Wall Street y el ascenso de Hitler).

Las detalladas y profundas investigaciones de Sutton han sido sistemáticamente silenciadas y boicoteadas, y, por eso sus desconocidas conclusiones chocarán al perplejo lector. Pero no hay nada de raro en lo que reveló. Como decía Sutton, estos personajes no tenían ninguna ideología, solo intereses, y un solo enemigo que se oponía a sus afanes monopolistas y a sus designios de dominio económico mundial: la libre competencia y el laissez faire, que son los ingredientes fundamentales delcapitalismo no monopolista y la libertad. De ahí, su apoyo a los totalitarismos de toda índole, donde podrían disponer a su placer de mercados cautivos, como de hecho desarrollaron en diversas fases de la Rusia post-revolucionaria. En definitiva, y citando a Sutton, ellos también eran internacionalistas, como los soviéticos, aunque no de la revolución, sino del Poder y el Dinero, y podían entenderse muy bien, como así hicieron.

Los sistemas políticos cambian, o desaparecen, pero el poder del dinero permanece. No es de extrañar, por tanto, que estos plutócratas (que deberían haber desfilado por el Tribunal de Nuremberg), con nuevos aportes o retoños, como Soros, Gates, Zuckerberg et alia, hayan seguido determinando el curso de la historia, a través de sus fundaciones y sus múltiples plataformas de poder global (ONU, Banco Mundial, FMI, Reserva Federal de los EEUU, Bancos Centrales, Wall Street, Trilateral, Bilderberg, Council of Foreign Relations, Foro Económico Mundial (FEM) de Davos…) con el objetivo de establecer un Gobierno Mundial cuyo principal enemigo son las naciones que nacieron con la eclosión de las democracias modernas en los siglos XVIII y XIX, las únicas que pueden oponer una resistencia “democrática” (mientras subsistan) a su deriva totalitaria global.

La urdimbre inextricable que ha creado este conglomerado financiero junto a las grandes corporaciones tecnológicas, armamentísticas, farmacéuticas, de de masas, así como el Pentágono, la CIA, la NSA et alia, lo que se conoce como el Profundo (Deep State), son el gran enemigo que tiene la Humanidad, si quiere seguir disfrutando de su bien más preciado: la libertad. Todavía resuenan las advertencias que lanzó el gran presidente Dwight Eisenhower en su impresionante discurso de despedida a la nación en 1961, alertando de los peligros para la libertad y la democracia que podrían derivarse del poderosísimo “complejo militar-industrial” y de la no remota posibilidad de que la “política pública cayera en manos de una élite científico-tecnológica y del “poder del dinero que siempre está presente” (ver aquí).

El héroe de la II Guerra Mundial sabía de lo que hablaba. El Poder de este Conglomerado no ha hecho otra cosa desde entonces que expandir sus tentáculos por todo el orbe, y a ese carro se ha subido como un Angel Exterminador, la irredente y sedienta Izquierda Mundial, que, en su afán liberticida, arrumbando su antigua ideología obrerista, ha abrazado con vesania una ideología también encarecida por la Horda Globalista. Una ideología aniquiladora de todos los valores que han sustentado la democracia y la libertad en Occidente; una ideología que ha sustituido los derechos del hombre de las Cartas Magnas constitucionales por los derechos de todo tipo de identidades colectivas victimizadas por la maldad del hombre (blanco), con todo tipo de propuestas nihilistas: la dictadura de la relatividad, dictadura de género, implantación de la LGTBI, imposición de la ideología del cambio climático, “inclusivismo”, destrucción de la familia, eutanasia…; sin olvidar las últimas manifestaciones del totalitarismo de izquierdas, nacidas -como casi todo- en EEUU: BLM (Black Live Matters, y ninguna más…), cultura de la cancelación y el “wokismo» (i.e. la criminalización del hombre blanco por el mero hecho de pertenecer a esa raza “castradora”…).

La sintonía entre la Izquierda y las Elites Globales es total y absoluta. Baste citar para constatarlo, cómo las Plataformas Tecnológicas (Facebook, Twitter…) censuraron y eliminaron de sus redes a Donald Trump, a todo un presidente de los EEUU en ejercicio. Coinciden en todo, siempre para el mal (¿es una casualidad que Georges Soros, el financiador del separatismo catalán, fuera la primera persona que visitara a en La Moncloa, y a escondidas?).

Pero en nada se manifiesta con más crudeza esta coincidencia, en su aspecto más perverso, que en la distopía apocalíptica que se ha implementado a escala Global con la excusa de la crisis del Covid. Los planes del Gran Reseteo (Great Reset) que nos ha anunciado a voces la Horda Global de Davos son los mismos que ha asumido la izquierda, y gran parte de la , con un nombre algo diferente, para que no se diga que están en lo mismo. Es el que llevaba destacado en su programaelectoral de con las tres BBB: Build Back Better (“Reconstruyamos mejor”). Se trata, en ambos casos, de poner el listón a cero, de acabar con lo mejor del capitalismo como hoy lo conocemos (la competencia), y sobre sus cenizas erigir otro sistema económico, con una sustitución acelerada de la energía basada en combustibles fósiles por una energía “limpia”, el New Green Deal de Biden, lo cual supone, en consecuencia, la desaparición de la mayoría de las pequeñas y medianas empresas y mandar a la mitad de la población mundial al paro. Todo ello para desarrollar lo que Klaus Schwab, el presidente (o Führer) del Foro Económico Mundial, ha llamado “La Cuarta revolución industrial”, con la implantación masiva de la robótica y la Inteligencia Artificial, y el desarrollo de la biotecnología implantada en el cuerpo humano, para inaugurar la Nueva Era del Transhumanismo. Ellos son así, como dioses, capaces de destruir todo lo que los siglos han ido construyendo: la civilización, para erigir un Mundo Nuevo, del que se jactan, además, que será “mejor” porque lo hacen ellos, y será más verde, más inclusivo, con hombres nuevos -a su imagen y semejanza- perfeccionados por la biotecnología…

Ahora bien, la connivencia -o amancebamiento- con la Elite Global no se circunscribe a la Izquierda mundial. También una gran parte de la derecha, y la mayor parte del centro, abrazan las tres BBB (Build Back Better), como han manifestado Boris Johnson (ver aquí) o Pierre Trudeau (ver aquí).Y no tiene nada de extraño, porque, en esencia, son parte consustancial del Globalismo. No en vano, como trataré en otro artículo, los orígenes y genealogía de los proyectos de Nuevo Orden Mundial tienen sus raíces en el imperio británico y en el supremacismo implícito que contiene la doctrina de la predestinación protestante y su secuela de la “élite elegida”, elementos todos ellos de los que se alimentan estos vástagos de la Rule Britannia y la Common Wealth.

El Gran Reseteo, la reescritura, el remodelamiento, o lo que quieran hacer con nosotros, lo tienen escrito y anunciado a voz en grito, para que no caigamos a engaño. Pero, además, en un alarde de prepotencia, para que entendamos bien, al estilo de Humpty Dumpty, quién manda, se permiten tachar de “teóricos de la conspiración” a todos los que no nos tomamos a broma lo que dicen y señalamos sus siniestros planes que ellos hacen públicos sin el menor recato. Quien quiera profundizar, en este sugestivo artículo (“Klaus Schwab and his great fascist reset”), se hace una exposición completa de las “ideas” de este destacado representante de la Élite Global a través de sus escritos, incluidas sus propuestas para “alterar el ser humano” a partir de la “biología sintética”, unas « que operarán dentro de nuestra biología y cambiarán cómo nos relacionamos con el mundo…, que serán capaces de cruzar los límites de nuestro cuerpo y nuestra mente, potenciando nuestras habilidades físicas y que tendrán un duradero impacto sobre la propia vida”. Todo ello a través de “la implantación de microchips que rompan la barrera epidérmica de nuestros cuerpos, de tatuajes inteligentes y de la informática biológica” para conseguir organismos diseñados a medida (¡¡¡Cyborgs a la vista!!!).

No están mal las “ideicas” que nos tienen reservadas estos próceres de la Humanidad, y que su estrella más relumbrante, Bill Gates ya está llevando a cabo con su avanzado proyecto del ID2020, su microchip subcutáneo WO2020060606 (con el nombre/número de la Bestia) y, last but not least, sus vacunas de mRNA que están inoculando en fase experimental a toda la población mundial, sin ni siquiera haberlas probado con los “cerditos de guinea”, los “hámster” o cualquier otra cobaya, gasto inútil teniendo en cuenta la cantidad de millones de seres humanos redundantes que hay en el planeta (1.500 millones como poco) a los ojos de este Benefactor (ver mi anterior artículo Leviathandemia III).

Y no soy yo. Es la propia Pfizer la que reconoce ante el National Institute of Health (NIH), dirigida por el Dr. Fauci, que, sobre una población voluntaria de 46.663 individuos, su fase III experimental finaliza (completion date) el 2 de Mayo de 2023 (ver aquí); y Moderna, sobre 30.420 individuos, el 27 de Octubre de 2022 (ver aquí). Pues bien, sin transcurrir siquiera un 15% del tiempo establecido para estos ensayos, y ver qué efectos a medio y largo plazo pueden tener estas vacunas de tipo genético, que nunca antes se había utilizado con personas, se han lanzado a vacunar a toda la población mundial (Fase IV). En el anterior artículo citado, escrito antes del inicio de la campaña de vacunación, decía “que por primera vez en la historia la especie humana va a tener el dudoso honor de convertirse en una Gran Cobaya”. No tengo ninguna razón para retractarme. Las propias interesadas nos lo confirman.

Pero nada de esto, que es una mera exposición de datos objetivos, tiene la menor repercusión, porque la campaña Global de manipulación de masas que han puesto en marcha desde que se desató la Pandemia no conoce parangón, dejando incluso a la Alemania Hitleriana, aunque solo sea por su estrecho alcance nacional, en un mero aprendiz. Y lo tenían perfectamente previsto. En el famoso simulacro (Event 201) llevado a cabo por el Foro Económico Mundial de Davos (K. Schwab) y Bill Gates en Octubre de 2019, tres meses antes de que estallara el Covid (mera casualidad…), en que se desataba una pandemia provocada por un “coronavirus” (también casualidad), con 60 millones de muertos, entre las propuestas y medidas represivas que se tomaban (las que aplicaron pocos meses después: confinamientos, mascarillas, distancia social…), hacen una interesante recomendación: “Los gobiernos y el sector privado deberían asignar una mayor prioridad al desarrollo de métodos para combatir la información errónea y la desinformación antes de la próxima respuesta pandémica”. La Inquisición al acecho de los “teóricos de la conspiración”…

Y es lo que han hecho, con todos los Grandes Medios de Comunicación y, sobre todo, las omnipresentes Redes Sociales, bombardeando a la población mundial con informaciones truculentas, alarmantes y falsas sobre lo contagioso que era el (hasta había que desinfectar la suela de los zapatos al entrar en casa), aterrorizando a la población con predicciones inventadas, como el vaticinio de los 200 millones de muertos del epidemiólogo a sueldo de Bill Gates en el Imperial College de Londres, Neil Ferguson, el día 16 de Marzo de 2020, y que sirvió para que EEUU, GB y el resto del mundo comenzaran los confinamientos masivos.

Y por supuesto, aplicando la más descomunal CENSURA sobre cualquier información, opinión -sea de expertos científicos o no-, o estudios científicos que contradijeran la Versión Oficial del Covid, que solo “ellos” están autorizados a suministrar. (Inciso: muchas veces, los que desconfían de los “conspiranoicos” les increpan diciéndoles: “¿quiénes son ellos?, venga, dilo”. Ante lo cual, solo cabe responder haciendo una enumeración: pues todos las Redes Sociales, todas las TVs, los GMC de masas, etc., etc.; sirva como muestra esto esto de Twitter

Capítulo aparte merece tratarse el caso de los CT-PCR. Como probablemente sepa el lector, la prueba del PCR da un resultado positivo si las mediciones que realiza arrojan un valor por debajo de “Umbral del ciclo” (CT: Cicle threshold) que se haya establecido. Como ya comenté en Leviathandemia III, la “Infectious Diseases Society of America” demostró que “por encima de 25 ciclos el 70% de los test “positivos” no son “casos” ya que el virus no puede ser cultivado, está muerto”. Pues bien, la autoridad epidemiológica de EEUU, la CDC (Centers for Desease Control), impuso que el CT se estableciera en todo el mundo por encima de 35, en la mayoría de los casos de 40, indudablemente para inflar de falsos positivos los “casos” del Covid y justificar las medidas de confinamiento que se iban a tomar, sí o sí.

Sin embargo, ahora que han llegado las vacunas, acaban de coger a la CDC con el carrito de los helados, pues ha dispuesto que la CT de las pruebas de PCR que se realicen a personas vacunadas sea de 28 o menor, mientras que a los no vacunados se siga manteniendo el criterio antiguo de 40 (ver artículo de Kit Knightly). Además, la CDC, en su web, añade -para reducir más aún el espectro- que solo si las personas vacunadas con CT menor a 28 han sido hospitalizadas o han fallecido, solo en este caso los considerará casos de Covid.  Está claro, como dice Knightly, que lo que se pretende es “hacer parecer que las experimentales “vacunas” de terapia-génica son efectivas para prevenir” el Covid. El lector habrá oído, quizás, que las vacunas mRNA y de Adenovirus no garantizan que el vacunado no pueda contraer y transmitir el Covid, que lo único que hacen es rebajar la intensidad de los efectos adversos que puedan adquirir. Si no lo ha oído, la CDC le acaba de suministrar la prueba ¿Se han preguntado, si no, por qué obligan a llevar mascarilla a los vacunados…?    

Este doble rasero de la CDC confirma ya definitivamente que todas las campañas masivas de pruebas de PCR a que nos han sometido son una absoluta ESTAFA, y un FRAUDE sin paliativos, sin las cuales, como dice Kit Knightly, “nunca se habría podido apreciar una pandemia”, ni, por supuesto, se podrían haber llevado a cabo el enclaustramiento masivo de la población mundial. Y a su vez, su añagaza de bajar el CT a 28 para hacer pasar inadvertida la baja efectividad que pudieran tener las vacunas experimentales, demuestra que el objetivo que se perseguía con esas medidas represivas no era otro que el de sumirnos en la más ABSOLUTA y GLOBAL ANORMALIDAD para ofrecer como única salida del túnel en que nos habían metido, la VACUNACIÓN OBLIGATORIA y UNIVERSAL.

Y a la vista de lo que está aconteciendo, no se les puede negar su eficacia para convencer, inducir y obligar a la población mundial a someterse al mayor experimento que se haya hecho con ella, tanto desde el punto de vista higiénico-sanitario como de la ingeniería social. Klaus Schwab, el preboste del Foro Económico Mundial, que, con pleno conocimiento de causa considera al Covid “como una de las pandemias menos letales que el mundo ha experimentado en los 2000 últimos años”, con ese cinismo que recuerda al desprecio por la Humanidad -no aria- que se destilaba en el III Reich, decía en su último libro que no podían dejar pasar la crisis del Covid sin sacar una buena tajada: “los líderes y decisores que ya estaban en la vanguardia de la lucha contra el cambio climático querrán sacar provecho del shock infligido por la pandemia para implementar cambios en el medio ambiente más profundos y duraderos. En efecto, harán “buen uso” de la pandemia no dejando que la crisis se desperdicie (ver art. citado).

Y a ello se han aplicado sin que les tiemble el pulso.  El miedo, el terror que han sembrado desde el principio, ha sido el principal catalizador; la coerción totalitaria, con la supresión de todas las libertades y garantías constitucionales, incluido el derecho a ganarse el propio sustento, es decir, abolición en la práctica de la propiedad privada, ha sido el siguiente paso; y, por último, pero no menos importante, el chantaje de abandonar toda esperanza (lasciate ogni speranza) de volver a una vida “normal” para los rebeldes, díscolos o disidentes, todo ello ha contribuido para sumir a los “súbditos” en la mayor desesperación y angustia, y convertirlos en una menesterosa grey ávida de que sus celadores, perdón, gobernantes, les otorguen la tan anunciada “Nueva Normalidad” en forma de una JERINGA.

Y recordémoslo siempre utilizando las matemáticas. Todo esto lo han hecho con un virus que ha mostrado una letalidad ligeramente superior a una gripe severa, mortalidad que ni siquiera habría alcanzado sin el complot criminal que se ha llevado contra medicamentos que se han demostrado altamente eficaces contra el Covid (HCQ, Ivermectina y CDS; ver Leviathandemia II y este artículo: Is Ivermectin the new penicilin?). En total, 3 millones de defunciones en un año, según cifras oficiales, que no llega al 6% del total de las muertes por enfermedad mundiales (50 millones). Con la mal llamada gripe española murieron 45 millones de personas, el 2,5% de la población mundial, y no se paró la vida en el mundo. Con el Covid no llega al 0,04 %, 62 veces menos, y este desastre es el que tenemos.

¿Y qué no harán cuando venga un nuevo virus más letal? Aunque, como se ha demostrado con el Covid, no es necesario que la letalidad de un virus sea enorme, mediana, o insignificante. Lo que importa, como diría Humpty Dumpty, es quien manda.

Y acabamos aquí, que ya nos hemos alargado bastante, aunque el lector, a lo mejor, se haya quedado con la duda de si quien escribe es un “conspiranoico” que ve conspiraciones debajo de las piedras, o, peor aún, un auténtico “conspirador” que se atreve a sugerir la Resistencia contra la Gran Conspiración contra la Humanidad que encierra la “Nueva Normalidad” y sus gestores del ya viejo “Nuevo Orden Mundial”. En definitiva, un pasoliniano uccellini  (pajarito) que se atreve a hacer frente a los uccellacci (pajarracos), o, incluso, como dice el dicho popular, un pájaro que tiene la osadía de dispararle a las escopetas…

Comparto la duda de nuestro querido lector.

En una próxima entrega, hablaremos de la Nueva Religión -o Secta- Covidiana.

Hasta pronto.

Acerca de Ignacio López Bru

Málaga, 1954. Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Comercial de Deusto. Estudió Sociología en la misma Universidad. Diplomado Comercial del Estado del Ministerio de Economía y Hacienda, en excedencia desde 1986, en que pasó a dedicarse a la actividad privada empresarial. Actualmente compagina las labores de empresario con diversas actividades relaciona-das con la sociedad civil. Es Secretario de la “Asociación 11-M, Verdad y Justicia”. Ha escrito diversos artículos periodísticos y participa en diversos foros y tertulias, entre ellas en el programa Sin Complejos de Luís del Pino, en esRadio. Autor de “Las Cloacas del 11-M”, una auditoría crítica de la Versión Oficial del 11-M. Blog: “las Cloacas del 11-M”

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